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La guerra de la Guelaguetza

La guerra de la GuelaguetzaLa guerra de la Guelaguetza
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Juan Veledíaz
El Universal
Martes 17 de julio de 2007

OAXACA, Oax.— Eran como las 11 de la mañana cuando una columna de poco más de 4 mil personas alertó a los cuerpos antimotines que resguardaban las inmediaciones del Cerro del Fortín, sitio emblemático en esta ciudad donde cada mes de julio se realiza en el auditorio ahí construido las festividades de los Lunes del Cerro o la Guelaguetza, fiesta tradicional oaxaqueña.

Cuando la vanguardia de la columna compuesta por integrantes del magisterio y simpatizantes de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) subía por la avenida Héroes de Chapultepec, a la altura del hotel Fortín Plaza, comenzaron a caer desde la terraza del lugar y otros sitios aledaños petardos y granadas que motivaron a un grupo de jóvenes a colocar un par de autobuses de transporte público y atravesados a manera de barricada prenderles fuego. Parecía como si estuvieran preparados, como si supieran lo que iba a ocurrir

Este lunes amaneció nublado el cielo de Oaxaca y pronto comenzó a distinguirse desde el centro de la ciudad cómo por el rumbo norte se elevaba una gruesa columna de humo negro.

“Ya empezaron otra vez estos cabrones”, decía un policía de tránsito a los automovilistas cuando le preguntaban el porqué del cierre de la avenida donde había retenes que desviaban vehículos. Más adelante, cerca del hotel, los gritos no pararon mientras buena parte de los manifestantes, mujeres, jóvenes y alguno que otro turista se retiraba a toda prisa del sitio del choque.

Ayer la asamblea de la APPO decidió a temprana hora que siempre sí irían al cerro para realizar lo que llaman “Guelaguetza popular”, anunciada desde semanas atrás como alternativa a la “Guelaguetza comercial”, que organiza el gobierno del estado los dos últimos lunes del mes de julio.

Los esperaban

“El pueblo tomó la decisión y aquí estamos, somos pacíficos ‘compa’ pero estos cabrones comenzaron a agredirnos. Nuestro programa era pacífico, queríamos dialogar pero ni siquiera nos dejaron acercar”, dice mientras recupera el aliento Marcelino Coache, uno de los voceros de la organización.

Este hombre moreno, de apariencia frágil por su delgadez y estatura, luce bigote y tiene la cara colorada por el efecto de los gases lanzados por los antimotines que desde el sábado fueron desplegados para resguardar los accesos al cerro a la espera de que se presentaran los de la APPO. No termina de dar su versión porque de repente se escucha una nueva detonación y todos a correr. “No volteen compañeros, no den la espalda, hay que desplegarse, tenemos que rodearlos, tenemos que rodearlos”, grita Marcelino.

El gas pica los ojos y hace que la cara arda como si miles de alfileres pasados por fuego se clavaran en la piel. El humo huele como a canela mezclada con algún químico y quema los párpados.

Entre gritos y empujones hay varios jóvenes que rompen la pequeña barda del camellón para que los pedazos de concreto sirvan de proyectiles y lanzarlos contra la policía.

A unos metros de los agentes ataviados con cascos, macanas y escudos avanza un camión sin frenos ni chofer que se impacta contra los cristales de un negocio de pisos llamado Zetuna. Hay por ahí un par de motocicletas tiradas en el asfalto que arden en llamas.

Hay fuego en la entrada del hotel. Un activista dice que se les quema el techo de su restaurante que da hacia la avenida y está construido con carrizo. Muy cerca otro camión arde y por ahí se escucha que del otro lado de la avenida, como quien viene del DF a la ciudad, los policías han detenido a varios integrantes de la APPO, algunos de ellos descalabrados y con huellas de sangre en el rostro.

Un golpe seco se escucha de nuevo y comienzan a caer más gases. Se observa que la columna de policías viene en formación con ánimo de chocar. La carrera toma desprevenidos a varios y los gritos de que nadie dé la espalda acompañan el lanzamiento de las granadas de regreso a quienes las dispararon.

Frente a un negocio de llantas, los trabajadores cierran los accesos y lanzan piedras a los manifestantes; la respuesta llega de igual forma y alguno que otro se acerca para golpear con palos las rejas amarillas del establecimiento las cuales son arrancadas para ponerlas como valla en medio de la calle.

Repliegue a la Plaza de la Danza

Han pasado más de dos horas y la columna ha disminuido pues cada vez son más lo que se alejan, como si se replegaran, algunos dicen que es hora de ir a la Plaza de la Danza, donde originalmente acordaron realizar la “Guelaguetza popular” y donde al final será escenificada.

De repente aparecen por la avenida que sube al cerro dos camiones del Ejército para transporte de tropas, no traen más que una guardia con centinela pero al ver la columna dispersa los soldados que conducen deciden girar por donde venían y salir del lugar. Era como un aviso.

Por radio se escucha que hay siete activistas detenidos y ocho agentes heridos.

Las imágenes de la refriega son un recordatorio de que el conflicto no ha terminado, sólo entró en un receso, y de que los activistas no han abandonado sus exigencias de que el gobernador Ulises Ruiz deje su cargo.



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