cinthya.sanchez@eluniversal.com.mxVILLAHERMOSA, Tab.— Los buitres están al pendiente. Sobrevuelan el Grijalva y las colonias inundadas en busca de alimento. El menú es vasto, desde ratas hasta perros, caballos y reses que flotan en el agua estancada. Todo lo sepultado ha pasado más de 72 horas bajo el agua, así que lo muerto se hincha y sale a flote. Hay una amenaza latente: el cólera, enfermedad que no se ve en México desde hace seis años.
Aunque la principal preocupación de rescatistas, médicos, autoridades de gobierno y tabasqueños es comer y beber. Todo Tabasco trabaja para esas dos cosas. Por el aire: helicópteros; por tierra, camiones de remolque y tráileres; por agua, cayucos, lanchas y motos acuáticas. Las enfermedades y el control de ellas no es la mayor prioridad en un estado donde no se consigue comida y donde el dinero no importa porque ni los cajeros automáticos lo tienen y si lo tuvieran tampoco interesaría porque no hay nada que comprar.
El riesgo es evidente. Los damnificados llevan días sin bañarse, tanto los que están en tierra como los que viven mojados. La ropa que llevan puesta se mantiene enlodada.
Hay cuatro tipos de damnificados, los que más ayuda necesitan están en municipios alejados, llevan días sin comer ni beber agua. Los damnificados de techo, sí, los que viven en las azoteas de sus casas o en segundo piso y que no pueden salir más que caminando con el agua al pecho o en lancha. Los albergados son los más privilegiados, por lo menos les dan comida, agua y techo, aunque duermen acalorados por el número de compañeros de sueño que tienen y pelean su lugar en todas partes, lo mismo en los refugios que en la fila de repartición de despensas. Los otros, son los de la calle, quienes no tienen a donde ir y se encuentran con letreros desesperanzadores que dicen “ya no hay cupo”.
Quienes no reciben ayuda en los municipios del interior no tienen cómo salir más que en helicóptero; quienes duermen en los segundos pisos no se van porque temen la rapiña y que les quiten los últimos objetos y muebles que les quedan e improvisan anzuelos para pescar; los que tienen albergue en iglesias reciben del sacerdote terapia sicológica a cambio de misa. Y los de la calle hacen filas hasta por cinco horas para huir a Veracruz.
El agua estancada ha bajado por lo menos 30 centímetros y quienes deambulan fuera de casa sólo quieren conseguir una lancha donde puedan sacar sus refrigeradores, estufas, y colchones. “Lo que sea, antes de que se echen a perder”, dicen.
Para calmar la preocupación de quienes se paran en los embarcaderos y se preguntan cómo estará su casa, la Policía Federal Preventiva hace rondines para evitar rapiña.
Los pronósticos dicen que el agua bajará en por lo menos 15 días en su totalidad. Así que los próximos días aparecerán los primeros reportes de una lista de enfermedades que se dan cuando no hay agua potable y existen calles y calles en aguas negras.