Anthony Plácido sorprendió con una sola palabra de su ponencia del 22 de septiembre en la Universidad de Texas en El Paso, en donde se convocó a expertos para debatir sobre la eficacia en la lucha contra las drogas en Estados Unidos. El jefe de Inteligencia de la DEA pidió a la concurrencia olvidar el término “guerra” para referirse a cualquier estrategia contra el tráfico de drogas en ese país.
Fue la primera ocasión en la que un funcionario de primer nivel modificó el lenguaje bélico acuñado desde el 21 de septiembre de 1969 por el entonces presidente Richard Nixon. Y para Antonio Payán, doctor en sociología de esa casa de estudios, la solicitud de Plácido no tiene otra explicación que la del fracaso. Una realidad, dice, que a su vez se entiende por el alto nivel de corrupción que existe entre agentes de seguridad pública de Estados Unidos.
Las redes del narcotráfico en Estados Unidos alcanzan dimensiones extraordinarias, mayores y más complejas que las que hay en México, y además de la corrupción tienen enfrente un aparato de justicia altamente burocrático e ineficiente, sostiene el especialista. “Una investigación de tres años terminará con 200 detenidos, pero en ese tiempo las organizaciones ya tienen a mil individuos para suplantarlos”, dice.
La corrupción de agentes federales, estatales o municipales, es más común de lo que parece, afirma Antonio Castañeda, jefe de Policía de Eagle Pass, la frontera de 22 mil habitantes con Piedras Negras. “En mi plaza —en la que he estado durante 16 años— he visto muchos elementos federales que los han arrestado por corrupción. (…) Pero la prensa no le da mucha atención”, señala.
La Española, al norte de Nuevo México, es considerada una de las zonas con mayor nivel de consumo per cápita de heroína.
Consecuencia de ello: las muertes por sobredosis, la prostitución y la miseria han hecho presa a sus habitantes, de acuerdo con Chris Valdez, sargento de la Policía Estatal.
“Los políticos no quieren decir que hay un problema con las drogas. (…) Corrupción hay donde quiera, pero nadie lo quiere aceptar”, dice.
Joe Arpagio, sheriff de condado de Maricopa en Arizona, considera que nada se ha ganado en las cuatro décadas de la llamada guerra contra las drogas. “Misma película, diferentes actores”. La corrupción, explica, permite que las drogas ingresen a Estados Unidos, las mafias mexicanas pagan a la policía de este lado de la frontera para que se volteen para otro lado y les faciliten el paso.
Ejemplos de agentes estadounidenses presos o bajo investigación por incurrir en actos de corrupción se conocen a lo largo de las 2 mil 100 millas de frontera de Estados Unidos.
Elementos de corporaciones federales, estatales y locales son tentados por “el dinero fácil”, dice el sheriff Arpagio.
En el estado fronterizo de Texas, el pasado 27 de agosto Reymundo Rey Guerra, ex sheriff del condado de Starr, que colinda con Ciudad Camargo, Tamaulipas, fue sentenciado a cinco años y cuatro meses de prisión. Su delito: facilitar la entrada de drogas a territorio estadounidense y filtrar información a José Carlos Hinojosa y sus socios del cártel del Golfo.
Guerra es el segundo sheriff de una comunidad fronteriza de Texas en ser acusado de tráfico de drogas en años recientes. Conrado Cantú, ex sheriff del condado de Cameron, en Brownsville, fue sentenciado en 2005 a 24 años de prisión, tras declararse culpable de encabezar una banda delictiva dedicada al narcotráfico, al lavado de dinero y a la extorsión entre otros delitos.
Pero los más expuestos a la corrupción son los agentes que trabajan directamente en la frontera. Para Jorge Durán, jefe de la Unidad Antipandillas de la policía de San Diego, la garita —o sea la puerta de entrada a Estados Unidos— es territorio clave para los narcos. La llave de acceso son los agentes, “a algunos los compran con dinero y a otros los convencen bajo amenazas, pero de todas formas necesitan de su cooperación”.
De acuerdo con cifras del gobierno de Estados Unidos, 20 oficiales del departamento de Aduanas y Seguridad Fronteriza (CBP por sus siglas en inglés) han sido acusados de corrupción y 63 casos más se encuientran bajo investigación.
El silencio es parte de la estafa estadounidense, sostiene el investigador de la Universidad de Texas Howard Campbell.
“Este país tiene una tradición puritana, pero también hipócrita. Nosotros siempre hemos pensado que somos la máxima potencia del mundo y que todos los problemas vienen de afuera, de México o de China. Nosotros somos puros, no tenemos mucha corrupción. Tenemos un gobierno democrático y justo. Pero si uno ve bien la historia con un ojo crítico, ve muchas contradicciones. Y en esto de la guerra contra las drogas es muy claro que hay mucha contradicción”, opina.