cinthya.sanchez@eluniversal.com.mxNACAJUCA, Tab.— La piel de sus deditos está agrietada. La planta de su pequeño pie tiene llagas. Todo su cuerpo está enronchado. Su madre cree que es la consecuencia de hervir el agua del río y dársela de beber a Daniela, de dos años de edad.
No es la única, parece una epidemia que comenzó con los niños. Todos presentan ronchas y hongos en la piel. Algunos tienen calentura y los ojos llorosos. Son a los primeros que les destapan las botellas de agua.
Las mamás se acercan con los niños en brazos y piden a los que reparten las despensas que si quieren no les den nada, pero que no las dejen sin leche y agua. Le hacen prometer a los capitanes de los helicópteros que volverán con un médico.
No quieren llevar a sus hijos a Villahermosa para que los revisen. Quieren un médico y medicinas.
“Ya van dos niños que se nos desmayan”, dicen sus madres postizas, porque los papás de dos de los niños enfermos están desaparecidos. Uno, apenas tiene un año y está a cargo de una anciana que dice que la mamá del bebé salió por comida cuando se vino la inundación.
Otro lo tiene una mujer que alimenta a cinco niños más. Todos tienen diarrea y temperatura. En los ocho días que llevan viviendo aislados por el agua, nadie los ha visitado y menos un médico porque la mayoría se concentra en Villahermosa.
Las madres son confiadas y creen firmemente que la micosis en la piel de los niños se les quitará apenas les den leche, agua y les unten pomadas. “No se mueren, sólo necesitamos darles de comer”, dicen aferradas cuando se les invita a llevar a los niños por aire a algún albergue con servicio médico.
Las más desesperadas lo dudan por segundos, pero después deciden que prefieren aguantar a que de los helicópteros baje alguien con bata blanca antes de subirse a uno de ellos. “Me da miedo”, “mejor espero aquí”, “el bebé no se muere, sólo necesito leche y agua”.
En las rancherías ya flotan animales. Huele a carne podrida y los moscos se pegan a la piel. Los damnificados andan descalzos y con los niños en brazos. Tienen hongos en las uñas y dicen que mucha tos.
Todo lo que se llevan a la boca tiene contacto con el agua, desde las manos, hasta los alimentos. Están débiles por no comer y cansados de pedir ayuda, de brincar cada vez que ven que un helicóptero se acerca y de esperar bajo el sol y con sed.
Han comido animales putrefactos, han hervido el agua del río para beberla, se han bañado en las aguas estancadas y negras. Han corrido por lo inundado para pelear por la comida que les arrojan desde el aire. Han implementado casas de hule. Han pasado horas bajo el sol y soportado la lluvia.
En los cuerpos se les nota. Tienen ronchas, piel agrietada y rostros de hambre.