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La Frida seductora

El matrimonio Frida-Diego pasó por varios baches, pero al final y, después de una segunda boda, los pintores concluyeron su vida juntos
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El Universal
Domingo 08 de julio de 2007

Después de ese tiempo, Frida Kahlo escribió: “Ahora más que nunca siento que no me quieres ya, pero te confieso que no lo creo, tengo fe…”. Así se despedía de quien posteriormente sería su amigo.

Sin embargo, la tristeza de la penúltima hija de Guillermo Kahlo y de Matilde Calderón menguó ante la aparición de Diego Rivera. Al principio, según el pintor, sólo daba su opinión en torno a la obra de Frida, pues ella necesitaba dinero y la pintura era una opción para obtenerlo.

El 22 de agosto de 1930, consigna Raquel Tibol en Frida Kahlo en su luz más íntima, apareció una foto en el periódico La Prensa, donde se anunciaba que Diego Rivera (1886) se había casado con la señorita Frida Kahlo (1907), quien se convirtió en su mujer, en su compañera de viaje, en adepta a su pincel, en su sombra.

Con frases como: “Diego, yo” o “No dejes que le dé sed al árbol del que eres sol” o “Me acogiste destrozada y me devolviste entera, íntegra”, se fue configurando la relación entre los dos pintores. Ambos se admiraban.

A cuatro años de haberse casado, Frida se enteró que su hermana menor, Cristina, se había convertido en la amante de Rivera. La relación se tambaleó y la esposa decidió mudarse a un departamento ubicado en Insurgentes 432. El trago fue amargo según lo que le escribió a Ella y Bertram D. Wolfe: “En primer lugar es una pena doble […]. Uds. mejor que nadie saben lo que Diego significa para mí en todos sentidos, y luego, del otro lado, ella era la hermana que yo más quise […] la situación se complicó de una forma espantosa y sigue peor cada día”.

El matrimonio Kahlo-Rivera tuvo que enfrentarse a los amoríos de ambos, al sufrimiento por las continuas operaciones a las que ella era sometida, a tres abortos, a un divorcio y a las adicciones y desgano de ella en los últimos años de su vida.

Frida se sabía capaz de seducir tanto a hombres como a mujeres. Entre las segundas son varios los nombres, sin embargo los mitos y las especulaciones hacen que este terreno se toque con cuidado. Entre sus amantes masculinos se ha nombrado al fotógrafo húngaro Nickolas Muray, quien le fue presentado en 1931 por Miguel Covarrubias y su esposa Rosa Rolando. Siete años después ella le dijera: “Nunca te voy a olvidar, nunca, nunca. Tú eres mi vida entera”, el romance fue más intenso cuando la pintora viaja a Nueva York para montar su primera exposición individual en la galería de Julien Levy. Sin embargo, Muray decidió casarse con otra mujer.

En la época del affaire entre Cristina y Diego, Frida se relacionó sentimentalmente con el grabador cubano Ignacio Aguirre, a quien le escribía acrónimos y a quien no se cansaba de decirle: “Quisiera darte todo lo que nunca hubieras tenido, y ni así sabrías la maravilla que es poder quererte”. El amor sólo duró tres meses, justo hasta que Frida se encontró con el escultor estadounidense Isamu Noguchi, autor de uno de los murales que están en el mercado Abelardo Rodríguez.

Otro romance muy nombrado de la autora de Las dos Fridas es el que sostuvo con León Trotsky. El político ruso llegó a México en enero de 1937 junto con su esposa Natalia Sedova. Ocho meses después, Kahlo le dedicó “con todo cariño” un retrato al revolucionario con motivo de su cumpleaños.

En los años posteriores, la relación entre Diego y Frida se caracterizó por las peleas y las reconciliaciones constantes: en 1939 se divorcian y en 1940 se casaron por segunda ocasión. Al final, Frida decidió compartir el eclipse de su vida con él, porque “así pasemos aventuras sinnúmero, cuarteadoras de puertas, mentadas de madre y reclamaciones internacionales, siempre nos querremos”.



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