OAXACA, Oax.— La imagen era aterradora. Media docena de hombres permanecían de rodillas, con las manos al suelo, mientras los policías les vendan los ojos. Todos los detenidos mostraban signos de golpes, principalmente en la cabeza.
La sangre mancha sus camisas, playeras o dorsos desnudados a jaloneos, los labios desflorados en sangre, las escleróticas irritadas por el gas lacrimógeno, la razón extraviada. Como si esperaran algo aún peor, su posición era de indefensión total. Se les trata como enemigos. A gritos se les humilla hasta el extremo, se les despersonaliza, se les ofende en la dignidad para mostrar quién es quien tiene el poder ahora, la fuerza, quién manda pues.
A los ojos de la prensa, se les exhibe como animales para justificar el discurso oficial: ellos son unos provocadores, malvivientes, “jodidos”, que destruyen a Oaxaca, pero aquí está la policía para imponer orden, para acabar con las lacras sociales, para proteger a los buenos ciudadanos, los que quieren el progreso.
Los uniformados saben que más que los golpes físicos, son las embestidas a la dignidad humana las que dejan una huella perenne, las que harán pensar dos veces las cosas cuando se intente otra vez cuestionar a los poderosos, alzar la voz para expresar la inconformidad.
Por eso los uniformados se afana en su tarea. No hablan, gritan, vociferan, ordenan... No conminan, golpean. No conducen a los detenidos a las patrullas, los arrastran, los botan a las bateas como piltrafas. Los golpean no porque los provoquen, sino para demostrar que ellos tienen poder sobre su destino.
Constantino busca a su hijo
Entre esos cuerpos doblados a la mitad, dolidos más en el alma que en el cuerpo, Constantino García busca afanosamente a su joven hijo, Sergio Yahir, que fue detenido en las escaleras de El Fortín, cuando acudía a presenciar la Guelaguetza Popular.
Sin saber qué hacer o a dónde ir, el afligido padre recuerda que fue a él a quien intentaron llevarse los policías preventivos, pero la debilidad física del muchacho de 17 años lo convirtió en la presa.
“A mí me iban a agarrar, me tiraron piedrazos, aunque pude escabullirme antes de que me atraparan, pero se llevaron a mi muchacho..., los golpearon y se lo llevaron para arriba (al auditorio)”, agrega sin atreverse a pensar sobre lo que puede sucederle a su hijos en manos de los cuerpos policiacos.
Mientras tanto las fuerzas del orden cumplen su trabajo.
El comienzo
Poco después de las 11:00 horas, la provocación de los cuerpos policiacos a los manifestantes es evidente. Con una pequeña cámara de video, un sujeto de baja estatura, complexión gruesa, tez morena y cabello corto, “ficha” a las personas que a gritos exigen que el coordinador de Seguridad Pública Municipal, Aristeo López Martínez, les entregue la respuesta a su petición de replegar a los policías para que ingresen al auditorio de la Guelaguetza.
“¡Díganle a ese cabrón que no nos filme!”, “¡que deje de tomarnos las caras!”, gritan los hombres y mujeres que se mantienen en la primera línea, frente a frente con los uniformados, en la carretera al Fortín, frente a un hotel del mismo nombre, en espera de que la policía abra un espacio para que ingresen las delegaciones regionales y los miles de asistentes a la denominada Guelaguetza Popular.
“Que apague su cámara o vamos por él”, advierten. En tanto, su objetivo se pasea entre la primera y segunda barrera policial retadoramente, seguro del resguardo de toletes y escudos de plástico.
De pronto, la multitud empuja con fuerza a la vanguardia que intenta contenerla, pero todo es en vano.
El choque de los cuerpos de los manifestantes con los escudos de plástico provoca la primera andanada de macanazos, el intercambio de pedradas y, por último, las primeras granadas de gas lacrimógeno que dispersa, sólo momentáneamente, a la multitud.
La refriega había comenzado de nuevo en Oaxaca.