aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




La “vida loca” al servicio del narco

San Diego y la zona de Valle Imperial son considerados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos uno de los principales corredores de drogas en el país vecino
La “vida loca” al servicio del narco

CULTURA CALLEJERA. En el tradicional Barrio Logan de San Diego, los miembros de las pandillas se comunican mediante el grafiti. En esta zona el número 13 se repite en casi todos los mensajes, es el lugar que ocupa la letra M en el alfabeto, símbolo de la organización criminal denominada la Mafia Mexicana . (Foto: )

Lunes 19 de octubre de 2009 Evangelina Hernández/ Enviada | El Universal
Comenta la Nota

evangelina.hernandez@eluniversal.com.mx 

SAN DIEGO, California.— Ahí viene el distribuidor. Llega en bicicleta, como se mueven todos los dealers de la zona. En ese tiempo su comprador aprovecha reforzando el músculo bajo el rayo del sol. Le saltan las venas y eso realza en su bíceps el tatuaje de una mujer exuberante que rivaliza con las siglas “LH13” (Logan Heights 13), las de la pandilla de raíces aztecas que frecuentan el Chicano Park en el Barrio Logan.

 

Hace unos 15 años, este barrio alcanzó una triste fama al ser descubierto por autoridades mexicanas y estadunidenses como refugio y centro de reclutamiento de jóvenes sicarios que operaban para el cártel de los hermanos Arellano Félix.

 

Los narcojuniors de Tijuana y ciudades vecinas, ubicados entonces como una nueva generación de narcos con estudios universitarios y provenientes de familias de clase media alta, se surtían en el Barrio Logan del material humano.

 

Quince años de lucha antinarco en este punto de la frontera común han tenido poco o nulo éxito en ambos lados de la línea divisoria.

Algunos de los narcojuniors fueron capturados, otros más murieron ejecutados por rivales o traicionados por sus propios pares, y el resto aprendió de esas lecciones.

 

Hoy, las pandillas se han multiplicado y han crecido no sólo en número, sino también en fuerza, complejidad, rivalidad, conexiones con cárteles de la droga, con policías mexicanos y estadunidenses corruptos y contactos con traficantes de ilegales, de armas de fuego y de autos robados.

 

El sol de las cuatro de la tarde pega en los cristales de una patrulla asignada con dos oficiales a vigilar las inmediaciones del Chicano Park. El tipo de la “LH13” abandona su rutina de bench press y camina hacia uno de los baños del lugar. Allí lo aguarda su contacto.

 

Desde una patrulla, los oficiales de policía observan toda la acción; son testigos de la compra de un paquete de droga, pero optan por retirarse. En la puerta de los baños el de los brazos como de toro le reclama a su contacto el retraso. Algo más se dicen y el de la bicicleta saca de su mochila un paquete, recibe el dinero y se larga de allí. La transacción no dura más de dos o tres minutos.

 

Esto es parte esencial de “la vida loca” en el Barrio Logan y en sus alrededores, que son los dominios de más de una veintena de pandillas con un largo y violento historial delictivo, hoy consolidado por sus servicios a distintos cárteles de la droga dentro y fuera de Estados Unidos.

 

No en balde San Diego y la zona de Valle Imperial (Imperial Valley), con sus 140 millas de territorio colindante con la parte norte de México, están consideradas por el Departamento de Justicia de los Estados Unidos como uno de los principales corredores de drogas en el país vecino.

 

Tradiciones al servicio de la mafia

Las ciudades “hermanas” de San Diego en Estados Unidos y Tijuana en México son tierra fértil para la actividad de dos cárteles que pelean con todo la posesión de la plaza, que es la entrada a suelo estadounidense: los hombres de Joaquín Guzmán Loera, El Chapo Guzmán, y las dos facciones de una nueva generación de operadores y sicarios del cártel de los hermanos Arellano Félix.

 

En estas tierras, sus habitantes comparten historia, tradición, cultura y comercio. Familias y redes de amigos se extienden a lo largo de las dos comunidades, donde se concentra 60% de la población de toda la frontera entre ambos países. Los traficantes de drogas explotan esos lazos para sus operaciones, señala el Análisis del Mercado de Drogas en la región de California 2009.

 

Vestido de civil pero con su arma de cargo bajo la camisa, Jorge Durán, Jefe de la Unidad Antipandillas de la policía de San Diego, observa de lejos la transacción de drogas en el Chicano Park.

 

Mientras camina bajo los enormes puentes del Freeway 5, una carretera que llega hasta la frontera con México en un recorrido promedio de 40 minutos (con tráfico fluido), comenta que las pandillas reciben las drogas aquí; se las traen los narcotraficantes mexicanos por las rutas que ya tienen establecidas.

 

Checkea desde lejos una y otra vez los rostros y tatuajes de los dealers, y explica que el delito transfronterizo siempre ha existido. Los que vivimos en la frontera, dice, estamos acostumbrados al intercambio social, educativo y comercial, donde todos los días se mezcla lo legal con lo ilegal.

 

Junto a un mural que reproduce la imagen de la Coatlicue, diosa azteca de la tierra y la fertilidad, Durán reconoce que quien consigue la llave de entrada (a San Diego), controla el tráfico de drogas de los dos lados de la frontera.

 

“La guerra en el lado mexicano es por adueñarse de la llave. El cártel que controla Tijuana, es el que controla también San Diego”, añade.

 

La plaza es… de quien la trabaja

Pese a todo, este parque sigue siendo un símbolo para los chicanos en San Diego. En los años 70 la comunidad hispana impidió que este espacio se convirtiera en una estación de policía. Ahí, frente a un mural que simboliza la fuerza laboral mexicana en Estados Unidos, se lee: “La tierra es de quien la trabaja con sus propias manos”.

 

Bajo la fuerza de esas palabras, Durán explica que para que las organizaciones criminales puedan controlar San Diego necesitan contar con el apoyo de la policía. “Requieren de nuestra cooperación”, dice en una declaración inquietante que de inmediato pone en el contexto adecuado.

 

Explica que si las pandillas se mueven tan libremente de este lado de la frontera, es porque tienen la protección de elementos de corporaciones policiacas de acá.

 

Este fenómeno no se puede explicar sin la complicidad y corrupción de políticos y policías estadounidenses, insiste. Desde el interior de la patrulla admite que si los agentes de Estados Unidos no quieren aceptar dinero por permitirle a los cárteles el paso, “tienen que obligarnos mediante amenazas; nos mandan mensajes y a algunos compañeros los han matado”.

 

Ex compañeros nuestros están bajo proceso judicial por cooperar con el crimen organizado, filtrar información o voltear la cara para no mirar lo que está pasando, agrega.

 

 

El empoderamiento de los cárteles

El discurso oficial de este lado de la frontera es que los cárteles mexicanos son los amos y señores del contrabando y la distribución de drogas en Estados Unidos.

 

En el informe 2009 del California Border Alliance Group (CBAG por sus siglas en ingles), las organizaciones del crimen organizado provenientes de México se desplazan por esta región del país gracias a que cuentan con sistemas tecnológicos y de inteligencia muy avanzados. Puntualmente el documento señala que “utilizan la intimidación para disuadir a las autoridades policiales”.

 

Tras escuchar en reiteradas ocasiones ese mismo discurso por parte de autoridades federales, estatales y municipales que se desempeñan en San Diego, la pregunta era obligada: ¿quién empoderó a los cárteles mexicanos para que se movieran a su antojo en territorio de EU?

 

Con respuestas escuetas, la explicación, el discurso de los policías estadunidenses sigue siendo el mismo al paso de los años; los mexicanos, los latinos, son los que controlan todo esto.

 

Dejan los narcóticos en grandes centros de almacenamiento y ponen a operar sus redes de distribución. Los líderes de las pandillas son quienes las distribuyen en masa, además de estudiantes, amas de casa, gente de clase media que llevan la droga a sus comunidades. Pero de los capos, de los mandamases de la droga en suelo de Estados Unidos, no hay datos. Nada.

 

 

Droga para todos

Los métodos para meter coca, mota, meth a Estados Unidos sólo están limitados por la imaginación de los narcotraficantes, comenta Peter, un estadounidense del sur de California consumidor asiduo de cocaína.

 

“En bolsitas, mochilas, automóviles, contenedores, la droga sigue pasando. Nunca hay escasez”. Le da un sorbo a su café y admite que su dealer personal no tiene problemas para abastecerse de mercancía. “Sobra dónde comprar, la única diferencia es la calidad”.

 

Peter, de unos 25 años, está permanentemente inquieto. Se mueve, se acomoda y reacomoda en el asiento de una cafetería al sur de Pasadena, California.

 

Se toca la punta de la nariz a la menor oportunidad y no deja parpadear mientras escucha las preguntas que le hago. “Soy muy inquieto, pero no por la falta de droga, siempre he sido así”. Sin revelar su profesión, admite que recientemente terminó la universidad, en donde los mismos compañeros eran sus distribuidores.

 

Se levanta a comprar otro vaso de café y al regresar a su asiento relata su experiencia en un centro de atención a adictos, asegurando que no tiene problemas con el consumo de narcóticos.

 

“Yo decido cuándo consumo y cuándo no”, asevera. Cuando recuerda los intentos de su familia para ayudarlo y hacerlo entrar a porgramas de desintoxicación y rehabilitación se molesta.

 

“Mi familia me llevó ahí porque quieren controlarme. Pagaron 28 mil dórales por un tratamiento de 30 días. Muy lujoso y lo que quieras, pero de los 20 que estábamos ahí, sólo cuatro no nos hemos metido nada en estos 20 días que llevamos afuera”.

 

 

Se filtran las ejecuciones

Jessy Navarro, vocero de la Fiscalía de Distrito de San Diego, acepta la violencia en el lado mexicano ya empezó a cruzar la frontera.

 

En los últimos dos años se registraron una serie de secuestros y asesinatos “al estilo del crimen organizado”. Es un grupo muy violento que se hace llamar Los Palillos, comenta Navarro, un policía de carrera con 35 años de experiencia.

 

La presencia de Los Palillos en la ciudad de Chula Vista puso en alerta a las corporaciones policiacas. Se les relaciona con la comisión de nueve asesinatos y dos de las víctimas fueron encontradas en tambos de ácido.

 

La información proporcionada por la policía de San Diego y la Fiscalía de Distrito señala que este grupo era una célula del cártel de Tijuana.

 

“Hubo problemas internos y se dio la división, por eso hicieron de Chula Vista su centro de operaciones. Aquí identificaron a personas que trabajaban con los Arellano Félix en San Diego y por eso los secuestraban”. Once de sus integrantes fueron detenidos en agosto pasado y cinco se dieron a la fuga.

 

La gran preocupación de Navarro, no son sólo Los Palillos. “Lo que vemos ahora es que así como se filtró este grupo se podrían estar colocando otros, y muy probablemente ya haya otros grupos así de violentos aquí”, añade.

 

Para David Srink, investigador del Instituto Transfronterizo de la Universidad de San Diego, el consumo sin medida, la corrupción policiaca y la violencia registrada en ambos lados de la frontera muestran el fracaso de la guerra contra las drogas.

 

“En estos 40 años falló la estrategia del gobierno federal porque a este enemigo no se le combate con policías y armas, la única forma de enfrentarlo es con ejércitos de sicólogos, médicos, trabajadoras sociales y redes familiares que detengan la cultura de consumo de narcóticos en la sociedad norteamericana”, asegura.

 

Como especialista en temas de seguridad fronteriza, Srink critica los resultados de la política antidrogas estadounidense y el impacto violento que provocó en la gobernanza democrática de México, al generar el engrandecimiento de un mercado negro de venta de drogas que empoderó al crimen organizado y que le ha restado poder al Estado mexicano.

 



Comenta la Nota.
PUBLICIDAD