WASHINGTON.— El suyo no ha sido un drama inesperado. Con su discurso, los presidentes de las tres grandes corporaciones automotrices —General Motors, Ford y Chrysler—, intentaron ayer ablandar el corazón de demócratas y republicanos durante una audiencia en la que advirtieron sobre la catástrofe económica que se generaría en caso de negarles los 25 mil millones de dólares que han pedido en rescate.
“Nuestra industria necesita de un puente para salvar el abismo que se ha abierto ante nosotros”, dijo en tono melodramático Rick Wagoner, presidente de General Motors, la empresa que podría irse a pique antes del próximo 31 de diciembre y arrastrar cientos de miles de puestos de trabajo dentro y fuera de Estados Unidos.
La súplica, por un plan de rescate que no cuenta con demasiados entusiastas, ha llegado al extremo de vincular la suerte de estas tres empresas a la seguridad nacional.
“La inhabilitación de nuestra industria automotriz tendría severas y preocupantes ramificaciones para la base industrial del país y minaría la capacidad de nuestra nación para responder a los desafíos que comprometen nuestra seguridad nacional”, consideró con aire patriota y trascendente, Robert Nardelli, presidente de Chrysler.
La puesta en escena de los tres magnates encontró respuesta del senador demócrata por Connecticut y presidente del comité senatorial para actividades bancarias, Christopher Dodd: “Nadie puede decir que esto no se veía venir. Y, por ello, puede decirse que muchos de los daños que hoy padece la industria automotriz han sido autoinflingidos”, aseguró.
Defensores del plan presentaron una iniciativa que pasaría por la apropiación de un total de 100 mil millones de dólares para rescatar a la industria.