ZACATECAS, Zac.— Al iniciar su cautiverio pensó que había llegado la hora de su muerte. Fue torturado, pero a la hora de llegar al cuarto del encierro, cuando tropezó con los pies de otras personas, se percató de que no estaba solo. Ahí se respiraba miedo, el terror colectivo.Viajaba en su automóvil cuando fue secuestrado. De inmediato le vendaron los ojos y a partir de ese momento vivió en tinieblas.
En el cuarto, todos se estremecieron, incluso él sintió más temor al pensar que se encontraría con los plagiarios que lo seguirían golpeando.
Las víctimas no tenían permitido cruzar palabra. Al momento que se escuchara algún comentario o plática entre ellos, sabían que la tortura sería para todos. Nadie, ni por error, desacataba la orden.
Los minutos eran horas y los días eran el infierno. Las víctimas morían lentamente ante la incertidumbre que vivían. Pensó que lo matarían cuando nuevamente fue golpeado y lo subieron a un vehículo. Después de media hora de camino, fue abandonado en un lugar poco transitado. Otra vez pensó que hasta ahí llegaría. En realidad, lo liberaron. Pero el trauma no sólo quedó grabado en la víctima, sino toda la familia, que decidió huir del estado. (Irma Mejía)