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El jueves 26 de noviembre la India sufrió uno de los peores ataques
terroristas en su historia. Un comando armado dividido en grupos abrió
fuego a mansalva en dos hoteles de lujo, un centro judío y otros puntos
de reunión, mientras hizo explotar bombas en una estación de trenes
en Bombay, la capital financiera del país, y también tomaron rehenes.
El saldo: 173 muertos. Los culpables: Nueva Delhi ha atribuido el
ataque al grupo terrorista Lashkar-e-Taiba (el ejército de los puros),
que alguna vez fuera apoyado por el ejército paquistaní para combatir
a los indios en Cachemira (zona que se disputan ambas naciones), y
que ahora está proscrito, aunque los expertos dicen que sigue recibiendo
apoyo de los Interservicios de inteligencia (ISI) y que colabora con
el talibán y con la red Al-Qaeda.
Los atacantes usaron lo último en tecnología para transportarse hasta
Bombay y para comunicarse entre sí. Los servicios de seguridad indios
no estaban preparados para la embestida ni los puertos eran seguros,
pese a reportes que advertían sobre las malas condiciones de la seguridad.
Pero la respuesta fue contundente y el control se recuperó en la capital
financiera india.
El gobierno paquistaní es uno de los principales socios de EU en el
combate al terrorismo. El ataque contra India y el hecho de que se
atribuya a un grupo con base en Paquistán y apoyado por paquistaníes,
podría obligar a Islambad a colocar más recursos en la frontera común
y distraerlos de la zona limítrofe con Afganistán, ante el temor de
una represalia india, justo cuando EU afirma que se necesitan más
tropas en Afganistán para combatir al talibán.
Por un momento, India y Paquistán estuvieron al borde de una confrontación,
cuando el presidente paquistaní Asif Ali Zardari recibió una incendiaria
llamada presuntamente del canciller indio, que puso al país en alerta.
La llamada era falsa, pero el peligro fue real y por cierto nada menor:
se trata de dos países con armas nucleares listos para el ataque.
Las escenas en Bombay nos recuerdan que el terrorismo alza su látigo
con fuerza cada que empieza el mundo a sentirse un poco en paz, para
recordarnos que siguen ahí, escondidos en cualquier lugar y dispuestos
a atacar cuando menos se los espera.
perfil
Una vida sin miedo
Jana Beris
Corresponsal
JERUSALÉN.— Norma Shvartzblat Rabinovich, mexicana, fue sepultada
en Israel a comienzos de diciembre. Fue una de las seis víctimas
fatales del ataque contra el centro judío Beit Jabad en Bombay.
Se hallaba hacía varios meses en India, paseando y conociendo nuevos
horizontes, algo muy apropiado a su personalidad y ambiciones, según
cuentan sus familiares y amigos que la acompañaron en su último
camino.
"Vivió al máximo su vida, sin miedo", dijo la hija mayor,
Goldi, dando a entender que su madre cumplía sus sueños, a menudo
aventureros, recorriendo diversas partes del mundo. "Era un
espíritu libre", contó su amiga Gisele, ex vecina de Norma
en el DF. "Viajera universal", la llamó Miguel Horta,
ex exposo de Norma.
El día del múltiple atentado, Norma había alcanzado a recibir en
su pasaporte la visa israelí con la que iba a llegar a radicarse
en Israel como nueva inmigrante. En cambio, regresó muerta y su
nueva morada fue su sepultura.
La vida de Norma, al parecer, tuvo muchos saltos.
Estuvo distanciada durante años de sus hijos —con dos de los cuales
pensaba reunirse al venir a radicarse en Israel— y hacía mucho que
se había divorciado. La sensación que dejaban los comentarios de
sus conocidos era que sus energías y espíritu aventurero le imposibilitaban
permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar.
Su hermano Moisés, que llegó de Estados Unidos al funeral, dijo
que "no era tan religiosa como yo, pero siempre tuvo sentimiento".
Y Miguel Horta, su ex esposo, no tiene dudas al resumir el recuerdo
de Norma: "Teníamos ya muchos años de estar separados, pero
el recuerdo de Norma siempre es muy bonito, muy agradable",
dijo. "Sé que allá arriba tiene un lugar muy especial".
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