Olvidados: niños de la montaña en Tlapa

En Tlapa, la primaria Raúl Isidro Burgos padece por la falta de apoyo de autoridades y las precarias condiciones que ofrece a sus alumnos
Con retazos de madera y láminas de aluminio, hace 18 años se construyó la primaria bilingüe Raúl Isidro Burgos, a la que asisten niños mixtecos, quienes en los planteles cercanos fueron rechazados por no hablar español (Fotos: SALVADOR CISNEROS)
29/08/2017
09:00
Arturo de Dios Palma
Tlapa
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Una mañana de junio, cuando estaba por terminar el ciclo escolar, Judith Solano, una niña na’savi (mixteca) de 9 años, le dijo a su profesora que quería ser médica para ayudar a los demás a través de la medicina.

La maestra, Magdalena Maldonado Parra, desea que lo cumpla y lamenta no poder ayudarle: Judith no regresó a estudiar a la primaria bilingüe Raúl Isidro Burgos, en la colonia San Isidro, en Tlapa, en la Montaña de Guerrero. No sabe dónde está; le han dicho que puede estar en Sinaloa o en Baja California cortando chile, fresa o pepino.

Judith fue de sus mejores estudiantes. Siempre mostró interés por aprender y cumplir con sus tareas. “Yo vengo a aprender”, le decía la niña. Era tranquila, cumplida y respetuosa. Algunas mañanas, Magdalena la encontró terminando su tarea antes de que comenzaran las clases. “Lo tuviste que hacer en tu casa”, le decía. La niña siempre respondía: “No tengo tiempo para hacerla”.

Saliendo de la escuela, Judith tenía que lavar los trastes, la ropa de todos, el aseo, cuidar al hermano menor y ayudar con la comida.

Judith es la tercera de nueve hermanos. Sus padres se fueron a trabajar como jornaleros el año pasado. Todos quedaron a cargo de su abuela materna. La mujer hizo lo que pudo. Priorizó la comida antes que los estudios.

Judith y sus hermanos vivían amontonados en un cuarto con paredes de madera vieja, húmeda y con piso de tierra. Comían lo mismo todos los días: salsa con tortillas. Tenían responsabilidades. Los varones salían de clases y se iban a trabajar en la milpa en uno de los cerros cercanos. Las mujeres molían el nixtamal; hacían las tortillas y preparaban los alimentos. Con Judith estudiaban cinco de sus hermanos. Hace un año, a la escuela llegó la abuela e inscribió a seis, uno en cada grado.

Magdalena se encargó de tercero y cuarto grado el año anterior. Le dio clases a Judith y a una de sus hermanas. Vio de cerca sus carencias, por ejemplo, en una ocasión le regaló un lápiz y en minutos sólo tenía un pedazo. La niña lo partió en tres partes y lo compartió con dos de sus hermanos. También recuerda como aprovechaba al máximo su cuaderno: escribía la letra lo más pequeña que podía para utilizar el menor número de hojas.

Los cuadernos que les daban de manera gratuita, no los utilizaban, los entregaban a la hermana mayor que estudiaba secundaria.

Magdalena no sabe nada de Judith; sólo que en julio sus padres mandaron por ella y sus hermanos. Tampoco sabe si la niña logrará ser doctora, lo único que desea es que no la casen pronto. La extraña, dice.

Reconstruyen su salón

En la primaria Raúl Isidro Burgos el ciclo escolar no comenzó con clases, sino con trabajo. Los primeros días, los padres de familia, profesores y los niños los ocuparon para construir un aula. Trabajaron clavando tablas, los barrotes y las láminas que ellos mismos consiguieron. La tarde del martes estaba lista: un cuarto de 16 metros cuadrados, con paredes de madera, techo de lámina, piso de tierra, butacas recicladas y un pintarrón viejo.

La tuvieron que levantar porque hace unos días la lluvia la enterró: un alud de tierra se le vino encima, se llevó el techo y los muros.

La primaria está en la colonia San Isidro, en la periferia de Tlapa. Hace 20 años indígenas na’savi de Cochoapa el Grande y Metlatónoc la fundaron después de salir huyendo de la pobreza y la marginación. Según el Inegi, en estos dos municipios las necesidades sobran: 75% de sus habitantes viven en pobreza extrema. Los pobladores de la San Isidro son inmigrantes que siempre están listos para migrar. La mayoría son jornaleros que en todas las temporadas salen a Iguala o Ciudad Altamirano, en Guerrero, a cortar melón o a Sinaloa, Sonora o Chihuahua para ganar 120 pesos al día.

En San Isidro su vida no cambió tanto; viven en casas de madera con pisos de tierra, amontonados, sin servicios ni empleos.

Hace 18 años también tuvieron que fundar su escuela porque en las primarias cercanas no aceptaron a sus hijos por no hablar español, por ser migrantes y por ser “los extraños”.