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Zapotecas viven en la pobreza y marginados

En San José Lachiguirí más de 20 niños padecen malformaciones genéticas; en las calles de aspecto fantasmal de esta localidad zapoteca ubicada a 200 kilómetros de la capital oaxaqueña
Lunes 11 de septiembre de 2006 Alberto López Morales | El Universal

SAN JOSÉ LACHIGUIRÍ, Oax.- De cuclillas frente a los amarillentos maizales que se secan ante la falta de lluvias, Melquiades Fabián Juárez confiesa en medio de la tristeza: "Aquí, ¡el dolor más grande está en el estómago!"

A mil 600 metros sobre el nivel del mar, en el umbral de la empobrecida y violenta sierra Sur, la pelea por la sobrevivencia se teje en forma de petates y sombreros, y expulsa al norte del país a familias completas, que no hablan el español.

En las calles de aspecto fantasmal de esta localidad zapoteca ubicada a 200 kilómetros de la capital, algunas mujeres que caminan sin rumbo fijo, con sus hijos en la espalda envueltos en un rebozo, tratan de darle vida al pueblo.

Severa desnutrición

"La comunidad vive en la pobreza extrema y con un índice muy alto de marginación; sin embargo, no está considerada dentro de los 21 municipios más pobres de la entidad oaxaqueña", denuncia el administrador municipal, José Antonio Amado Osorio.

De acuerdo con un estudio del sector Salud, esta población ocupa el primer lugar estatal en discapacidad. Más de 20 menores, que nacieron bien enfrentan desde los ocho años malformaciones genéticas.

"La desnutrición es el principal problema de salud que afecta a la población, sobre todo a los ancianos que tienen un promedio de vida de 60 años", diagnostica con severidad el único médico de la Unidad Rural del IMSS, Jorge Moreno Hernández.

El profesionista atribuye las malformaciones genéticas, como pie equino varo, atrofia muscular, labios leporinos, ceguera y nacimientos de menores sin piernas, a la ausencia de ácido fólico, una vitamina B, en las mujeres en edad reproductiva.

"Aquí nadie come verduras. Como no hay trabajo y la tierra está dura por las piedras y no sirve ni para sembrar magueyes ni maíz, pues el dinero apenas alcanza para preparar una salsa de tomatitos", lamenta el indígena Antonio Vásquez.

Agua, la exigencia

"Desde hace cinco años no llueve en el pueblo", dice en tono de queja Cirilo González, poblador de Nizagocha, una agencia que pertenece a esta cabecera municipal. Y desde toda la vida nunca hemos tenido agua", remata.

Aquí no hay arroyos, menos ríos. Las piedras que cubren el suelo, con forma de lajas, sirven para construir las viviendas pegadas con lodo. "Antes la gente tomaba agua con cal que venía del cerro", recuerda Antonio Vásquez, vendedor de huaraches.

El agua ahora viene de Miahuatlán, la cabecera distrital, en una pipa de 10 mil litros que compró la administración municipal y surte seis viajes semanales a unos 30 tanques diseminados en el pueblo, donde los niños cargan con sus bidones.

Hace algunos meses, investigadores del Instituto Politécnico Nacional (IPN) exploraron en diversos puntos hasta 60 metros tierra adentro para perforar dos pozos de agua; sin embargo, hallaron cero posibilidades. "¡Ni sudor encontraron!", exclama Melquiades Fabián Juárez.

La vida, entre la pobreza, la desnutrición, el desempleo y la ausencia de ingresos, "se hace más dura sin agua", añade Victoria Martínez, responsable de la pequeña biblioteca, quien admite que "la tierra no es apta para la agricultura ni para la ganadería".

En busca del agua, las autoridades locales proyectan tender una línea de nueve kilómetros para traerla desde el manantial de Santa Catalina Quieri, un poblado de indígenas chontales, pero cuesta 5 millones de pesos que la Comisión Nacional de Pueblos Indígenas ofreció.

Pueblos fantasmas

"¡Mire, esta tierra pedregosa no sirve ni para sembrar", susurra Melquiades Fabián, del poblado Río Mijangos, mientras, de rodillas, observa el tono amarillento de los maizales que cultivó. "Se seca la milpa", puntualiza.

"Por esa razón los muchachos se van a Sinaloa, al corte de tomate, a Chihuahua, al corte de chile y California, al corte de fresas. Mis tres hijos andan por el norte, yo me iré en enero", confiesa.

De acuerdo con el censo de la Unidad Médica Rural del IMSS, tres cuartas partes de la población emigraron. "Están fuera unos mil 500 habitantes", asevera Cirilo González, quien informa que desde 1990 "cada noviembre me voy con mi esposa y mis tres hijos al norte".

"Allá la vida también es dura porque vivimos en casas de lámina y trabajamos desde las seis de la mañana hasta las 10 de la noche para juntar 40 cubetas de tomate, pero al menos allá ganamos 58 pesos por día", precisa.

Por la migración, en los poblados de Nizagocha, Lachivigoza, Río Mijangos, El Carrizal y aquí en San José Lachiguiri, la vida adquiere un aspecto fantasmal. "¿Qué le vamos hacer? ¡Estamos en el olvido!", dice Melquiades Fabián.



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