TIJUANA, BC.— Alejandro Cisneros tuvo que caminar más de 19 horas para conocer los peligros de cruzar sin documentos a Estados Unidos. El cansancio lo obligó a separarse del grupo de migrantes que seguía una de las rutas más concurridas en Tecate, y regresar a una ciudad que no conocía.Gracias a que la temperatura fue benigna, sólo padeció frío durante la noche. Recorrió parajes desconocidos pero no ascendió a las montañas de ese municipio, donde hace unos años ocurrían siete de cada 10 muertes de migrantes.
Por las noticias, Alejandro se había enterado de que miles de personas han muerto en su trayecto a Estados Unidos. Supo que las tragedias ocurrieron en el desierto de Sonora, con temperaturas de más de 50 grados centígrados en tiempo de calor, o muchos grados bajo cero en invierno.
Se informó de las condiciones de Baja California y eligió esta ruta para llegar a EU; empero, tuvo temor de sucumbir durante la larga caminata.
Encuentra huesos
Encontrarse con “un montón de huesos” que le parecieron de humano le hicieron imaginarse en situación de riesgo. Evitó verlos y pensar que ésa podría ser su suerte.
Luego notificó el hallazgo a elementos del Grupo Beta que lo auxiliaron. Éstos concluyeron que la osamenta se encontraba en EU, pues fue vista antes del regreso de Cisneros.
El guía que contrató en la central camionera de Tecate, aseguró a Alejandro que el recorrido a EU duraba cuatro horas, mucho más de los 10 minutos que caminó hace tres años cuando trabajó en ese país.
Se separó del grupo de siete personas que viajaban con él cuando el guía les “confesó” que faltaban otras 40 horas para llegar a su destino: “El que sienta que no puede aguantar, que se regrese de una vez. Yo le digo por dónde”, les advirtió el hombre.
Él fue el único que volvió. El guía le recomendó seguir un camino y entregarse a la Patrulla Fronteriza si se sentía muy cansado.
El hambre, sed y cansancio en aumento y el “montón de huesos grandes, como de gente”, le alertaron del riesgo que corría. No podía quedarse en el paraje donde sólo escuchaba el viento y algunos animales; ni sueño sentía, pese a no dormir toda una noche.
La alegría iluminó su rostro cuando vio a lo lejos una camioneta color naranja. El alivio llegó a su cuerpo cuando elementos del Grupo Beta de Protección al Migrante lo invitaron a subir al vehículo y le ofrecieron agua y comida. Tomó un poco de líquido y descansó.
Hoy analiza si regresa a su natal Uruapan, Michoacán, o cruzará de nuevo. No es lo mismo que hace tres años, pues hay más vigilancia. ”El peligro está en todas partes, no sólo en el desierto de Sonora”, afirma para advertir que “no vale la pena exponerse a morir por traer un poco más de 200 pesos en la bolsa” que le da su trabajo en la albañilería.
“Hasta podría estudiar”, afirmó con una sonrisa, tras dormir varias horas en la caja posterior de la pick up del Grupo Beta.
La odisea
El michoacano recorrió una de las zonas menos peligrosas de Tecate. No tuvo que ascender montañas ni cruzar el desierto, pero sí recorrer más de 10 kilómetros para llegar del punto donde arriban los vehículos y la barda fronteriza. La caminata del otro lado es una distancia igual o mayor, así que los recorridos llegan a prolongarse días y noches.
El problema es que al cruzar a EU tienen que llegar a una carretera donde serán recogidos por algún automóvil, sin ser vistos por la Patrulla Fronteriza o la policía de caminos, explicó el coordinador del Grupo Beta de Tecate, José Luis Hernández Meléndez.
Cisneros se encontraba a unos cuantos kilómetros de la barda fronteriza, a la altura del poblado Rosa de Castilla. Tuvo suerte de ser visto por tres de los 10 elementos que integran el Grupo Beta del municipio de Tecate.
Esa decena de agentes vigila cada día un área de 154 kilómetros, del poblado Valle Redondo, colindante con Tijuana, hasta el final de La Rumorosa, que limita con Mexicali. El objetivo es auxiliar a los migrantes en riesgo por las condiciones climáticas, geográficas o hasta de inseguridad.
Aunque en apariencia es poca la distancia, las dificultades para recorrer lugares específicos hacen dura la tarea. Las montañas de la Rumorosa, formadas con duras rocas puntiagudas que a su vez hacen acantilados peligrosos, son las más peligrosas.
Ahí han muerto cientos de personas al despeñarse en precipicios de hasta 20 metros. Si no fallecieron por el golpe fue por las heridas o inanición y falta de agua al quedarse atrapadas porque nadie pudo rescatarlas.
El desierto es otro panorama que implica igual o peor riesgo. Las temperaturas de más de 50 grados centígrados o bajo cero en verano o invierno, se suman al peligro de encontrarse con animales ponzoñosos o asaltantes en esas áreas que esporádicamente son visitadas por elementos del Grupo Beta, algunos organismos humanitarios u otros grupos de auxilio, explicó el coordinador de Beta.
Médico de profesión, como todos los coordinadores de esa agrupación, explicó que cada elemento recibió capacitación sobre primeros auxilios y en sus recorridos por las áreas de riesgo llevan agua, una preparación de suero y atunes con galletas y un dulce para atender en primera instancia a los rescatados. Cada día recorren cientos de kilómetros en una tarea que puede ser fastidiosa, pues ahora que el grueso de migrantes cruza por el desierto de Sonora, sólo cuatro días de la semana se encuentran con migrantes.