La Aparecida, la niña errante del panteón San Diego

El fantasma de una pequeña cuya familia fue asesinada se deja ver en el cementerio ante personas solas, cuenta la leyenda
En la década de los 20 se tomó la fotografía de un maleante colgado de un árbol en lo que hoy se conoce como el Jardín Azteca. Al revelar la imagen se dan cuenta de que en la toma aparece inex plicablemente una pequeña. (DE LA COLECCIÓN OMAR GUAJARDO)
27/10/2017
02:25
Carlos Arrieta / Corresponsal
Morelia
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La leyenda de  La Aparecida de San Diego, aconteció hacia el año 1809 en el antiguo cementerio de San Diego, actualmente una plazuela sin nombre, ubicada frente del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Morelia.
El historiador moreliano, Ricardo Espejel, contó a EL UNIVERSAL que como todavía no empezaba la guerra de independencia, hubo algunas personas, todavía españoles de rancio abolengo, que trajeron a enterrar a este cementerio -inaugurado cerca de 1807- a sus muertitos.
Desde el lugar en el que alguna vez fue el cementerio de San Diego, el también cronista de la ciudad de Morelia, narró que en esa época los pudientes enterraban a su gente en una cripta dentro de algún templo y, la gente más humilde, sepultaba a sus difuntos en los cementerios de atrio.

LA LEYENDA

Cuenta la leyenda, que a don Sebastián Ordaz -un caballero de elegante capa, pero de familia humilde- le dolió tanto la muerte de su hermano, que iba todos los días a visitar su tumba en el panteón San Diego.

Así duró varios meses hasta que a finales de octubre, por estas fechas justamente, cuando oscurece más temprano, hace más frío y el sol acababa de caer, al pasar por el cementerio, el caballero vio entre los árboles a una niña.

Sebastián se asoma hacia un lado y otro y no vio a nadie más, por lo que atrevidamente preguntó a la niña -de entre 10 y 11 años de edad, de piel blanca pero pálida, de ojos azules enormes, vestida de blanco y con una cabellera que le llegaba hasta su cintura-, que si estaba perdida.

La niña, no usó palabras y le respondió con un movimiento de cabeza que sí. Don Sebastián lanza una pregunta más: niña… ¿quieres ir con tus padres? –ella contesta nuevamente con el tildar lento de su cuello que sí-.

El buen hombre la tomó de la mano y casi de inmediato la suelta al tacto, porque la temperatura de la niña era tan baja que parecía hielo; el hombre de estatura alta y finos modales se quita la capa que traía puesta para protegerse del frío y envolvió a la pequeña con esa prenda de vestir oscura, abierta por el frente, que se ajustaba al cuello y se hacía más amplia conforme caía.

El caballero se frota sus manos para tibiarlas un poco, tomó  a la niña y le dijo: yo te acompaño; vamos a donde están tus padres. Él, esperaba que los papás estuvieran cerca –porque varias veces lo había visto, que como el cementerio a muchos niños se les figuraba como un jardín, se extraviaban jugando y al rato buscaban desesperados a sus papás-; le dieron la vuelta al cementerio y no hallaron a nadie.


Audio

La Leyenda de la Aparecida de San Diego

Aparecida de San Diego ocurrió en 1809 en el antiguo cementerio de San Diego, actualmente una plazuela sin nombre, ubicada frente al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en Morelia
La Leyenda de la Aparecida de San DiegoLa Leyenda de la Aparecida de San Diego

El caballero esperaba entonces que la niña saliera por alguna de las dos puestas que había en el muro atrial del cementerio, pero de repente la pequeña se detiene y el respetable hombre le pregunta de nuevo: niña ¿no íbamos a ir con tus padres? – y ella de nueva cuenta mueve la cabeza y le indica que sí-.

¿Pero dónde están tus padres?, insiste don Sebastián Ordaz.

En respuesta, la pequeña señala una tumba, por lo que él, pensativo y aún más confundido, llega a la conclusión, sin decir nada porque esto es bastante impresionante, de que la niña tal vez perdió a sus padres y fue a visitarlos; o que tal vez se escapó de su casa y se había perdido.

Ya con el clima a más baja temperatura, el caballero le dice: bueno niña, a ver, yo te llevo al lugar del que vienes, pero dime de dónde.

Con su mirada al horizonte, la pequeña señala otra tumba, pero don Sebastián no se da cuenta, ya que al momento de que la niña levanta su mano, su atención le atrapa al darse cuenta que a la menor le falta un dedo del que escurrían ininterrumpidas gotas de sangre.

¿Te cortaste?, pregunta el caballero. La misteriosa niña, nuevamente utiliza la cabeza para responder, pero ahora con un movimiento en el que le deja en claro que su cercenada falange, no es resultado de un accidente.

Tal fue el enojo del caballero, cuando al preguntarle si alguien le había provocado esa herida y la pequeña asentía con un nuevo tildar de su cuello, que don Sebastián de inmediato hierbe en cólera y le cuestiona enfático: ¿Sabes quién te hizo daño?; la niña responde que sí…

¿Sabes dónde está?, pregunta el caballero y, también le responde la niña que sí –todo con movimientos de cabeza-

Más fúrico, el hombre de asombroso aporte levanta la voz y le dice a la niña: ¡llévame con esa persona para exigirla la reparación del daño y que se haga justicia!

La niña lo lleva por entre los pequeños caminos que había en este cementerio y de repente se detiene una vez más, al pie de una tercera tumba. La reacción del caballero fue nuevamente una pregunta:

- ¿pero qué es esto? ¿esta es la persona que te hizo daño?, dijo él ingenuamente y la niña respondió que sí una vez más con movimientos de cabeza de arriba a abajo.

El caballero queda en estado de shock y le comenta: si la persona que te hizo daño está aquí, pues ya está enterrada y está bajo estas piedras; ya no te puede hacer daño. Tras la fija mirada de la niña sobre su persona, él nuevamente exclama: ¡creo que no me entendiste… el hombre que te hizo daño está enterrado aquí!, pero la niña, con la cabeza le refuta y le indica que no.

¿Y si no está enterrado aquí, dónde está?, insiste el hombre de rizados cabellos.

En ese instante, la niña señala al hombro izquierdo del caballero, levanta su otra mano y por fin utiliza la voz para decirle ¡ahí!, pero con una fuerza tal, que don Sebastián Ordaz casi desmaya.

Por la impresión, el caballero voltea hacia su lado izquierdo como si alguien estuviera en su espalda y cuando vuelve la mirada, descubre espantado que en el suelo está su capa tirada y la niña ha desaparecido.

No se quedó con la duda y limpia algo de la hierba que rodeaba la tumba para saber quién era la persona ahí sepultada y que la niña señaló como quien la había lastimado.

El hombre entonces leyó que en la lápida decía: Quinto Peralta. Recoge su capa, va a su casa, toma nota de todo ello y al día siguiente viene a hablar con los frailes franciscanos de San Diego.

El caballero los lleva a la tumba donde primero se detuvo la niña para preguntarles la suerte de esas personas y le dicen que unos ladrones entraron a robar a la casa de esa familia y como los descubren, mataron a todos los integrantes incluida la niña, y que se ensañaron con ellos porque la pequeña tenía un anillo de oro que no le podían quitar y le arrancaron un dedo para podérselo llevar.

Sin poder salir de su asombro, don Sebastián pregunta si dieron con los culpables y le responden que nunca supieron quién fue, pero él les replica y pide que vayan a la casa de Quinto Peralta para que vean que ahí es donde tienen los bienes robados de esta familia.

Los frailes dan aviso a las autoridades y encuentran en esa casa los bienes robados de muchas familias, entre ellas, la de la niña, porque Quinto Peralta quien era tenido por muchos como un respetable caballero de la sociedad vallisoletana, en realidad era el jefe de una banda de ladrones.

La familia de Quinto Peralta, cuando descubren esto, venden la casa, regresan los bienes a las familias localizables y el resto lo donan; finalmente avergonzados abandonan la ciudad de Valladolid –hoy Morelia-.

A Quinto Peralta lo sacan de la tumba que ocupaba en el cementerio de San Diego y fue arrojado a un tiradero de animales.

La tumba, fue exorcizada para desacralizar la tierra y cuando terminan la ceremonia nuestro protagonista se acerca y le pregunta a la persona que exorcizó, ¿qué significaba lo sucedido con la niña y todo lo que había visto?.

El exorcista le respondió: no sabes qué gran favor te hizo esa niña, porque tú, Sebastián, ya traías trepada el alma maldita del malhechor en tus hombros y si la niña no te lo hubiera espantado, te lo hubieras llevado a tu casa y habrían tenido sueños malignos, visiones o tal vez hasta una posesión satánica.

Dicen que desde entonces, a la gente que viene sola por aquí, en ocasiones ven a una niña con la descripción de la de la historia que se les acerca con la mano extendida; la mayoría de la gente lo toma como una señal de que les piden limosna y en lo que buscan una monedita o algo para darle, cuando levantan la vista, la niña desaparece.

LA TERRORÍFICA FOTO DE LA NIÑA

Empezada la década de los años 20´s, de 19320 en adelante, quedaban restos de algunas gavillas de maleantes alrededor de la ciudad y la instrucción que se tenía es que cuando se atrapara a alguno de los malhechores, se les pasara por las armas y para escarmiento y advertencia de sus cómplices, colgaban los cuerpos y les ponían una cartulina con los delitos que habían cometido.

En esa época, en lo que hoy se conoce como el Jardín Azteca, ubicado sobre avenida Tata Vasco y Calzada fray Antonio de San Miguel, en un árbol colgaron a uno de estos maleantes que habían fusilado y tomaron una fotografía para sentar el testimonio de que sí se había ajusticiado.

 Cuando revelan la fotografía y la llevan a integrar al expediente, le llaman la atención al fotógrafo porque en la imagen aparece una niña, la cual creen que es su hija y que la había llevado a ese lugar donde habían colgado al malhechor y él se defiende diciendo que no tiene hijas y que no había menores en el lugar cuando se tomó la fotografía.

Entonces, mandan llamar a los encargados de llevar el cadáver, que eran dos carretilleros y tampoco llevaban ellos niños. En la fotografía se aprecia la sombra de dos personas, las recordaban ellos, pero no recordaban ninguna niña.

En la imagen, la niña se aprecia casi en primer plano, abajo a la derecha, viendo el cadáver. Lo impresionante es que esta niña -que ni el fotógrafo, ni los carretilleros vieron al momento de tomar la fotografía o colgar al muerto-, encaja con la descripción de la aparecida en el cementerio de San Diego…

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