Higinio y su hijo Ángel conservan la tradición familiar de enterrar cuerpos

Higinio y su hijo Ángel conservan la tradición familiar de enterrar cuerpos
El panteón municipal número 1 se halla en la zona conocida como el Viejo Torreón, data oficialmente de 1906, aunque hay tumbas con fecha de 1892. (FRANCISCO RODRÍGUEZ. EL UNIVERSAL)
27/10/2017
10:00
Torreón
PACO RODRÍGUEZ
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Higinio García todavía recuerda la primera vez que sepultó un cuerpo en el panteón municipal número 1, el más viejo de Torreón. Fue allá por 1960. Tenía unos 15 años. Recuerda que lloró al ver a aquella familia enterrar a su ser querido. Lloró como si fuera uno de ellos mientras cavaba el pozo. Después, cuenta, se impuso a sepultar gente, se acostumbró, como un jardinero a regar plantas.

                Si le preguntan a Higinio, de 73 años y menudito, cuántos cuerpos ha sepultado, contestará que miles. “Todos los días, de uno, de a dos, de a tres. Mucha gente”, dice con la mirada en las lápidas. Lo hizo fervientemente durante 46 años y ahora su hijo Ángel sigue sus pasos; una familia de tradición sepulturera.

                Higinio relata que fue su padrastro quien lo invitó a trabajar. Empezó a barrer, hacer fosas y enterrar cuerpos. Recuerda que le pagaban entonces 139 pesos por quincena. “Era una cosa tremenda, habían muchas áreas donde sepultar y se fue tapando todo. Ya no hay tierras, solo propietarios”, menciona.

                El panteón municipal número 1 se halla en el poniente de Torreón, zona conocida como el Viejo Torreón. El cementerio data oficialmente de 1906, aunque hay tumbas con fecha de 1892. Entre ellas está la de Gregorio García, un militar mexicano que participó en la Revolución mexicana, se levantó en armas contra Victoriano Huerta en la Laguna y murió en un combate cuando servía como escolta de Venustiano Carranza.

                Higinio asegura que también se halla el cuerpo de Cesareo Manríquez, mejor conocido como El médico asesino, un legendario luchador del pancracio mexicano que llegó a Torreón a los cinco años.

                Hace unos años Higinio sufrió una parálisis facial y los doctores le ordenaron que ya no podía levantar placas pesadas. Decidió pensionarse. “Lo teníamos a cada rato en el hospital, cada ocho días se internaba, mejor lo trajimos de vuelta y ya se le quitó la enfermedad”, platica Ángel, el hijo de Higinio.

“Si me quedo en la casa me voy a tullir, mejor me vengo, tráiganme un ladrillito, un bote de agua y se los llevo. Prefiero eso”, comenta Higinio. A Higinio se le ve caminando entre las tumbas, ayudando en lo que puede, abriendo pozos. Otras veces se sienta en las bancas a esperar porque le pidan ayuda.

                Se acostumbra uno a sepultar

                Ángel relata que él nació en el panteón. Vivió en una bodega del cementerio. Se crió entre tumbas y jugaba entre lápidas como quien juega entre árboles. Creció viendo a su padre sepultando cuerpos, como el hijo del mecánico que ve al padre arreglando coches. Después se fue a estudiar y trabajar como técnico en máquinas y herramientas. Pero regresó a donde pertenece, el panteón municipal. Ya suma 14 años, tiene 53 de edad.

                 Es sepulturero pero como dice él, “hacemos de todo”. Ahora que no hay servicio está cortando la hierba. Ayer tuvo cuatro entierros. Al igual que su padre, dice que se acostumbró a ver el dolor de la gente cuando sepultan a un familiar. “Lo ves y te haces un poquito duro. Es igual que cualquier trabajo. Te duele cuando conoces a la gente que entierras”, platica Ángel.

                Aquí en el panteón está enterrada su abuela, un primo, su suegra, y un tío y un hermano que también trabajaron en el panteón.  Y él ya tiene su terreno separado para cuando muera.

                Inclusive tuvo que apechugar hace unos años, cuando la violencia azotó a Torreón y el pico más alto de homicidios violentos alcanzó un promedio de dos asesinados cada 24 horas. En esos tiempos cada día, infaliblemente, enterraba de dos a tres cuerpos, unos más a la fosa común.

                Pero nada como los sucesos paranormales que han vivido Higinio y Ángel. Higinio recuerda que siempre entraba a las cinco de la mañana y un día, cuando se acercaba a la puerta, miró arriba de la barda perimetral a un hombre con un manto blanco. “Deja ver qué es”, le dijo su padrastro que lo acompañaba. “Va a saltar, tiene que oírse cuando brinque”, pensó Higinio. Cuando se acercaron, miró cómo “la persona” andaba sin pisar el suelo. “Iba por el viento, era un ánima. No iba caminando. Es lo único que me tocó ver”.

                Ángel cuenta otra experiencia. Una ocasión caminaba a mitad de la capilla cuando vio salir lo que él llama un ánima, por los rumbos de la tumba de Gregorio García. “Se iba juido, se subió a una lápida y me hablaba con una bolsa que fuera. El velador nunca vio a nadie entrar”.

                Otras veces Ángel camina, lleva cascajo o carga una carretilla con agua y siente una ventisca cachetearle el rostro. Siente que las flores secas se mueven con el aire y escucha un murmullo como si le hablaran: “shh, shh”. Voltea y no hay nadie. En un rincón del cementerio, pegado a una barda, le tiran piedras a la espalda y cuando voltea tampoco ve a nadie.

“Ya se acostumbra uno a todo esto. Ahorita hay que tenerle más miedo a un vivo que a un muerto”, asegura Ángel.
                Ya no es lo mismo

                Sobre la celebración del día de muertos, Higinio asegura que a últimas fechas el fervor ha disminuido. Narra que antes no cabía la gente en el panteón. “Eran cuadras de toda la gente que se amontonaba en la puerta. Ya no es igual. La gente ya no se acuerda o quizá ya no tienen familia. Muchas tumbas solitas y caídas. Están todas quebradas, se van sumiendo”.

                Ángel menciona que mucha gente llega después de mucho tiempo y ya no recuerda dónde queda la tumba de su familiar. “Llegan y me dicen ‘acuérdese, usted me lo sepultó’ y les digo ‘sí señora pero yo sepulto 300 cuerpos al año. Empezando a platicar y describir fechas o tumbas nos acordamos y tratamos de ayudar a la gente. Hay muchas abandonadas y antiguas”.

                A Higinio le da gusto que su descendencia siga con la tradición de laborar en el panteón. “Yo creo es ya su suerte”, expresa. Otros dos nietos, uno hijo de Ángel, también trabajan en el cementerio.

                La vida de Higinio, paradójicamente, es en un lugar donde descansan los muertos. “A qué estoy todo el día aquí”, le dice a su esposa cuando está en casa y prefiere irse a pasear y ayudar en lo que pueda en el camposanto. “Lo extraño, fue mi vida y aquí me voy a quedar. Tengo una hija ahí, y mi madre, aquí me van a enterrar”.

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