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¿Fallo el oráculo?

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PETER GOODMAN “The New York Times”
El Universal
Lunes 13 de octubre de 2008

 

“No sólo las instituciones financieras individuales se han vuelto menos vulnerables a los impactos de los factores de riesgo subyacentes, sino que también el sistema financiero en su conjunto se ha vuelto más resistente”.

Alan Greenspan, ex presidente de la Reserva Federal, 2004.

George Soros, el prominente inversionista, evita usar los contratos financieros conocidos como derivados “porque realmente no entendemos cómo funcionan”. Felix G. Rohatyn, el funcionario de banca de inversión que salvó a Nueva York de la catástrofe financiera en los 70, describió los derivados como “bombas de hidrógeno” en potencia.

Y Warren E. Buffett observó premonitoriamente hace cinco años que los derivados eran “armas de destrucción masiva financieras, entrañando peligros que, aunque ahora latentes, son potencialmente letales”.

Una prominente figura financiera, sin embargo, ha pensado desde hace mucho lo contrario. Y sus opiniones fueron las más influyentes en los debates sobre la regulación y el uso de los derivados, exóticos contratos que prometían proteger a los inversionistas de pérdidas, impulsando de esta forma prácticas más riesgosas que condujeron al derretimiento financiero. Por más de una década, Alan Greenspan ha objetado ferozmente siempre que los derivados han sido objeto de escrutinio en el Congreso o en Wall Street.

“Lo que hemos encontrado con el paso de los años en el mercado es que los derivados han sido un vehículo extraordinariamente útil para transferir el riesgo de aquellos que no deberían correrlo a aquellos que están dispuestos y capacitados para hacerlo”, dijo Greenspan al comité de banca del Senado en 2003. “Pensamos que sería un error” regular más estrictamente los contratos, agregó.

Hoy, con el mundo atrapado en una tempestad económica que Greenspan describió recientemente como “el tipo de crisis financiera desgarradora que se presenta sólo una vez en un siglo”, su fe en los derivados se mantiene inalterable.

El problema no es que los contratos fracasaron, dice. Más bien, la gente que los usó se volvió codiciosa. Una falta de integridad generó la crisis, sostuvo en un discurso hace una semana en la Universidad Georgetown, dando a entender que los derivados no eran tan confiables “como el farmacéutico que surte la receta ordenada por el médico”.

Pero otros mantienen una opinión totalmente distinta de cómo se desplomaron los mercados globales y del papel que jugó Greenspan en sentar el escenario de la agitación.

“Evidentemente, los derivados son una parte central de la crisis, y él fue el principal promotor de la desregulación de los derivados”, indicó Frank Partnoy, profesor de Leyes en la Universidad de San Diego y experto en desregulación financiera.

El mercado de derivados se eleva a la exorbitante suma de 531 billones de dólares, comparados con 106 billones en 2002 y con prácticamente una miseria hace dos décadas. Con la intención en teoría de limitar el riesgo y conjurar problemas financieros, los contratos, en contraste, han atizado la incertidumbre y de hecho propagado el riesgo en medio de dudas sobre cómo los valúan las compañías. Si Greenspan hubiera actuado de otra forma durante su periodo como presidente de la Reserva Federal de 1987 a 2006, señalan muchos economistas, la crisis actual se podía haber evitado o suavizado.

Greenspan contribuyó a que se realizara el ambicioso experimento estadounidense de dejar a las fuerzas del mercado totalmente libres. Ahora, la nación enfrenta las consecuencias. Los derivados fueron creados para reducir (o, en el argot de Wall Street, “cubrir”) las pérdidas en inversiones. Por ejemplo, algunos contratos protegen a los tenedores de deuda en contra de pérdidas en títulos respaldados por hipotecas. (Su nombre proviene del hecho de que su valor “deriva” de los activos en que se basan, como acciones, bonos y materias primas.) Muchos individuos son dueños de un derivado muy común: el contrato del seguro de su casa.

En una escala mayor, estos contratos permiten a las firmas de servicios financieros y corporaciones asumir riesgos más complejos que de otra forma evitarían, como, por ejemplo, emitir más hipotecas o deuda corporativa. Y los contratos pueden ser comprados y vendidos, limitando adicionalmente el riesgo pero también incrementando el número de partes expuestas en caso de problemas.

A lo largo de los 90, algunos señalaron que los derivados se habían vuelto tan vastos, interrelacionados e inescrutables, que se requería de supervisión federal para proteger el sistema financiero. En reuniones con funcionarios federales, apariciones como de estrella del rock en el Capitolio y discursos con nutrida asistencia, Greenspan externó su confianza en los miembros de Wall Street para autorregularse al tiempo que eludía restricciones.

Desde que los bienes raíces empezaron a derrumbarse, el historial de Greenspan ha sido objeto de revisiones. Economistas de todo el espectro ideológico han criticado su decisión de permitir que el mercado inmobiliario de la nación siguiera en auge mediante un crédito barato, cortesía de las bajas tasas de interés, en lugar de combatir el alza de precios con tasas más altas. Otros han criticado a Greenspan por no disciplinar a instituciones que hicieron préstamos indiscriminadamente.

Pero sea lo que sea lo que la historia termine diciendo de esas decisiones, el legado de Greenspan podría estar a final de cuentas en un fenómeno más profundamente arraigado y menos vigilado: el espectacular auge y estrepitoso derrumbe del comercio de derivados.

Algunos analistas consideran injusto culpar a Greenspan porque la crisis es tan amplia. “La noción de que Greenspan pudo haber generado un resultado totalmente distinto es ingenua”, señaló Robert E. Hall, economista de la conservadora Institución Hoover, un grupo de investigación de la Universidad de Stanford. Greenspan declinó las peticiones para ser entrevistado. Su vocera indicó que podía consultarse su libro de memorias, La era de la turbulencia, en el que delinea sus creencias.

“Parece superfluo constreñir las operaciones con algunos de los nuevos derivados y otros contratos financieros innovadores de la década pasada”, escribe Greenspan. “Los peores han fracasado; los inversionistas ya no los fondean y no es probable que lo hagan en el futuro”.

Al tiempo que el naciente mercado de los derivados se apuntaló a principios de los 90, y años subsecuentes, los críticos fustigaron la ausencia de reglas para obligar a las instituciones a informar de sus posiciones y apartar fondos como reserva en contra de malas apuestas.

Una y otra vez, Greenspan —una figura objeto de reverencia a quien se denominaba afectuosamente “el oráculo”— proclamó que los riesgos podían ser manejados por los mismos mercados.

“La caída repentina o la suspensión abrupta de las operaciones de alguno de estos grandes corredores estadounidenses podría provocar problemas de liquidez en los mercados y también podría representar problemas para otros, incluyendo bancos asegurados a nivel federal y el sistema financiero en su conjunto”, señaló Charles A. Bowsher, titular de la oficina de contabilidad cuando testificó ante un comité del Congreso en 1994. “En algunos casos la intervención ha resultado y podría resultar en un rescate financiero pagado o garantizado por contribuyentes”.

En 1997, la Comisión de Comercio de Futuros de Materias Primas, una agencia federal que regula la compraventa de opciones y futuros, empezó a explorar la regulación de los derivados. La comisión, encabezada entonces por una abogada de nombre Brooksley E. Born, invitó a enviar comentarios sobre la mejor forma de supervisar ciertos derivados.

A Born le preocupaba que un comercio ilimitado, opaco, podría “amenazar a nuestros mercados regulados o, de hecho, a nuestra economía, sin que ninguna agencia federal esté enterada”, indicó en un testimonio ante el Congreso. Instó a una mayor divulgación de las operaciones y las reservas para proteger contra pérdidas.

Las opiniones de Born despertaron una feroz oposición de Greenspan y de Robert E. Rubin, entonces secretario del Tesoro. Abogados del Tesoro concluyeron que la sola discusión de nuevas reglas amenazaba el mercado de derivados. Greenspan advirtió que demasiadas reglas dañarían a Wall Street, incitando a los operadores a llevarse su negocio al extranjero.

Born siguió adelante. El 5 de junio de 1998, Greenspan y Rubin instaron al Congreso a impedir a Born actuar hasta que reguladores de mayor nivel desarrollaran sus propias recomendaciones. Born obtuvo pronto un ejemplo convincente. En el otoño de 1998, el fondo de cobertura Long Term Capital Management casi se derrumbó, arrastrado por sus desastrosas inversiones en, entre otras cosas, derivados. Pese a ello, el Congreso congeló la autoridad de la Comisión de Comercio de Futuros de Materias Primas (CFTC) por seis meses. Al año siguiente, Born renunció.

En noviembre de 1999, altos funcionarios de regulación, incluyendo Greenspan y Rubin, recomendaron al Congreso eliminar permanentemente la autoridad de la comisión en materia de derivados.

Las credenciales y la confianza de Greenspan reforzaron su reputación, ayudándolo a persuadir al Congreso de revocar las leyes de la era de la Depresión que separaron la banca comercial y de inversión para reducir el riesgo general en el sistema financiero. La Cámara Baja aprobó abrumadoramente el proyecto que mantuvo a los derivados libres de la supervisión de la CFTC; el Senado también la aprobó y Clinton la promulgó.

Y aunque Greenspan empezó a oír de una burbuja inmobiliaria, restó importancia a esa amenaza. Wall Street estaba usando los derivados, dijo en un discurso en 2004, para compartir el riesgo con otras firmas. Desde entonces, el riesgo compartido se transformó de una fuente de tranquilidad en un virus. Al tiempo que la crisis inmobiliaria creció y las hipotecas se derrumbaron, los derivados de hecho magnificaron el declive.

La debacle de Wall Street que se tragó firmas como Bear Stearns y Lehman Brothers, y puso en peligro al gigante de las aseguradoras American International Group, ha sido atizada por el hecho de que éstas y sus clientes estaban vinculados entre sí por los derivados. (Traducción: Gregorio Narváez)

 

 
 

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