sergio.jimenez@eluniversal.com.mxOSTUACÁN, Chis.— En la cima del deslave en Juan de Grijalva ondea una bandera nacional. Con un par de palos, clavos y trozos de alambre, los trabajadores que desbloquearon el río la colocaron al término de la obra como muestra del triunfo del humano sobre la naturaleza.
Debajo de la enorme masa de rocas y lodo que sepultaron a la comunidad evangelista Juan de Grijalva, borrada del mapa el 4 de noviembre, aún yacen los cuerpos de seis de sus habitantes que aún no han sido encontrados.
El río dejó su color verde pastoso de agua estancada, para convertirse color ocre con la corriente que ya ha comenzado a circular por el canal que se abrió el martes pasado y que desde las alturas se ve mínimo en comparación con el ancho afluente.
Recargados en las llantas de los camiones mineros, debajo de las máquinas o sentados en las palas mecánicas, descansan decenas de trabajadores que le abrieron paso al agua. Con sus cascos a un lado y en mangas de camisa se protegen del sol y ven pasar el convoy de seis camiones Unimog, que transporta a la comitiva presidencial que recorre los 800 metros del canal.
“Voy a faltar, no me presentó ni el lunes ni martes, así me agarro todo el fin de semana”, les confiesa un hombre fornido, bigotón y con playera de tirantes a sus compañeros, para después lanzar una carcajada que refleja la felicidad de poder regresar a su casa, después de más de 40 días de trabajo continuo.
El presidente Felipe Calderón abordó con los gobernadores Juan Sabines, de Chiapas y Andrés Granier, de Tabasco, los camiones Unimog, especiales para la montaña, de doble tracción y con potente máquina para bajar a casi 40 metros de altura y recorrer la obra.
La hilera de camiones avanza muy lento en el circuito que se construyó ex profeso en la ladera del canal, camino en el que apenas caben las unidades y que se espera desaparezca cuando la creciente del agua lo cubra y el río vaya recuperando el espacio que el alud le quitó.
Mientras, dos kilómetros arriba otro grupo de trabajadores se refresca bajo la sombra, junto a una de las tiendas de abarrotes que se salvó se ser arrasada por el deslave. Francisco José López Díaz, de 21 años, atiende el negocio y desde hace mes y medio su vida cambió, no por la llegada de la maquinaria y los cientos de trabajadores, sino porque ahí el alud de tierra le arrebató a nueve parientes, entre ellos su tío Porfirio Díaz, un conocido anciano de la comunidad evangélica.