GAVIOTAS SUR, Tab.— Patricia Mosqueda recuerda la angustia de hace dos años, cuando pasó la noche en la azotea de su vecina —de las pocas viviendas de dos plantas que el agua no alcanzó a cubrir. Su patrimonio estaba desecho.
Esa mañana de noviembre, los habitantes del otro lado del Grijalva, frente al centro de Villahermosa, amanecieron cubiertos por las desbordadas corrientes del río de la Sierra. Miles de tabasqueños, como la familia Ramírez Mosqueda, incrédulas de la posibilidad de que sus hogares habían quedado debajo del agua, sobrevivieron encaramándose arriba de las casas con mayor altitud, pues no les dio tiempo de nada.
“Jamás se me va a olvidar, porque fue un día muy dramático, pues aunque nadie murió, se veían a los animales de las granjas que pasaban en el agua ahogados. Y todas las casas con las pertenencias mojadas”.
Durante esa noche, en la oscuridad, entre espacios de silencio, se escuchaba el llanto de los niños y los gritos de auxilio de la gente. Todos pasaron en vela sobre los techos de las viviendas más altas, en alerta, escuchando los gritos.
Secuelas emocionales
Aunque asegura no tener trauma por ese acontecimiento, doña Patricia dice: “Pero sí sueño con que mi familia va huyendo del agua, que están dentro de la inundación o que se me ahoga mi niña. Sí quedó alguna secuela por allí”, reconoce.
La noche previa a la inundación se fueron a descansar un rato, pero al amanecer, a las 5:30 horas, el agua había alcanzado el medio metro de altura dentro de la vivienda. Empezaron a trasladar sus pertenencias y enseres a la segunda planta. En menos de media hora, el agua ya había alcanzado un metro de altura.
Más tarde intentaron salir, pero la corriente ya tenía demasiada fuerza y el nivel seguía en aumento. Toda la familia se subió a la segunda planta, pensando que no les alcanzaría la corriente. Doña Patricia Mosqueda de Ramírez, junto con su esposo y sus dos hijos menores, vive en la calle Geógrafos número 505, casa ubicada frente a la escuela técnica número 39, que en esa ocasión ya albergaba a vecinos del Monal, Coquitos, Valle Verde y Torno Largo, quienes luego también se pondrían a salvo en el techo de ese plantel, de donde serían rescatados en helicópteros.
A dos años de la tragedia, a esta tabasqueña se le agolpan los recuerdos. La mayor tensión fue cuando su esposo tuvo que romper la pared con un martillo, para salir por la parte trasera de la casa y apoyados con una escalera, con su hija de un año y seis meses en los brazos, iban de techo en techo para ponerse a salvo.
El temor retorna en estos días, ahora ella y su familia tienen que estar prevenidos siempre por cualquier cosa que pueda ocurrir.
“Pero eso ya no es una vida saludable. Es vivir en permanente intranquilidad. Cada año estamos pensando que se va a inundar, esperemos en Dios que no”, implora.
Este año de alguna manera ya están listos. Relata que cuando se acercan estas fechas, ya no se compra tanto para surtir la tiendita que atiende, por si hay que salir.
A la familia Ramírez Mosqueda no sólo la vida les cambió emocionalmente, ahora también enfrenta problemas económicos, pues además de que ya no recuperó todas sus pertenencias tiene que pagar una deuda bancaria de 60 mil pesos, por un préstamo para reiniciar la tienda.