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Prisioneras de Tijuana, en el destierro familiar

Transgredieron la ley por necesidad, por solidaridad o por amor; están concientes de que cometieron un error por el que deben pagar, pero nunca esperaron que la sociedad les “cargaría” la mano al infligirles un castigo doble por su falta
Prisioneras de Tijuana, en el destierro familiarPrisioneras de Tijuana, en el destierro familiar
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Julieta Martínez
El Universal
Sábado 08 de marzo de 2008

TIJUANA, BC.— Transgredieron la ley por necesidad, por solidaridad o por amor; están concientes de que cometieron un error por el que deben pagar, pero nunca esperaron que la sociedad les “cargaría” la mano al infligirles un castigo doble por su falta.

Son 452 mujeres presas por diversos delitos en la Penitenciaría de La Mesa en Tijuana, quienes en su mayoría permanecen olvidadas de sus familias, algunas porque fueron detenidas en esta frontera y difícilmente pueden recibir visitas, otras porque se convirtieron en una “vergüenza” de aquellos que intentaron ayudar.

“A veces la agarran a una ciega, en sus cinco segundos de desesperación”, explicó Perla Bernardina Soria Rodríguez, presa por transporte de droga desde hace tres años.

Vivió sus 15 años de matrimonio en la incertidumbre constante, sin saber cómo resolvería las necesidades de cada día, así que cuando se acercaba la graduación de su hija, el pago de renta y otras urgencias, aceptó transportar una carga que aunque sabía ilícita, esperaba a cambio recibir dinero que nunca vio porque fue detenida en el aeropuerto de Tijuana.

“No sabía que venía al matadero, pero ahora doy gracias a Dios de que lo que yo traía nunca le llegó a la gente, a envenenar niñas”, explicó al relatar su experiencia en la cárcel, donde ha podido observar el estrago de las drogas en las jovencitas que llegan cada día al penal.

Traía heroína y ella cree que sólo fue un “gancho” para que la carga importante pasara sin problemas la aduana, pues cuando llegó al aeropuerto de esta ciudad fronteriza fue detenida de inmediato, “como si estuvieran esperándome”.

Originaria del Distrito Federal, de 48 años, Perla no informó a su esposo de lo que pensaba hacer porque estaba resuelta a solucionar los problemas que la habían cansado, sin embargo, él decidió separarse a los siete meses de la detención, aunque los hijos permanecen bajo custodia de la abuela paterna.

En el tiempo que ella lleva detenida en este centro de reclusión no ha recibido una sola visita y vive cada día conciente de que falta “uno menos” para cumplir la sentencia de 13 años.

Se me olvida que estoy aquí

La historia de Rosa María Rángel Zarco, del estado de Guerrero, también refleja el dolor y desesperación, rezagos sociales y un amor inmenso de madre.

Sin justificar su acción, la mujer ha pasado siete de sus 63 años en el Centro de Readaptación Social y aunque se arrepiente de haber aceptado transportar cocaína a esta frontera, asegura que no tenía otra opción para pagar la cirugía que su hijo menor necesitaba, pues su familia de escasos recursos muy poco podía ayudarla.

Una mujer supo de su desesperación mientras hacía antesala en una clínica y le ofreció “ayuda”. Le aseguró que si llevaba una “carga” a Tijuana, pagaría los gastos de la operación y hospitalización.

Rosa María no lo pensó mucho y aceptó, pero perdió su libertad. Sin embargo asegura que su contratante “se portó bien” porque cumplió su promesa y liquidó el hospital donde su hijo fue atendido. “Gracias a Dios que estoy aquí porque mi hijo vive”, afirma.

Ahora aprovecha la mayor parte de las horas de cada día bordando servilletas y manteles que vende entre otras reclusas y a veces entre algunos visitantes del centro, así que asegura que en ocasiones olvida que está encerrada y lo único que extraña es a sus tres hijos que no han podido visitarla por falta de recursos.

Ingratitud

María Jesús Esquer purga una sentencia de cinco años por posesión de drogas, aunque ella nunca ha consumido, vendido o comprado esas sustancias, y estaba de visita en la casa donde fue detenida. Un operativo sorpresa de la policía a la casa de su madre cambió para siempre su vida. Los agentes policiacos llegaron para buscar droga. Ella sabía de la adicción de su hermano y que efectivamente había metanfetaminas en el hogar, así que decidió entregarlas, pero no aclaró a quién pertenecían.

En los dos años y medio de su reclusión sólo ha recibido visitas de su madre porque ni sus propios hijos ni su hermano se han acercado al reclusorio.

El director de la Penitenciaría de La Mesa en Tijuana, Francisco Jiménez, admitió que la mujer que comete un delito sufre un doble castigo, al ser abandonada la mayoría de las veces por su familia, además de la estigmatización de por vida.

Los días de visita son muy reveladores, pues la mayoría son mujeres que van a ver a sus esposos, concubinos o novios, hermanos, hijos, padres u otros parientes, y son contados los hombres que las visitan a ellas.

De acuerdo con el funcionario, en el penal hay 452 mujeres y cada semana ingresan unas cinco o seis, por cuatro o cinco egresos en ese mismo periodo. La mayoría de las reclusas, más de 70%, tienen entre 18 y 36 años, y casi el mismo porcentaje no está casada; 80% tiene hijos.



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