cinthya.sanchez@eluniversal.com.mxNACAJUCA, Tab.— Todos los caminos llevan agua. En las rancherías apenas si se asoman las tejas de algunas casas, en pedacitos de tierra convertidos en isla sigue el ganado. Los damnificados están por todas partes, a la orilla de la carretera, en pedazos de tierra, en canoas, adentro de los corrales con el agua a las rodillas o encima de puentes que adaptaron de vivienda. Levantan los brazos cada vez que ven que un helicóptero se sigue de filo sin detenerse, y es que pocos se arriesgan a bajar donde no hay tierra para pisar.
Los olvidados en las carreteras quitan alambres de luz, abren espacios, hacen esfuerzos por crear sus helipuertos, ponen la letra H con costales blancos, aunque en espacios de tres por cinco metros es imposible. “¡Aquí!, ¡aquí!, señalan con desesperación a los capitanes de vuelo”, aunque pocos se arriesgan a bajar.
La única forma de quitarles el hambre es aventándoles las despensas desde el aire. Ahí empieza la pelea. Ahí se desconocen y se arrebatan las bolsas de la Cruz Roja hasta entre familiares. Miran hacia el cielo y aunque el aire de los helicópteros levante agua y tierra, ellos arrugan la cara, aprietan los dientes y nadan para cachar la bolsa.
Si el helicóptero vuela bajo y no abre la puerta para aventar comida, la gente le pierde el miedo a las aspas y se acerca para aferrarse a un bocado. Es peligroso, pero la necesidad y la desesperación por alcanzar despensa les impide pensarlo. Piden pañales, médicos, pomadas, agua, mucha agua.
Primeros apoyos
En lagunas e islas son 100, en otras 10 y en otras miles como en Isla Guadalupe, que ayer recibió su primera visita con despensas. Las peticiones son básicas: agua y médicos. Llevan ocho días cumplidos sin alimento. Han hervido el agua del río, han matado animales para comérselos y organizado caravanas de voluntarios que en canoa pretenden llegar a Villahermosa para traer ayuda aunque eso les lleve seis o siete horas.
Hay niños, mujeres embarazadas, viejos, jóvenes, hombres fuertes. Todos con una misión que dura todo el día: mover los brazos con la mirada hacia el cielo y clamar ayuda. Donde hay espacio para aterrizar, el reparto de despensas es un caos. La gente se forma dos veces, las mujeres pelean unas con otras, los hombres se meten a la fuerza a la fila y los niños rodean a los helicópteros para pedir agua y leche, o “lo que sea”, dicen.
Faltan voluntarios
El aeropuerto y la Ciudad Deportiva, que son los helipuertos, están llenos de comida y de agua, lo que no hay es quien la lleve, quien se arriesgue a maniobrar desde el aire sin aterrizar. Lo hacen los capitanes de algunos gobiernos, como Juan García, de Protección Civil del estado de Puebla, también la SSP del DF, la Cruz Roja y algunos más.
En el aeropuerto hay aeronaves de todo tipo desde pequeñitos de dos plazas hasta verdaderos gigantes aéreos como los de la Marina o la Policía Federal Preventiva, aunque estos últimos no se mueven si no les comunican a sus jefes que lo harán.