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Esperan horas por una raquítica despensa

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Cinthya Sánchez
El Universal
Jueves 15 de noviembre de 2007

VILLAHERMOSA, Tab.— La gente se ha formado hasta por 20 horas para conseguir una despensa. Las hay en cajita de la Cruz Roja, en bolsas de plástico negras, transparentes o azules. Vienen de todo el país. Las transportan en tráileres de Sinaloa, Yucatán, Jalisco, Veracruz... Llegan tantas que no es extraño ver a los choferes preguntar por las calles a elementos del Ejército a dónde llevan la carga. No hay un registro de las toneladas que entran al estado ni tampoco un conteo de lo repartido. No se concentran en un solo lugar, ni hay coordinadores que supervisen lo recaudado. Es un caos, y encontrar a un responsable es difícil, cuando quienes las controlan sólo se dedican a llenar cajas.

Los voluntarios sólo meten comida y agua en cada despensa. “Lo que hay y ya. El chiste es que vaya medio llena, no nos ponemos a ver si lo que le ponemos es nutritivo o no, se les echa lo que tenemos, eso sí, todas llevan lo mismo”, dice Leyva, voluntaria de la Quinta Grijalva. Ante sí tiene una mesa con latas de chiles, atún, arroz, frijoles, sopas instantáneas, aceite, leche en polvo, papel de baño y hasta unos deeps de dulce de Dominos Pizza; con todo esto llena sus bolsitas negras.

Según se estima, debe alcanzar para cuatro días y cuatro personas. Pero haciendo cuentas, será suficiente sólo si el primer día comparten las dos sopas instantáneas entre cuatro, el segundo día abren las latas de atún y las combinan con chiles y el resto del tiempo ponen a cocer los frijoles y el arroz.

“Lo que alcance es bueno”

Aun así, Marcela está formada y viene desde Mascupana. Ignora aún qué le darán, pero “sin trabajo y sin casa lo que alcance es bueno”, dice, mientras se tapa el sol con una caja de cartón.

De alimentación balanceada no se habla en los centros de reparto de despensa. Nadie se ha preguntado si las despensas cumplen con las proteínas, grasas y carbohidratos necesarios. Los damnificados lo que quieren es comer. Aunque estén hartos del mismo saborcito. “Ya me siento garza con tanto atún y sardina”, dice don Alonso.

Algunos le varían y comen atún en tortillas, pues Maseca ha puesto una tortillería ambulante en pleno jardín y reparte kilos y kilos entre quienes hacen fila. Ésta no es tan larga, además el tiempo pasa rápido porque a lado están las “estrellas” que nadie reconoce de Televisa. “Uy y ésos quiénes son”, dicen Lucía y Magda. Sólo con los luchadores la gente se toma fotos y aparta su lugar en la fila de las tortillas o la de las despensas.

Los cuatro puntos más grandes donde se abastece de comida a la gente son:

Ciudad Deportiva, que a la par operaba como helipuerto para los helicópteros que llegaban a brindar apoyos; ahí se agotó la ayuda y también los voluntarios que la lleven. El aeropuerto, donde elementos de la Marina llenan las cajas pero tardan hasta dos horas en proveer de despensas a los helicópteros que quedan aquí con el fin de transportar comida y agua a comunidades aisladas.

La Quinta Grijalva, residencia oficial del gobernador, donde la fila bajó a cuatro horas de espera y donde por lo menos 100 personas trabajan 24 horas en el llenado de bolsas para entregárselas a quienes estén formados. El último lugar es el campamento del Distrito Federal, en el estacionamiento de una plaza comercial, que hasta ayer llevaba la ayuda a donde se le ocurre.

El boom de los víveres ha pasado en Villahermosa. La gente ahora quiere cal y pinol, después un refrigerador y una televisión, antes que cualquier otro mueble; quiere recuperar sus trabajos y sepultar la basura que los inunda, para comenzar de nuevo.



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