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Por miedo y para sanar, se hace teatro sobre violencia

La violencia se instaló en las ventanas del entretenimiento y la cultura. ¿Espejo de la realidad o apología del crimen?
Jueves 11 de marzo de 2010 Julio Alejandro Quijano | El Universal
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julio.quijano@eluniversal.com.mx

Por miedo. Por eso hacen teatro. Porque un día conocieron a un violador de menores en la cárcel de Santa Martha. Porque escucharon la historia de Rafael, el universitario que pedía “¡mátenme!” mientras sus secuestradores lo enterraban vivo en el desierto de Ciudad Juárez. Porque una noche recibieron amenzas de muerte si daban la función de Estrellas enterradas. Porque los muertos del narco son nuestros muertos y no están nada más en los corridos de Los Tigres del Norte. Porque ellos mismos fueron secuestrados. Por eso hacen teatro.

Antonio Zúñiga fue el primero en escribir una obra sobre los femincidios en Ciudad Juárez. La noticia todavía no llamaba la atención a nivel nacional cuando una tarde de 1994 tomó la rutera para ir a su casa. Los juarences ya vivían una paranoia que había desembocado en una medida cautelar: las mujeres llevaban un silbato que deberían hacer sonar al ser atacadas.

En uno de los paraderos se subió una madre con su hija en uniforme de escuela. “Con su camisa blanca y su falda de tablitas”, recuerda Zúñiga. El chofer volteó a mirarle las piernas. La madre enloqueció: “¡Pervertido, asesino, violador!” Los pasajeros se unieron: “¡Vamos a lincharlo!” Lo bajaron de la rutera. La hija, espantada, trataba de calmarla: “Ya déjelo, no me hizo nada”. La mamá cambió su ira: “¡Tú tienes la culpa! ¡Te dije que no te pusieras falda, que usaras pantalonera!” La agarró por las trenzas y la subió a la rutera. La gente se calmó, el chofer retomó el volante, metió primera y arrancó.

Antonio Zúñiga, en el fondo de la rutera, se sintió tocado. “Ahí decidí escribir Estrellas enterradas”

“Si actúas, te mato”

Itari Marta actuó en la primera temporada de aquella obra que realizó una gira por Juárez. La tarde que la compañía llegó a la ciudad fronteriza, todos recibieron un mensaje: “Si ustedes dan la función, los matamos”.

A 10 años de distancia, Marta recuerda el hecho con cierto valor: “Lo que pensamos fue ‘¿te cae que la obra es tan buena que merece que nos maten? Pues, bueno, está chido’”. Es obvio que el día que fueron amenazados, la tensión era diferente: “Hubo un sentimiento de trasero fruncido, de ‘puta, ¿qué hacemos con esta amenzas?’”.

Así como a Zúñiga se le abrió la mente con la adolescente en la rutera, Itari entendió, a partir de la amenaza, el sentido de su trabajo: “Es entonces cuando te preguntas: ¿para qué haces teatro? ¿Cuál es la máxima aspiración de un actor? ¿Ganar un Oscar, ganar un Ariel? ¿O como decía Shakespeare, comprometerse con su tiempo?”.

Esa pregunta explica la actitud de todos los que han hecho teatro de contenido social en diversos grados de compromiso. El dramaturgo Humberto Robles lleva 10 años con la obra Mujeres de arena (también ubicada en la violencia de género en Ciudad Juárez); otros cinco con Mujeres sin miedo, que exalta el valor de las mujeres que lucharon en el movimiento campesino de San Salvador Atenco, que se opuso a la venta de sus ejidos para beneficio de un nuevo aeropuerto en Texcoco. Y fuera del ambiente de teatro, Robles procura ocuparse de la madre de Pável González, el estudiante de la UNAM y activista zapatista que fue encontrado muerto en Pico del Águila sin explicación.

Robles explica su activismo: “En estos momentos prefiero que me tachen de panfletario que no hacer nada”.

Mujeres de arena se ha montado en Uruguay, Inglaterra, Argentina, Canadá, Colombia, Costa Rica, Chile, Guatemala, España, Italia y EU. Ninguna de las puestas ha generado dinero para Robles porque él colgó el texto en internet y no cobra derechos de autor. “Sólo pido que las ganancias de taquilla se manden a ‘Nuestras hijas de regreso a casa’, al Comité Cerezo o al “Comité Pável González”.

Como en la mayoría de los casos, también recibe amenazas frecuentes en su correo: “Al principio sientes un poco de miedo... mucho miedo. Pero luego te vas a dormir y estando en la cama piensas: “Yo no he hecho nada malo, no soy un criminal. Si me matan, me iré con la conciencia tranquila”.

La medicina que se llama teatro

Para sanar. Para que llegue el día en que ese mismo reo que violó a una menor, comprenda la magnitud de su delito. Para eso sirve el teatro.

Itari Marta lleva un año trabajando en el proyecto Ópera Pánica, en el que (con texto de Alejandro Jodorowski) se metió al penal de Santa Martha Acatitla para impartir un taller de teatro a 26 presidiarios. La obra se estrenó el año pasado y el público podía asistir a las funciones realizadas al interior del penal mediante un sistema que implicaba cumplir las mismas medidas de seguridad de quienes ingresan al penal como visitantes. Ahora, esa obra está de gira por otros penales bajo el mismo esquema. A pesar de la costumbre, Itari nunca se ha olvidado del primer día que entró al reclusorio: “Yo no diría que fue un reto porque lo que se siente allá adentro es miedo. Te cuidas la espalda todo el tiempo y esa sensación nunca se quita. Era además una mujer entre varios hombres, entre delincuentes; al principio era un asunto de ‘¿qué quiere esta güerita prepotente?’”.

Finalmente el grupo de teatro se consolidó y, lo más importante, sanó. Itari recuerda una sesión en que un violador de menores se levantó para decir: “Ahora entiendo lo que hice, ya sé donde estuvo el pedo. No significa que estoy regenerado porque si me pones en la misma situación, no sé si actuaría de otra manera. Pero ahora lo veo”.

Esa sanación fue el motivo de Cautivas, en la que Laura Zapata recreaba la vivencia de su secuestro ocurrida una noche en que, irónicamente, salía del teatro. Laura Zapata y su hermana Ernestina Sodi fueron liberadas luego del pago del rescate. Un año después, habló con el dramaturgo Víctor Hugo Rascón Banda sobre su experiencia en cautiverio. Llenaron 20 casetes de una hora. Rascón Banda escribió a partir de esas conversaciones la obra Cautivas, que protagonizó la propia Zapata. Cuando le preguntan cómo pudo soportar “revivir” cada noche su tragedia, ella contesta: “Soy una actriz. En el escenario no aparece Laura Zapata, sino una actriz interpretando a una secuestrada”. Para todos ellos la conclusión es natural: la violencia nos ha alcanzado y el teatro simplemente la refleja. Mario Espinoza, que dirigirá la ópera Camelia la Tejana que se estrena hoy, dice: “El tema está en la mente de todos, el trabajo del artista es captar el mundo en el que vive ¡Qué mejor hubiera sido que pudiéramos ver esta ópera para decir, esto ocurrió hace mucho tiempo, como cuando vemos las películas de vaqueros! Hubiera sido mejor que pudiéramos decir: ‘uy esto es lo que vivió la sociedad mexicana hace 10 años.

Pero no es así. En el país esto es lo más actual. Los muertos (por el narcotráfico) salen del espacio teatral; es algo que está en nuestras vidas cotidianas, son las imágenes compartidas de nuestra sociedad”.

El teatro no cambia el mundo

“¿Y usted cree que con su obra dejarán de haber muertas en Juárez?”, le preguntaron a Humberto Robles el día que estrenó Mujeres de arena en Londres. El dramaturgo contestó: “Sería yo iluso si lo creyera. Las muertas y desaparecidas siguen.

“Ahora ni siquiera tienen la atención porque en Juárez la llamada guerra contra el narco ha provocado muertes también de hombres. Pero sí puedo sensibilizar al público. Si usted se conmovió, es suficiente”.

No sirve pues para cambiar el mundo. “Una ópera no da soluciones, no es un ensayo de política sobre el crimen organizado”, dice el músico José Areán a propósito de Camelia La Tejana.

“Pero por lo menos se enfrenta a sus miedos cada vez que se ve reflejado en una obra de teatro”, resume Antonio Zúñiga, quien ahora monta en el Cenart Mara o la noche sin sueño.

 



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