silvia.ojanguren@eluniversal.com.mxEs sorprendente como un niño que tiene todo a su alrededor puede aburrirse, mientras que otro llega a divertirse con unos cuantos objetos e incluso con un juego de manos.
Sobre el tema Mi hijo tiene todo y se aburre, nos hace reflexionar Rosa Barocio, quien tiene más de 30 años estudiando asuntos relacionados sobre la educación y el desarrollo humano.
Ella pregunta: “¿Se ha puesto a pensar por qué los niños que tienen casi una juguetería completa en sus recámaras se quejan de aburrimiento? “¿Cómo es que los niños de hace 30 o 40 años se divertían horas y horas jugando en un patio, con piedras, palos o juguetes muy sencillos y baratos? Esto parece una contradicción”, nos señala.
Pero siguen las interrogantes ¿Por qué, a veces, entre más tienen menos disfrutan y más insatisfechos están?
Las respuesta son varias, Barocio dice que esto se debe quizá a que “se nos pasa la mano, damos en exceso y al instante. Pero, ¿por qué lo hacemos? Por muchas razones, una de ellas muy válida: porque los amamos y disfrutamos verlos felices”.
Razones y sin razones
Y es cierto, pues quién resiste al “¡gracias, gracias!” Nada puede compararse con el momento en que a los hijos les compramos lo que les gusta y vemos que se les ilumina la cara de alegría.
Pero, existen otras razones menos válidas. Por ejemplo: cuando le doy lo que me pide para evitar conflictos. “¡Cómpraselo mi vida, si no, nos hará un berrinche y ni quién lo aguante después!”
Barocio, diplomada en Educación Waldof por el Rudolf Steiner College de Sacramento, California, nos pone ante un hecho real, hay padres que saben que “complazco por miedo a que deje de quererme”, o por culpa: “No lo he visto en toda la semana, lo menos que puedo hacer es comprarle lo que me pide”. Y los que dicen: “Cuando le doy regalos es para llenar mis huecos emocionales. Yo siempre quise una bicicleta roja y nunca me la dieron. Aunque mi hija sólo tenga 3 años, ya se la compré”.
En el fondo del alma
“Estas razones no son válidas”, menciona la especialista, “porque no toman en cuenta al niño. No se derivan de considerar si algo es positivo para él o no, le damos regalos por motivos personales y egoístas. Cuando le doy al niño algo para evitar un conflicto, en realidad busco mi comodidad; cuando le otorgo para que me quiera es por miedo a perder su amor; y cuando lo hago por culpa es para acallar mi conciencia.”
Entonces surgen dudas: ¿en dónde entran las necesidades del niño? Y la verdad es que en ningún lado. “Estoy pensando en mi comodidad, mi miedo, mi tranquilidad y mi placer”, alerta la especialista.
La vida es muy corta, y los hijos crecen muy rápido, nos menciona y sugiere: “Denles lo más valioso que poseen: su tiempo. Nunca he escuchado a un padre de familia que diga arrepentido: ‘Lástima que perdí tanto tiempo estando con mis hijos’. En cambio, sí he escuchado a muchos lamentarse: ‘Lástima que no hice un espacio para disfrutarlos más. Si pudiera regresar el tiempo cambiaría eso’”.
Busque tiempo para estar con ellos; para compartir, jugar o no hacer nada, pero juntos. Empiece en estas vacaciones.