Se autodefinen como deprimidos, antisociales, incomprendidos, con una existencia sombría y triste, pero se les ve relajados cuando vagan por las calles de la ciudad en compañía de sus amigos. Tienen una apariencia llamativa, pero no desean ser vistos.
Dicen que para ellos, el mundo es miserable y denigrante; pero disfrutan lo que éste les ofrece.
Son los “emo”, integrantes de una subcultura juvenil que ha retomado gustos musicales y vestimenta de los años 80 y 90, pero enriquecidos con iconos y estilos del siglo XXI.
Se trata de un movimiento mundial que en México ha tomado fuerza y ha pegado más entre adolescentes de clase media y media alta.
Estos jóvenes, de entre 15 y 18 años, suelen deambular por la glorieta de Insurgentes, la Zona Rosa, el tianguis del Chopo; se les ve, además, en infinidad de conciertos masivos y se distinguen por el color oscuro de su ropa, los accesorios brillantes y el pelo negro y lacio sobre el rostro pálido.
A pesar del término que han adoptado para identificarse, en este caso emo, es un grupo ajeno a la música emo-core de los 80.
En la actualidad, ese término identifica una actitud y ciertos patrones estéticos que no coinciden con el concepto original de la palabra.
En inglés, emo es una abreviatura de emotional (emocional). Los chicos de esta tendencia dicen no creer en religiones ni en dioses; se rigen por su propia esencia y sus ídolos musicales.
Identidad externa
Como representan un estado de depresión y oscuridad, los emo visten con ropa negra, aunque se permiten detalles en rosa, rojo y blanco.