CÁRDENAS, Tab.— Hastiada de la escasez de agua y del peregrinar en las calles en busca de cajeros con servicio, así como el de verse obligada a realizar fila para comprar gas y víveres, y ante la carencia del servicio de recolección de basura, doña Ximena Cano le exigió a su marido que la mandara con sus familiares mientras se normaliza la vida de esta capital.
“Es imposible vivir así”, se queja la señora mientras espera en la fila para comprar los boletos de autobús para ella y sus dos hijos. Para ello tuvo que viajar a esta ciudad desde Villahermosa, a 45 kilómetros al sur, pues la central camionera de la capital tabasqueña fue cerrada por la inundación.
Con domicilio en el fraccionamiento Usumacinta, que quedó a salvo de las corrientes desbordadas del río Grijalva, también dice que es imposible tener todos los días encerrados a sus hijos, mientras no hay clases. No soportó tampoco que durante el día y más en la noche, toda la ciudad se encuentre sin actividad.
Además, sin cafés, ni restaurantes, ni cines, “es desquiciante”, expresa al comentar que ni ella ni sus hijos pueden aguantar que ninguna de las plazas comerciales de esta ciudad proporcionen servicio.
Le aterra que por las noches el centro de la ciudad, inundada y sin alumbrado público, parezca una “boca de lobo”. Mientras el resto de la ciudad, vacía, parece fantasmal. Los puntos que registran actividad son sólo los albergues, pero “da tristeza ver a tanta gente damnificada”.
Doña Ximena dice además que mejor se van para no correr peligro de contraer enfermedades producto de la anegación de aguas en las calles, pues considera que serán foco de infección.