cinthya.sanchez@eluniversal.com.mxJUAN DE GRIJALVA, Chis.— Fueron el cuatro y cinco en la libreta de los oficiales de la Marina. Sus cuerpos salieron a flote a las 12 del día. Ella, Guadalupe Juárez. Él, Porfirio Díaz, el agente municipal electo para 2008 en esta localidad. Estaban hinchados, con las manos llenas de tierra. Guadalupe traía sus zapatos negros y una falda blanca. Porfirio tenía sangre en las uñas. Quedaron juntos en un pedacito de tierra en la orilla del Grijalva. Fueron cubiertos con ramas de árboles por falta de bolsas o sábanas.
Hasta la orilla del río llegaron sus familiares a reconocerlos. Ahí estaba Wilson Hernández, nieto de Guadalupe. “Sí, es mi abuela”, reconoció. “Falta mi tía, mi tío, mi prima y mi cuñado”. Junto con Wilson, de la montaña bajaron una decena de personas a reconocer a sus muertos. Para ellos, los desaparecidos son muertos. Sólo quieren que se les entregue el cuerpo y darles sepultura.
Esperan a que el rescate avance, para poder llevarse a su muertito a tierra firme. Lo hacen encima de lo que fueron sus casas; ahí, todavía reposan una plancha, unas naranjas, un pantaloncito de niño, varias camisas a cuadros, postes de luz partidos a la mitad, el piso de una iglesia, maderas, láminas y piedras. En el agua, además de basura, sobresale un refrigerador blanco, de ésos donde se guarda el hielo.
Los comuneros sobrevivientes se paran en el pedazo donde estaba su casa y enseñan a los medios de comunicación sus espacios. “Aquí estaba mi cama”. “Acá dormían los niños”, aunque para quien no conoció Juan de Grijalva antes de que fuera sepultado, es difícil darse una idea de que una comunidad existía ahí.
Recorren el terreno como buscando algo, una respuesta.
“Ahí donde está el agua era mi casa”, dice Wilson. “Estaba nuevecita. La terminé hace tres meses. Vivía con mi esposa”. Todas las noches Wilson atravesaba el río en lancha para llevar a su mujer con el resto de sus familiares.
“Le daba miedo la noche y por eso no la dejaba solita, y qué bueno, porque si no, ahorita estaría muerta como toda mi familia.”
La historia de Wilson se repite 28 veces más. Las señoras cuentan que cuando ocurrió el derrumbe venían de la iglesia. “Caminábamos mis cinco hijos y yo, cuando corrimos sin saber qué pasaba, los niños de las vecinas gritaban de miedo”. Los gritos, fue lo último que escuchó Irma.