BERLÍN.— ¿Qué pasa cuando un país se declara en bancarrota? La interrogante, aunque parezca sacada de una novela de ficción, puede tener pronto una respuesta concreta a causa de la crisis financiera que azota al planeta. Por primera vez en la historia de la sociedad moderna la crisis puede provocar la bancarrota de Islandia, un país pequeño, pero moderno y próspero.La apacible isla enclavada en el Mar del Norte y cercana al Circulo Ártico vivió hasta el lunes pasado una aparente tranquilidad que fue perturbada por un dramático mensaje a la nación dirigido por el primer ministro, Geir Haarde, quien anunció que la crisis podía llevar al Estado islandés a la quiebra.
“Queridos compatriotas, existe el peligro de que toda la economía real sea arrastrada a las profundidades de la crisis bancaria global cuyo resultado podría ser la bancarrota del Estado”, dijo el político durante un mensaje difundido por la televisión.
No fue todo, Haarde anunció que el Ejecutivo había aprobado una Ley de Emergencia que fue aprobada sin discusión por el Parlamento en la noche del lunes, mediante la cual el gobierno aprobó una medida que consternó a la nación.
En menos de tres días, el político nacionalizó los tres principales bancos del país, a los que hizo responsable de la catástrofe que viven estos días los 320 mil habitantes de la isla.
El origen de la tragedia de Islandia, y esto ahora lo saben todos los habitantes de la isla, hay que buscarlo en la agresividad de los tres bancos más importantes del país, que captaron clientes, por ejemplo, en Reino Unido y Alemania, con altos intereses para depósitos a corto plazo.
Después de vivir durante décadas bajo la sombra real de la austeridad con una dependencia casi absoluta de las exportaciones de la pesca, Islandia comenzó a vivir un cambio extraordinario a causa de una extensa política de privatizaciones, que incluyó al sector bancario.
Gracias a una coyuntura favorable y a préstamos obtenidos en el extranjero, los bancos islandeses pusieron en práctica una agresiva política expansiva e hicieron creer al país que la pequeña isla se había convertido en una potencia capitalista del primer mundo.
Hasta que llegó la crisis y dejó al desnudo que el balance total de los tres bancos ahora nacionalizados sobrepasa en 12 veces el PIB del país, pero los libros en lugar de registrar ganancias solo arrojaron pérdidas.
El estado de salud financiera de los bancos del país convenció al primer ministro de dotarse de las herramientas legales para rechazar una garantía estatal a las deudas contraídas por los bancos nacionales.
Pero, para mantener el sistema financiero interno con vida, el país necesita con urgencia liquidez, una situación que podría ser solucionada con un préstamo de Rusia, del orden de los 4 mil millones de euros. El Primer Ministro, convertido en banquero nacional a causa de la crisis, también intenta recuperar dinero con la venta de activos que tenía la banca en el extranjero, pero la coyuntura no le favorece. Para impedir la catástrofe final, el gobierno aceptó la presencia de representantes del FMI en Reykiavik.