The New York Times
El invierno previo a que Franklin D. Roosevelt llegara a la Presidencia, fue uno de los periodos más oscuros de la Gran Depresión. Los retiros masivos de depósitos amenazaban un sistema bancario frágil, así que Herbert Hoover trató de convencer a su sucesor de firmar una declaración conjunta para cerrar los bancos, pero el presidente electo lo ignoró. Dos días después de prestar juramento, Roosevelt ordenó el cierre de bancos propuesto por Hoover.
Tal vez era lógico entonces que, 75 años después, la Casa Blanca se convirtiera en escenario de otra extraña danza política entre antiguos y futuros líderes en medio de una crisis económica aplastante. En esta ocasión fueron tres cuasipresidentes los que se sentaron negociar: el que técnicamente tiene aún el puesto pero que no logra hacerse escuchar, y otros dos que despiertan la atención unánime de todos pero que no tienen el cargo.
La reunión entre el presidente Bush y los senadores John McCain y Barack Obama muestra el nivel de fragmentación que hay en el poder que sustentan las esferas más altas de la jerarquía política y de qué manera el vacío de liderazgo impidió llegar a un consenso en una semana de profunda inestabilidad en Wall Street.
Si Bush pensó que convocando a los dos candidatos lograría un rápido acuerdo bipartidista para apoyar su propuesta de rescate económico de 700 mil millones de dólares, rápidamente se dio cuenta de lo difícil que sería con las elecciones a la vuelta de la esquina.
Lo que quedó fue una gran incertidumbre sobre a quién seguir. “Existe un vacío de poder, no hay liderazgo”, señaló Pat Caddell, quien fuera asesor del presidente Jimmy Carter. “El país no está esperando que él nos guíe”, dijo en referencia a Bush. “Y el Congreso no podría encabezar ninguna búsqueda”.
El problema para Bush es que tiene todas las “palancas” de la Casa Blanca, pero no toda la autoridad. Incluso, algunos de sus propios colaboradores admiten que hace tiempo que los estadounidenses le dieron la espalda, y la revuelta contra su plan de rescate por parte de los representantes republicanos puso en evidencia las dificultades que tiene el presidente para hacer valer sus órdenes dentro de su propio partido. Como lo señaló Ed Rollins, quien fuera jefe de campaña de Ronald Reagan, con toda crudeza y claridad: “Esta no es una administración impotente; es una administración muerta”.
Si bien el tiempo que le queda a Bush en el cargo es corto, tampoco lo es tanto. En cierto momento, Obama se refirió a sí mismo o McCain como “la persona que en unos 40 días deberá hacerse cargo de este lío”.
No necesariamente. La semana pasada a Bush le quedaban cuatro meses en el poder, e incluso tras las elecciones, el presidente electo tendrá que esperar hasta la toma de posesión.
Esta sensación de liderazgo incierto se ha repetido en varias ocasiones en EU, pero con frecuencia tiene lugar tras las elecciones, y no antes como está ocurriendo actualmente. El interregno entre Hoover y Roosevelt podría servirnos como un interesante caso de estudio, dado el tumulto financiero que enfrenta la nación. (Traducción: Gabriela Cornejo)