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La hora de la botana

El crítico literario Ignacio Trejo narra las experiencias de las reuniones de cantina, parte de la vida cotidiana del DF
Domingo 25 de noviembre de 2007 Arturo Reyes Fragoso | El Universal

estilos@eluniversal.com.mx

Ignacio Trejo Fuentes es conocido, y reconocido, como crítico y estudioso de la literatura mexicana. Por estas fechas, empieza a circular un nuevo libro suyo, donde reúne una serie de autoentrevistas de escritores, quienes ofrecen su visión del quehacer literario, sin intermediarios.

Pero a su vez, este originario de Pachuca, Hidalgo, es un consumado cronista, de lo que da constancia en libros como Crónicas romanas, La fiesta y La muerte enmascarada o El Distrito Federal de noche, donde aborda la vida urbana, rebosante de seducción.

La cita para la entrevista no podía ser en otro lugar: el Salón Pa-lacio, cantina de añeja tradición en la Guerrero, que desde hace décadas es el centro de reunión de escritores y periodistas de diversas generaciones y linajes. En un escenario así, el tema no podía ser otro que sus impresiones sobre estos entrañables lugares, al calor de la botana del día.

Elemento indisoluble

“Decir cantina es decir botana, antes de empezar la comida en forma. Una cantina sin botana quebraría de inmediato; estos lugares tienen la característica de contar con excelentes cocineros. Lo típico son las albóndigas, milanesas, tortas, mole de olla, caldo de pollo, chamorros y menudo, para los crudos.

“Si no te atrae la botana del día, puedes completar tu comida con la carta; cuando ya eres muy amigo de los dueños o meseros, pueden irte a comprar comida china, japonesa o tortas de otra cantina. Son estos pequeños privilegios los que vinculan al lugar con sus clientes.

“Mucha gente, que trabaja sobre todo en el centro de la ciudad, aparta un día a la semana para comer en la cantina. A mí me tocó cuando todavía eran espacios exclusivamente para varones; en esa época, las compañeras de trabajo, novias y amigas nos preguntaban, muy inquietas, qué hacíamos en estos lugares. Cuando se dio la apertura y empezaron a ir, eran mal vistas por los parroquianos habituales. Estos lugares conservan el respeto por los días oficiales, el 1 de mayo no abren ni tampoco el 12 de diciembre, son tradiciones.

“El servicio es fundamental; por lo menos en el Distrito Federal, es accesible, cómodo y eficiente. Una regla de los frecuentadores de cantinas es jamás pelearse con el cantinero y, mucho menos, con los meseros, porque pueden vengarse de ti alterando tus tragos o comida. Vale la pena llevarla en santa paz con ellos; eso se refleja en las propinas, por supuesto.

“La barra es fundamental y tiene asiduos concurrentes que pueden pasarse horas ahí, sin sentarse nunca. Otro aspecto, que a muchos no les gusta, es la abundancia de vendedores. Una cantina popular permite el acceso a boleros, cantantes, guitarreros, cancioneros, tríos y conjuntos. Para pagar las culpas uno compra, ya borracho, algún juguetito o cháchara para tratar de congraciarse con quienes lo esperan en casa.

“Otra cosa en relación con la comida que hay en las cantinas, es que se corre la voz. Se sabe cuando en alguna ya dejó de ser sabrosa, y dónde está la buena ahora; generalmente se hace caso a dichas recomendaciones, aunque también uno puede volver a la misma de siempre por comodidad, cercanía o por estar en un espacio vital.”

Centros de reunión cultural

“Existieron cantinas muy célebres de periodistas, como La Mundial, que estaba en Bucareli, hoy convertida en oficinas, lugar de acopio e intercambio de información y chismorreo; al calor de los tragos suelen decirse cosas que uno se guardaría en otras circunstancias, con la ingenua creencia que no se divulgarán. También existen cantinas para políticos y burócratas.

“El propio Salón Palacio suele ser frecuentado por muchos escritores, y desde hace 40 años, cuando llegaban a entregar sus colaboraciones a la Revista Mexicana de Cultura, que aparecía como suplemento en el periódico El Nacional. Les pagaban los sábados y eso era una bomba, porque después de cobrar se venían aquí, a la ‘cantina de la esquina’, de donde salían con el salario muy menguado.

“Aquí se juntaban Juan Rulfo, José Revueltas, Juan Rejano y Edmundo Valadés, y todavía vienen José de la Colina, Gerardo de la Torre y Jorge López Páez, quien es infaltable y tiene su propio horario: de la una a las dos de la tarde nadie lo encuentra en su casa, sino aquí. También vienen escritores de las nuevas generaciones, como Javier García-Galiano, y muchos periodistas, sobre todo de la fuente cultural, que suelen reunirse los viernes.

“Los jóvenes ahora le llaman antro a cualquier centro de reunión, cuando para nosotros tenía otra acepción: eran lugares absolutamente tenebrosos. Estoy pensando en el Salón Bach, de Bolívar, una cantina que permanecía abierta toda la noche. O La Cucaracha, que estaba en Gante, que ahora se llama La Taberna del Lobo Estepario.”

La entrevista llega a su fin, y con ello el momento de pedir la cuenta al mesero, quien, por cierto, nos atendió muy bien.



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