El fin de semana no ha sido el mismo para muchas familias mexicanas. La emergencia epidemiológica por la pandemia de la influenza humana trastocó costumbres y hábitos de manera radical. Y en muchos casos, también el modo de ganarse la vida, por el impasse en todas las actividades.
Sin iglesias, cines, museos, restaurantes, parques de diversiones o antros en gran parte del país, la mayoría de las familias convivieron en casa, viendo televisión o escuchando música.
En Villahermosa, Tabasco, el profesor de primaria Pedro Reyes aplazó los paseos sabatinos con la familia por la plaza comercial y tomar un helado. En esta ocasión se la pasó en casa y para matar el ocio, dijo que estuvo arreglando desperfectos en su hogar, ubicado en el fraccionamiento Estrellas de Buenavista. Incluso, su hija de 14 años decidió no salir con sus amigas y permanecer frente al televisor revisando con el control remoto los canales de cable o jugando con los videojuegos.
En Tapachula, Chiapas, habitantes del fraccionamiento La Antorcha Viva, como la familia Pérez Vargas, tomaron la determinación de pasarla desde el viernes en casa, al pendiente de las noticias para saber cómo está evolucionando el virus. Por temor al contagio, la señora Yolanda Vargas relató que en esta ocasión sus hijos prefirieron escuchar música de marimba, que ella tanto disfruta.
Misa, por televisión
Las medidas de prevención contra la influenza alcanzaron a las celebraciones religiosas y en lugares como Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, la jerarquía católica decidió que la misa de este domingo en la catedral de San Marcos, será a puerta cerrada, pero se transmitirá por televisión y radio.
Igualmente, en Tijuana, Baja California, el arzobispo Rafael Romo Muñoz confirmó que las misas dominicales se transmitirán por radio y televisión, para evitar concentraciones masivas y el riesgo de contagios.
Los mariachis callaron
La parálisis afectó sobremanera las actividades económicas en varios lugares del país, y hubo casos, como en Tlaquepaque, Jalisco, donde hasta los mariachis callaron por el cierre de centros nocturnos, cantinas y restaurantes. “Entre la influenza, la crisis y la ley seca, nos perdemos en un abismo profundo y negro”, describe Manuel García Rosas, quien en 55 años de músico aseguró que es la más fuerte crisis que le ha tocado vivir.
En días festivos, en El Parián, un músico se puede llevar hasta 500 pesos. Pero ahora, “ni los mariachis locos quieren bailar”, sonríe y agrega: “Con lo que ha ocurrido en estos días, ya no sólo tendremos que olvidarnos de las vacaciones y de comprar ropa, también de salir a comer los camaroncitos, cosa que de vez en cuando hacíamos mi mujer y yo”.
Mientras, Eugenia Hernández Martínez se cansó de rogarle a un comensal de uno de los pocos restaurantes que abrieron, para que le comprara un ramito de gardenias. Con cabello cano y blusa rosa arrugada, cuenta que “no hay gente y de los pocos que están, no compran. Mis ramitos cuestan 25 y 50 pesos, en otras épocas, ya hubiera vendido unos 12 a estas horas”.
Bajó el pasaje
La falta de gente en los centros comerciales y lugares de diversión desespera a Agustín Corona Zamacona, de Cuernavaca, Morelos, y dice que ya está pensando cambiar de oficio, porque como taxista ya no se come. “Desde que anunciaron la influenza, el pasaje bajó hasta 60%”, dijo.
Rafael Rosales, mesero de un establecimiento aledaño al Jardín de Cuernavaca, se queja porque sus ingresos bajaron. “Mi sueldo base es de 60 pesos diarios, pero mis ingresos por propinas son cada vez menos”, señaló.
Antes de que le pregunten, el mesero de El Mesón de Chucho el Roto, en Querétaro, protesta y replica que “es un insulto que pregunten si las propinas bajaron”. (Con información de M.J. Peters, M. López, J. Miranda, R. Barboza, J. Martínez, J.J. Arreola y Ó. Gutiérrez)