Clínica de Periodismo
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Después del ascenso del mercado del arte que proporcionó a Damien Hirst el título del artista vivo con ventas más caras, la crisis económica mundial se hizo presente. Es el periodo que Sarah Thornton investiga para escribir su segundo libro Siete días en el mundo del arte, distribuido en México por Oceáno.
En el texto revela, a través de siete capítulos, las relaciones y aspiraciones que cada actor establece en escenarios de la producción y el mercado artístico.
Fueron 250 entrevistados entre artistas contemporáneos de la talla de Takashi Murakami, Yoko Ono y Damien Hirst, por mencionar algunos, además de subastadores como Cristhoper Burge, de Christie’s en Nueva York y profesores de academias de arte como John Baldessari y Chris Burden del CalArts.
La obra es un proyecto que se traslada entre el trabajo periodístico y la investigación etnográfica, herencia de la estancia de Thornton en la Universidad de Sussex, que se caracteriza por graduar mentes de izquierda.
La periodista adelanta que ha proyectado escribir un libro sobre el artista en el contexto internacional y dice querer escribir sobre México.
—¿Cuál es el rumbo del arte en este contexto de crisis?
—Es difícil decir porque parecen haber retoños de recuperación. El libro fue investigado durante el pico del boom, pero muchas de las dinámicas han permanecido iguales.
—¿Las relaciones de poder son siempre entre quienes manejan el dinero, nunca del lado del artista?
—Algunos artistas son muy poderosos, como Damien Hirst. Las casas de subastas no tratan con los artistas porque ellos venden desde el estudio, en cambio, los galeristas y vendedores sí tratan directamente con ellos. Hirst es uno de los pocos artistas que tratan con casas de subastas, eso es verdad, pero muchos otros adquieren poder a través del mercado artístico. Los artistas tienen referencias de validación, como graduarse de la escuela de arte correcta, ser representado por un vendedor con buena reputación quien maneje a otros artistas bien establecidos y estimados y ser mostrado en un museo o una bienal importante.
—¿Cuál de estos mecanismos de validación es el más importante?
—No puedes decirlo, es una de las razones por las que es tan fascinante. Depende en qué parte del mundo del arte estés sentado. Si eres un coleccionista que va a una subasta, tal vez influyan en ti los precios altos, pues eso es un sello de aprobación de ser un buen artista. Pero eso puede no influir en un curador. En el largo plazo, el arte que puede ser significativo y tienen el apoyo y respaldo de un museo, el mercado, otros artistas y la academia. Es un consenso.
—En el libro apuntas hipocresías y ángulos ásperos del mundo del arte, ¿cómo evitar los juicios morales?
—Tengo mi propio código ético y el camino como deseo comportarme en el mundo. Antes que nada soy una académica que pretende escribir en una forma en que no se construyan obstáculos que entorpezcan mi camino. El mundo del arte es tan exclusivo y excluyente que quiero redactar algo abierto y accesible a todo el público para contrarrestarlo.
El libro está lleno de opiniones de diferentes perspectivas, muchas de ellas se contraponen entre sí, especialmente entre los capítulos. La definición de arte y la forma de valuarlo cambia enormemente. En el capítulo uno se presenta el panorama del arte como una inversión, algo que puede ser comerciado en las famosas subastas. Pero en el capítulo siguiente, -en CalArts-, el arte no tiene ningún estatus de mercancía, es una empresa intelectual del que nunca se habla de comprar.
En el libro hay muchas personas elitistas, pero hay otras que no lo son. Yo creo que, debemos recuperar el arte. En el largo plazo, el mejor arte pertenece a las personas. Si está en un museo u otro recinto artístico -refiriéndose al espacio público-, no vale nada porque no se va a a vender y todos podemos apreciarlo, es sólo en el intermedio que el comercio se lleva a cabo.
—Si todo el arte se mueve entre opiniones, ¿tú has cometido traición al escribir un libro periodístico?
—Lo hice, en dos formas diferentes, primero cuando investigaba, había muchas reacciones negativas porque no trabajaba sobre el arte mismo. En este mundo debes hablar del trabajo, de nada más. La segunda forma es haberme rehusado a ser un crítico de arte. Para mí Siete días en el mundo del arte, es un libro crítico, inteligente y específico que genera debate a su alrededor. Si lo piensas con cuidado, puedes saber dónde estoy parada, pero traté de ser lo más responsable y justa posible para presentarlo sin pasión.