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Protagonismo y empellones en la gira
Sergio Javier Jiménez
El Universal

Martes 13 de noviembre de 2007



sergio.jimenez@eluniversal.com.mx

VILLAHERMOSA, Tab.— Al bajar del convoy el refrescante aire acondicionado en el que viajaba la comitiva presidencial chocó con el olor a lodo podrido, a pescados muertos, a basura y alimentos en descomposición; todo un cóctel que hizo fruncir la nariz hasta al más osado que dejaba de portar un cubrebocas.

De inmediato, el presidente Felipe Calderón comenzó una caminata en medio de un tumulto de personas que se atropellaban en el centro de la ciudad. Codazos y puntapiés a diestra y siniestra. Empellones y jaloneos por quitarle a la gente del paso al mandatario.

La desorganización en el recorrido alcanzó al gobernador Andrés Granier, quien, incluso, hizo pública su queja por los jaloneos y golpes que recibió la gente que intentaba acercarse.

Más de 300 personas seguían a Calderón —entre reporteros, funcionarios y damnificados—, quien ingresó a una vivienda, junto a un taller de frenos, a verificar la limpieza que realizaban sus habitantes.

Afuera, sin poder pasar, el gobernador reclamaba: “Están empujando a la gente y me están empujando a mí, a mí no me importa, que no empujen a la gente, por eso aquí me quedo, yo soy Andrés Granier, yo no importo, el que importa es el pueblo...”.

En la calle, empleados de las secretarías de Salud y de Desarrollo Social se peleaban los espacios también para alcanzar a sus respectivos jefes para tomarles fotos. El protagonismo en pleno, la intentona por quedar bien.

Chalecos beige y gris, de ambas dependencias, identificaban a todos los que, con cámara en mano, hacían clic tras clic a sus cámaras fotográficas o con teléfonos móviles y, más que ayudar, entorpecían la circulación de la comitiva.

La gente clamó por ayuda, exigió apoyos. Con los pies en sandalias o con botas de hule luchaban contra el fango que se apoderó de vitrinas, persianas, refrigeradores, máquinas, estantes, anaqueles, exhibidores y toda clase de enseres domésticos que forman pilas a las afueras de las casas en espera de ser llevadas al tiradero.

Es la sexta visita de Calderón y expresa que se hará todo lo posible para que la tragedia no se vuelva a repetir, aunque su condición de creyente le gana y le apuesta a que también, ojalá, “Dios no lo quiera”.



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