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Lazos indígenas que se amalgaman con ritos cristianos

Desde el 14 de diciembre los “floreros del Niño Jesús” suben a las montañas del poblado indígena de Navenchauc, a recolectar el niluyarilo —“flor de pluma”—, para ponerlo en las ofrendas
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ÓSCAR GUTIÉRREZ/CORRESPONSAL
El Universal
Lunes 25 de diciembre de 2006

CHIAPA DE CORZO, Chis.— Con fervor y devoción religiosa, casi medio millar de indígenas tzotziles, transportando en sus espaldas pesadas cargas de blancas flores, recorren durante los últimos días del año las parroquias de esta colonial ciudad de la región centro de Chiapas para depositarlas como ofrendas al pie del Niño Jesús y obtener las bienaventuranzas del recién nacido para el año próximo.

Son conocidos como los “floreros del Niño Jesús”, cuya tradición tiene su origen en la amalgama de las creencias cristianas y las leyendas orales de los pueblos tzotziles que habitan en los municipios de San Cristóbal de las Casas y Zinacantán, de la región de los Altos, para fortalecer la convivencia familiar y de amistad”, aseguró Antonio López Hernández, cronista de Chiapa de Corzo.

Entre cantos religiosos acompañados de tambores, flautas y marimbas, visitan las parroquias, plazas públicas y las casas donde se instalan los nacimientos para depositar su carga de flores, traída de las montañas del poblado indígena de Navenchauc.

El 24 de diciembre, en la catedral de Santo Domingo, el templo católico más importante de Chiapa de Corzo, los “floreros” se concentran para esperar el nacimiento del Niño Jesús sobre un pesebre adornado con blancas flores de niluyarilo, una palabra tzotzil que significa “flor de pluma” y que semeja una pequeña manita extendida.

Según López Hernández, cronista de esta ciudad asentada a orillas del río Grijalva, a 15 kilómetros de Tuxtla Gutiérrez, la procesión de los “floreros” se realiza por una manda —promesa de fe por ayuda divina— que en esta ocasión involucró a 470 indígenas que a partir del 14 de diciembre y durante ocho días recorren las montañas de la región de Navenchauc, en los Altos de Chiapas, para recolectar las flores que han de servir de ofrenda.

Tras largos días de búsqueda entre veredas apenas visibles por la espesa niebla, los “floreros” cruzan los bosques de pino para recoger las delicadas flores de niluyarilo para adornar nacimientos como el de la catedral de Santo Domingo y el que se instala en la casa de Antonio Nigenda, donde desde hace 11 años se venera la imagen del Niño Jesús.

Los orígenes

El cronista de Chiapa de Corzo —municipio de unos 60 mil habitantes, de los cuales 5.32% son indígenas, en su mayoría tzotziles— asegura que la tradición de los “floreros” proviene de una leyenda que relata la llegada a las orillas de la laguna de Navenchauc, del actual municipio de Zinacantán, de un hombre y una mujer desconocidos con un niño recién nacido en brazos.

La tradición oral tzotzil refiere que los esposos dejaron al niño sobre un árbol para luego introducirse a la laguna no sin antes acordar que él se convertiría en el Sol para darle calor al niño, y ella en la Luna para protegerlo y cuidarlo por las noches.

A medida que la pareja se hundía en las aguas de la laguna, el niño los despedía agitando sus manitas mientras se convertía en una flor de pluma, el niluyarilo tzotzil. “Por eso es que la flor parece una mano pequeña”, aseguró el cronista.

Luego de una caminata de ocho días por los bosques de pino para recoger el niluyarilo, los 470 “floreros” llegaron hasta la ermita del Niño Florero en Chiapa de Corzo para iniciar su procesión por templos, plazas y casas en donde se venera al Niño Jesús.

Cada uno de los “floreros” lleva sobre su espalda las flores que son cuidadosamente depositadas en el pesebre donde habrá de nacer el Niño Jesús.

En esta ocasión uno de ellos, Alfredo Camacho Tipacamú, regresó del monte con los pies sangrantes y convulsionado por la fiebre, pero con su carga de flores intacta. Fue necesario que un médico lo atendiera de urgencia, mientras aseguraba que el sacrificio valió la pena porque con ello cumplió su promesa.

“El dolor y el cansancio es la expresión de fe y fervor que debe estar siempre en los ‘floreros’, porque así demostramos nuestra entrega a Dios”, agregó.

José Antonio Ramos Grajales, un residente de Chiapa de Corzo, dice que la tradición que celebra cada fin de año es uno de los lazos religiosos y culturales que unen a creyentes y pobladores de esta región de Chiapas, porque además del contacto espiritual, la población comparte su música y danzas tradicionales, así como la comida y las bebidas típicas.



 

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