Jorge Ramos
jorge.ramos@eluniversal.com.mx
Juan Camilo Mouriño Terrazo y sus acompañantes hallaron la muerte
a sólo 12.5 kilómetros de aterrizar en el Aeropuerto Internacional
de la Ciudad de México.
La tarde del 4 de noviembre miles de personas padecían el tráfico
del DF o contaban los minutos para irse a su hogar. Una mujer olvidaba
su computadora y volvía a su oficina, mientras su esposo la esperaba
en la calle. La muerte le llegó literalmente del cielo antes que ella,
quien se salvó de morir.
Trazos de vida cotidiana en una estrecha calle escondida entre avenida
Reforma y Periférico, donde cayó el avión de Mouriño.
A las 18:42 horas, según registros oficiales, un controlador aéreo
gritó: “¡Emergencia!”. Pero el Learjet 45, matrícula XC-VMC, desapareció
de sus radares. A una decena de kilómetros, el aeroplano se llenaba
de gritos de terror.
El 15 de noviembre, la SCT, a cargo de un político experimentado como
Luis Téllez, informó que hubo errores atribuibles a la tripulación.
Impericia, dijeron. Nada que remediar, pues los pilotos murieron.
“Diosito”
“Disculpe, ¿en cuánto tiempo llegamos?”, preguntó una voz femenina.
“Once minutos”, respondió Martín de Jesús Oliva, capitán de la nave.
Álvaro Sánchez y Jiménez, copiloto, secundó: “Esta época es de viajes
tranquilísimos”.
Pero la suerte cambió. La turbulencia los atrapó. El copiloto ya nunca
pudo enderezar el Learjet. Y antes de estrellarse, el piloto clamó:
“Diosito”.
Preguntas
Días después, el titular de la SFP, Salvador Vega, declaró que lo que mató a Mouriño y a 16 personas en total, fue la corrupción. A la fecha, solamente se ha separado de su cargo al director de Adquisiciones, Almacenes e Inventarios de Gobernación, Carlos Juraidini, uno de los responsables de la adquisición del Learjet.
La medianoche del 4 de noviembre, el presidente Felipe Calderón dijo a sus secretarios de Defensa y Marina, al director del Cisen y otros altos funcionarios: “No hay nada que nos indique que haya sido un atentado”.
En el imaginario colectivo aún queda la duda.
Perfil
El hombre fuerte
Jorge Ramos
jorge.ramos@eluniversal.com.mx
La faceta desconocida de Juan Camilo Mouriño es la estrecha relación
que tuvo con la izquierda legal más importante del país, el PRD.
Nació en Madrid, España, el 1 de agosto de 1971; murió el 4 de noviembre
de 2008 en un avionazo en la ciudad de México.
A su llegada a la Secretaría de Gobernación, en enero de 2008, su
vida se divulgó hasta en las revistas del corazón.
Se supo que era amante de los trajes Ermenegildo Zegna, gustaba
del ron, y que su antro favorito era el Love, que cuenta con clientes
de la talla de Carlos Slim Domit, hijo del segundo hombre más rico
del mundo.
En los altos círculos políticos supieron de él porque tenía la llave
de acceso al presidente Felipe Calderón. Su entrada al gabinete
lo hizo presidenciable.
Con espíritu joven, dicharachero, compartió el pan y la sal con
Jesús Ortega, actual presidente del PRD sin serlo entonces, y con
Guadalupe Acosta, que sí lo era.
También con Jesús Zambrano, de
Nueva Izquierda, y senadores perredistas.
¿Qué hizo de Mouriño un “gran negociador”? Nada menos que meter
al PRD en la negociación de la reforma energética y restar poder
al PRI.
Pero haber nacido en Madrid sirvió de arma a Gerardo Fernández Noroña
para seguirle los pasos y recordar que su padre tiene negocios en
Campeche: transporte de combustibles para Pemex y gasolinerías,
traspié que alimentó a Andrés Manuel López Obrador para acusarlo
de tráfico de influencias.
Iván ganó con la izquierda de Jesús Ortega, perdió con la de López
Obrador. Quizá por eso su mirada ya no estaba puesta en la Presidencia
de 2012, sino en la de la gubernatura de Campeche. Hasta que la
muerte cortó de tajo su destino.