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A sus 52 años de edad, 30 de los cuales ha dedicado a su profesión, Miguel Bosé concibe la felicidad como “un orgasmo”. “La felicidad es muy corta, y por esa razón somos capaces de realizar cualquier tipo de ritual para encontrarnos con ella. Imagínate lo que se tiene que vivir: conoces, tratas, platicas, cenas, peleas, reconcilias, extrañas, te calientas, y uno se pregunta: ‘¿Todo esto para algo tan corto?’”, explica.
México ha sido testigo del proceso que Miguel Bosé ha vivido para alcanzar esa felicidad de la que habla, y “don diablo” lo sabe bien.
Es por eso que el español eligió el Foro Sol para el cierre de su gira “Papitour”, que duró casi dos años.
El de anoche fue un concierto largo, con 50 canciones y la compañía de amigos y colegas como Paulina Rubio, Alejandro Fernández, su sobrina Bimba Bosé, Ximena Sariñana y los ex integrantes de Timbiriche Benny Ibarra y Sasha Sökol.
Una noche emotiva, en la que quedó clara la conexión de Bosé con México, aquella que comenzó hace 35 años, cuando se aventuró en un viaje por cada rincón del país con la ilusión de conquistar a su gente. Y lo logró.
El intérprete incluso hace un pequeño análisis de lo que han significado 30 años de carrera, en los que le ha quedado muy claro que tres décadas en la música significan “haber pasado la meta de un maratón”.
“En 30 años, la gente no sólo ha crecido conmigo, sino que ha estado conmigo viviendo todas las locuras, las apuestas, esos saltos al vacío porque ésta no es una carrera estándar”, dice.
El talento de Miguel Bosé incluso ha derribado las barreras del idioma, y grandes entre los grandes como Michael Stipe (vocalista de R.E.M.) han manifestado su cariño y admiración por él.
Con un libro en puerta, del que ha dado pocos detalles, y un nuevo disco (que “seguirá la línea de ‘Velvetina’, aunque menos barroco), Bosé señala que tiene cuerda para rato. “Mi vida está basada casi 98% en hacer lo que más me gusta, que es esto, la música”.