sergio.jimenez@eluniversal.com.mxVILLAHERMOSA, Tab.— “¡Vénganse a jalar!, ¡vente o mando por ti!... ¡Vienen o mando por ustedes!”, gritó a los mirones el presidente Felipe Calderón, quien, al igual que el gobernador Andrés Granier resumieron en unas frases la desesperación y la preocupación que les contagiaron los miles de damnificados por las inundaciones de los últimos días en la entidad.
Habilitado con una pala y botas de hule, Calderón se bajó del convoy en el que recorrió el malecón de la avenida Carlos A. Madrazo y se unió a quienes, desesperados, llenaban costales con arena para contener el río Grijalva que cruza la ciudad y que, de no ser por los fardos improvisados, ya hubiera inundado lo que queda de la capital.
Ahí, sobre un montón de arena volcado en plena avenida, el mandatario pidió, urgió, a la ayuda de los tabasqueños mientras que al gobernador lo traiciona el llanto que le quiebra la voz y sólo alcanza a decir: “¡No nos vamos a rendir... los tabasqueños hemos salido de peores y yo he contado con el apoyo de todos; no nos vamos a rendir... sí podemos!”, al tiempo que se le corta el habla a punto del llanto.
Mientras tanto, a unos metros, el río se levanta ya por un metro o más encima del nivel de la avenida principal, amenazante... haciendo agua por los huecos que quedan entre los costales de arena.
El mandatario extendió su gira por el sureste para visitar Tabasco y hacer una evaluación de los daños. La tragedia se condensa en un sola frase pronunciada por Granier: “El estado está devastado”.
Minutos antes, en un sobrevuelo de helicóptero por la capital se aprecia la tragedia. Miles de casas perdidas en el agua, autos cubiertos hasta el techo, tráileres varados en los puentes, que a su vez están cubiertos por la corriente del río e incluso, decenas de cabezas de ganado caminan por la autopista, en busca de tierra seca.
En las azoteas de las construcciones, aún quedan familias enteras aisladas. Desde el aire se aprecian las pertenencias que lograron sacar y que exhiben en los techos de sus hogares, desde donde hacen señas sus moradores.
El río alcanzó todo lo que estuvo a su paso y lo cubrió con agua negruzca. Igual suerte corrieron residencias con alberca o chozas que desaparecieron bajo el agua.
Al recorrer el malecón, Calderón ayuda a las mujeres que en su mayoría llenan costales de arena. Ellas exigen manos para ayudar mientras decenas de habitantes, cientos, observan y fotografían desde los puentes al mandatario y a quienes llenan costales... Eso desquicia a Calderón quien, molesto, casi iracundo, los ve y les grita: “¡A usted amigo de los codos, véngase pa’acá!, ¡chamaco, órale, vente o mando por ti!, ¡tú chamaco, el del short azul vente, órale...!”.
De inmediato ordena al Estado Mayor Presidencial que los traiga a trabajar; sin embargo, la gente se rehusa. Otros, de plano, caminan, deambulan sin verse preocupados, pasean por el malecón a punto de verter sus aguas e inundar totalmente la capital.