E n el taller de la Cámara Nacional de la Industria Panificadora encontramos a Víctor Gomar, literalmente con las manos en la masa, mientras elabora una tanda de roscas.Sobre la mesa reposan 40 kilos de masa, de los que saldrán otras tantas roscas luego de un laborioso proceso. El maestro panadero procede a separar pequeñas porciones, en el centro de las cuales hunde sus pulgares, con gran habilidad, para perforarlas y empezar a darles la característica forma ovalada del bizcocho. Luego coloca las roscas en una charola engrasada: "Antiguamente eran redondas, pero se cambió a ovaladas, para poder hacerlas más grandes", explica.
Presenciamos el momento culminante del proceso, cuando el maestro Gomar toma unos muñequitos de plástico de una bolsa con dos centenares de ellos, y los coloca dentro de la masa, en lugares arbitrariamente escogidos.
"En otros tiempos se ponía un haba; después, un confite e incluso un anillo de bodas, hasta llegar a los muñequitos, que primero fueron de porcelana", comenta, mientras pasa los dedos sobre la masa para borrar todo rastro del lugar donde fueron sembradas las figuritas.
Orgulloso de su ocupación, Gomar nos explica que en el país hay diversas maneras de elaborar la rosca de Reyes. "En algunos lugares de provincia le agregan naranja, vainilla, canela o anís, algo que no se estila en el Distrito Federal, donde tradicionalmente se adorna con higos y acitrón, y antaño, también con cáscara de naranja en almíbar.
"Hay quienes, además, le ponen nueces y cerezas, pero lo tradicional, para decorarla es el higo y el acitrón, aunque en algunos lugares empieza a sustituirse este último por ate.
También lleva en su decorado una pasta fina, elaborada con mantequilla, huevo y azúcar, que resulta muy gustada por la gente."