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Derroche de dinero en tumbas de narcos

Hay ataúdes con incrustaciones de piedras preciosas
Lunes 30 de octubre de 2006 Javier Cabrera | El Universal

CULIACÁN, Sin.- Lujosas construcciones de canteras y mármoles, aderezadas con encajes de hierro forjado, caracterizan las tumbas de los nuevos integrantes del crimen organizado caídos. Son los imponentes mausoleos de los narcotraficantes de la era moderna muertos y sus familias, edificaciones que abundan en cementerios de la región.

A aquéllos los sorprendió la muerte al ser víctimas de venganzas, o a causa de disputas "territoriales", o bien por empeñarse en amoríos prohibidos. Hasta hace poco más de una década, en los sepulcros de los narcos o "gomeros" -denominación que caracterizó por un tiempo a los que se dedicaban a vivir de la extracción de la goma de la amapola- de la región, proliferaban las decoraciones con figuras y motivos de armas de fuego, plantas de amapola y mariguana,

Entre los narcos del pasado, destaca la figura de Lamberto Quintero Páez, caído bajo una lluvia de balas la tarde del 28 de enero de 1976, en el poblado El Salado, y en cuya tumba permaneció su foto, rodeada de balas de rifle AR-15, durante varios años. La carrera delictiva de Quintero Páez incluso fue llevada a las pantallas del cine y su nombre se inmortalizó en uno de los corridos musicales más interpretados por las tamboras sinaloenses. Sin embargo, de un tiempo para acá, los sepelios de los nuevos miembros de los cárteles de la droga se han convertido en un derroche de riqueza, desde la adquisición del ataúd -los hay labrados en maderas y salpicados de piedras preciosas; verdaderas piezas de ebanistería-, pasando por la proliferación de costosos arreglos de flores frescas, hasta el acompañamiento de bandas de música que siguen al caído a lo largo de todo el cortejo fúnebre.

Tras la inhumación, arquitectos especializados en los diseños son contratados para la edificación de los sofisticados monumentos fúnebres, cuyo costo varía desde los 600 mil pesos a 2 millones de pesos, de acuerdo a la calidad de los materiales y los acabados de los interiores.

Casi a diario, decena de albañiles, instruidos por arquitectos e ingenieros, trabajan en la edificación de nuevos mausoleos, ya que la demanda de estas suntuosas obras es continua a lo largo de todo el año.

Los alarifes, al igual que los responsables del mantenimiento de los camposantos, son discretos. Eluden hablar de su trabajo y de la identidad de sus contratantes, ante el temor de deslizar algún comentario o dato que moleste a sus patrones o los perjudique a ellos,

Abierto en 1969, bajo concesión en una superficie inicial de 13 hectáreas, en la salida sur de esta ciudad capital, el panteón Jardines del Humaya se convirtió en el camposanto local más exclusivo. Aquí, lo mismo comparten tumbas encumbrados hombres de negocios y los narcotraficantes más famosos de distintas épocas.

En este cementerio, el costo de un terreno es de 26 mil pesos e incluye espacio para tres gavetas. Empero, muchas familias no escatiman gastos para darle al ser querido fallecido el mayor lujo en su última morada y adquieren dos terrenos juntos, para realizar con mayor esplendor las obras.

En las nuevas edificaciones de canteras y mármoles de diversas tonalidades, sobresalen puertas de hierro forjado, las cúpulas como techos y vidrios polarizados para mantener en anonimato el nombre del alma que reposa dentro, y cada vez son más ostentosos. Esta nueva elegancia y glamour en las tumbas de las nuevas generaciones de traficantes de drogas, contrastan con algunos viejos sepulcros de las dinastía de los Caro, los Quintero, los Payán y los Landell, entre otros, todos oriundos del afamado municipio de Badiraguato.

Aquí está la urna fúnebre del integrante de una de estas familias, quien en la década de los 80 -aún en vida- dio pie a uno de los corridos más tocados por los grupos musicales norteños, por ser una narrativa de sus andanzas en el tráfico de enervantes y sus continuas disputas a tiros con grupos antagónicos.

Se trata de Gil Caro Rodríguez (a) El Chapo Caro, de Badiraguato, ejecutado junto con su sobrino y dos pistoleros más en esta ciudad en 1992 y en cuyo atentado sus atacantes detonaron granadas de fragmentación. Su nombre inscrito en la puerta y una foto, montando uno de sus finos caballos, aún permanece en su féretro.

La foto de Baltasar Díaz , abrazado de su hijo del mismo nombre, ambos personajes del mundo de las drogas en los años 90, en Sinaloa, aún se exhibe a un costado de los nichos, donde reposan los dos cuerpos.



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