Con madera los chiapanecos dan vida a parachicos y reviven a los conquistadores

Desde hace 40 años, los Moreno Ayar esculpen en cedro, guanacastle y pino las facciones del español de la Conquista que hace siglos llegó a Chiapa de Corzo, en Chiapas; hoy estas máscaras y su técnica son reconocidas por la Unesco
Los artesanos elaboran dos tipos de máscaras: las tradicionales sin barbas y las que se esculpen en maderas. El tiempo que tardan en tallarlas y pintarlas es de hasta tres meses y sus precios van de mil 500 hasta 12 mil pesos. Foto: ALEJANDRA CHÁVEZ
05/05/2018
03:46
Oscar Gutiérrez / Corresponsal
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Chiapa de Corzo

Desde hace más de cuatro décadas, la familia Moreno Ayar convierte los trozos de cedro, guanacastle y pino, en rostros de ojos grandes y nariz afilada. “Son las máscaras de los parachicos (conquistadores españoles). Nos lleva hasta tres meses esculpirlas”, platica José Bernardo Moreno Ayar, quien está al frente del taller artesanal.

La máscara, considerada un elemento de la identidad del danzante del Pueblo Mágico de  Chiapa de Corzo tiene un proceso laborioso; requiere de cuidados y medidas exactas.

Las facciones evocan al español: de ojos claros, barba cerrada, peluca de ixtle, sarape, botines y chinchines, que llegó a la región en la época de la Conquista, señala José Bernardo, quien añade que estas piezas artesanales se venden principalmente en la Fiesta Grande, que se celebra en enero. No obstante, recalca, “el trabajo lo hacemos los 365 días del año”.

A José Bernardo le emociona aportar al patrimonio cultural de su pueblo y exponer sus trabajos en el país y el extranjero. Narra que se inició en el oficio cuando era niño.

“Andaba de mironcillo en el taller y me atrapó lo que hacían, no sabía que mi curiosidad sería lo que me daría para vivir y también a mi familia”, recuerda con alegría.

José Bernardo encabeza el taller de la familia, ubicado en un barrio céntrico de esta demarcación, rodeada por el río Grijalva y ambientada por la marimba. Su experiencia “artística y mística” con la madera esculpida se nota en los movimientos de sus manos, que dan vida a unos seres que algún día fueron de este mundo.

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Rostros extranjeros. Las manos expertas de José Bernardo saben dónde y cómo extraer expresiones que reflejen el rostro del conquistador español, que llegó a esta región del centro de Chiapas hace cientos de años atrás.

La madera se selecciona. La traza, bosqueja facciones: labios, ojos y las pestañas que extrae de la piel de vacuno. “Todo lleva su tiempito”, aclara.

Sus manos forjan el trozo de cedro con machete, garlopa, gubias y cuchillas. De la madera burda surge la máscara que refleja el sincretismo de fertilidad, generosidad y agradecimiento a “la madre Tierra”.

Su hijo Jacob Moreno afirma que aprendió la talla de madera de sus ancestros. “Somos una familia de mascareros”, subraya orgulloso.

La familia Moreno participa además en la Fiesta Grande, durante el mes de enero. “Mi madre y hermanas bailan de chiapanecas, una de ella usa los atuendos masculinos del parachico. Ésta es otra forma de preservar lo nuestro”, sostiene.

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“Empecé a los 15 años al ver el trabajo de mi padre. La tradición la empezó mi abuelo; la prosiguen mi padre, tíos y primos. De nuestro taller salen dos tipos de máscaras: las tradicionales sin barbas, y las otras que se esculpen en cedro, guanacastle, sabino y hasta pino”, explica el chiapaneco.

Agrega que los precios de cada máscara varían según la calidad y los acabados. Pueden costar de mil 500 hasta 12 mil pesos.

Las máscaras para la Fiesta Grande se empiezan a elaborar en septiembre. En los meses previos, la familia Moreno Ayar esculpe imágenes de santos y vírgenes por encargo de particulares y templos católicos.

José Moreno, tío de Jacob, indica que la careta debe ser de maderas finas. El cedro tiene mejor calidad. Como “mascareros” y guardadores de la tradición nos toca ofrecer nuestro mejor trabajo creativo.

La Fiesta Grande, de varios días, se adereza con bailes, rezos , visitas a templos y gastronomía. El 15 enero los parachicos bailan al compás de la música del tambor y el carrizo, acompañados de los chuntás, como culto a San Sebastián.

Las celebraciones de esas fechas, aunque parten de mitos prehispánicos, se han extendido en la leyenda que evoca a María Angulo, quien al agradecer por las aguas curativas que salvaron a su hijo, repartió alimentos en Chiapa de Corzo durante una hambruna en el periodo colonial.

Los parachicos recrean a “los sirvientes” de aquella mujer de origen español.

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La máscara del parachico data de hace 300 años, en 2010 fue declarada Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco, por las técnicas prehispánicas utilizadas para su elaboración.

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