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Los Estados

Se amotinan familiares contra autoridades

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Julio Manuel L. Guzmán Corresponsal
El Universal
Martes 21 de octubre de 2008

REYNOSA, Tamps.— El constante ulular de las sirenas policiacas, el ir y venir de los convoyes militares, los disparos y la gran columna de humo con olor a carne quemada, que salía del Centro de Ejecuciones y Sanciones de Reynosa, despertó la madrugada del lunes a miles de familias que radican en la zona sur de la ciudad.

Poco antes de las tres de la mañana, en el interior del inmueble inició un enfrentamiento entre bandas que se disputan el control de la prisión.

Los disturbios enlutaron al menos a 21 familias. Decenas de éstas, apostadas afuera del penal, pedían a gritos que se les informara lo que sucedía y si sus familiares estaban bien. Pero no tuvieron éxito.

La situación se tornó desgarradora. La rabia y la impotencia que invadía a los parientes de los reclusos, provocó un amotinamiento en el exterior del lugar, que se tradujo en agresiones al inmueble, a elementos de la Policía Ministerial y al propio director del penal, identificado como Carlos Hernández Vega, quien estuvo a punto de ser linchado por la turba integrada en su mayoría por mujeres.

Como pudo, y tras amagar con desenfundar su pistola y custodiado por tres agentes federales, el hasta ayer director de la cárcel local se libró del ataque.

Elementos de la Policía Ministerial no corrieron con igual suerte, y fueron víctimas de golpes y pedradas, por lo que tuvieron que apuntar con sus armas largas a las familias de los internos para tratar de calmar los ánimos.

Decenas de madres y esposas de reclusos, gritaban y lloraban de impotencia, en busca de respuestas que nunca obtuvieron. Corrían de un lado para otro, con sus pequeños hijos en brazos; algunas no soportaron el dolor cuando escuchaban a los custodios comentar que en los patios había pilas de cadáveres incinerados.

Entonces caían desmayadas. Nadie les prestaba ayuda. “Hay Diosito, ¿por qué nos castigas de esta forma?”, decía a grito abierto, en medio de un incontenible llanto, una mujer, quien traía a un niño de unos tres años; trastabillaba y en momentos se desvanecía, pero era ayudada por dos compañeras.

La situación se tornó más violenta al momento que cinco carrozas de una funeraria salían del penal. Tras recuperar las fuerzas por la impresión, volvió la arremetida de decenas de manos y pies, piedras, botellas, cualquier objeto que causara daño, contra el portón de la aduana principal. Los cristales del inmueble se hacían añicos.

 
 

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