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Saca provecho en medio de la desgracia
Don José Felipe García montó un pequeño puesto de golosinas y ‘chácharas’ en el albergue de la comunidad El Moralillo, Veracruz

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Édgar Ávila Pérez Corresponsal
El Universal
Miércoles 23 de julio de 2008

PÁNUCO, Ver.— Dice que lleva dos semanas en el albergue y parece que “esto va pa’ largo”. Pero él no se complica la existencia, máxime cuando su casa sigue bajo el agua de los ríos Pánuco y Tamesí.

Pero hasta en las desgracias hay que saber sacar provecho, por eso don José Felipe García decidió montar un pequeño mercado ambulante en el albergue principal de la comunidad de El Moralillo, situada en los límites Veracruz-Tamaulipas.

En medio de la gran galera, este hombre, de 42 años, colocó no uno, sino dos puestos de comida chatarra y “chácharas”.

“Es que yo vivo de esto, vivo de vender estas cosas”, explica don José Felipe. Él es cabeza de una familia de cuatro miembros, que desde hace dos semanas permanece refugiada en uno de los 62 albergues habilitados para cerca de 20 mil afectados por el desbordamiento de ríos, ocasionado por las últimas cinco ondas tropicales.

De todo para el antojo

Este hombre tiene de todo para el antojo. Duvalines, mazapanes, cacahuates japoneses, chicles motita, bocadines, pelón pelo rico, paletas con chile y de mango…. ¡Ahhh!, y no olvidó los imprescindibles chicharrones, pues “son los que más se venden”.

Don José, junto con su esposa y dos hijos, se las ingenió y colocó dos sabanas y dos sillas, donde improvisó el abarrote para ofrecer golosinas a cerca de 300 refugiados que hay en este sitio —suman unos 6 mil en los albergues abiertos en Veracruz.

Para este veracruzano evacuado, la desgracia no está peleada con la belleza femenina, de modo que también oferta “chacharitas para las mujeres”. Se trata de pinzas y listones para el cabello, labiales y corta uñas, éstos últimos los más demandados.

Cuenta que, aparte de su hogar, la inundación le arrebató el triciclo en el que solía salir a vender sus productos.

Y como nadie se lo prohíbe, ahora se convirtió en el primer comerciante informal de los albergues veracruzanos.

Y no le va tan mal. Mínimo se lleva unos 40 pesos diarios, con los que, a su vez, compra leche o licuados para sus hijos.

“Pero hoy son los chicharrones los que salen más, les gustan a la gente”, relata don José y espera que con la llegada de Dolly —ayer por la tarde pasó de tormenta tropical a huracán de categoría 1 de una escala de 5— la clientela aumente, siempre y cuando halla más evacuaciones masivas de veracruzanos.

 
 

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