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El otro rostro de Bob

El mismo músico escribió en la primera parte de su autobiografía, que rechaza ser el vocero o conciencia de una generación
El otro rostro de BobEl otro rostro de Bob
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Fragmento del libro ‘Chronicles, volume one’ *
El Universal
Domingo 24 de febrero de 2008

4 de octubre. Había sufrido un accidente en la motocicleta, del que salí herido pero pude recuperarme. La verdad es que quería salirme de la carrera de ratas. Al tener hijos mi vida cambió y me alejó de todos y todo lo que pasaba a mi alrededor. Fuera de mi familia, nada atraía mi interés y veía los acontecimientos con lentes distintos a los de los otros.

Hasta las terribles noticias del momento, los asesinatos de los Kennedy, de Martin Luther King, de Malcolm X, no eran para mi crímenes cometidos contra líderes, sino contra padres cuyas familias habían sido heridas por el hecho. Nací y crecí en Estados Unidos, el país de la libertad y la independencia, por lo que siempre aprecié esos valores e ideales.

Unos años antes, Ronnie Gilbert, integrante de Los Weavers, me presentó en el Festival de Folk de Newport diciendo: “Aquí está. Llévenselo, ya lo conocen... es suyo”. ¡Fue una locura decir eso! A Elvis nunca se le presentó de esa manera. “Llévenselo, es suyo”. ¡A la chingada! Hasta donde sé, no le pertenezco a nadie ni entonces ni ahora. Tenía esposa e hijos a quienes amaba más que a nadie en el mundo. Sólo trataba de proveer para ellos y no meterme en problemas, pero los santones de la prensa ya me habían promovido como el vocero, el representante o hasta la conciencia de una generación.

¡Qué chistoso! Lo único que hice fue cantar canciones que eran muy directas y expresaban poderosas realidades nuevas. Tenía muy poco en común y sabía menos de esa generación a la que supuestamente representaba.

Había salido de mi pueblo natal apenas 10 años atrás y no estaba vociferando las opiniones de nadie. Mi destino estaba en el camino, con cualquier cosa que la vida me pusiera a mano y nada tenía que ver con representar a algún tipo de civilización. Ser genuino conmigo era lo importante.

La gente cree que la fama y la riqueza se traducen en poder, y que esto trae gloria, honor y riqueza. Quizá así sea, pero a veces no sucede eso.

De repente me quedé atorado en Woodstock, vulnerable y con una familia que proteger, pero quien mirara la prensa me vería retratado como cualquier cosa, excepto lo que sentía.

Fue sorprendente lo gruesa que se había vuelto la cortina de humo. Parecía que el mundo siempre había necesitado un chivo expiatorio –alguien que encabezara la carga contra el Imperio Romano—.

Pero Estados Unidos no era Roma y alguien más tendría que ofrecerse como voluntario. Nunca fui más de lo que era en los 60: un músico de folk que miró a la niebla grisácea con ojos cegados por las lágrimas y compuso canciones que flotaban en una neblina luminosa.

Todo eso había explotado y ahora se cernía sobre mi. Yo no era un predicador haciendo milagros, eso podría haber vuelto loco a cualquiera. Al principio, Woodstock había sido muy hospitalario para nosotros. Había descubierto el lugar mucho antes de mudarme allá. Una noche, cuando manejaba después de dar un concierto en Syracuse, le conté a mi mánager del pueblo, íbamos a pasar a un lado de él. Él dijo que estaba buscando un lugar para construir una casa de campo, entramos al pueblo, vio una casa que le gustó y la compró. Un poco después yo hice lo mismo y fue en esa casa a la que empezaron a llegar intrusos, noche y día.

La tensión creció de inmediato y se volvió difícil tener paz ahí. Alguna vez, el lugar había sido un refugio apacible, pero eso se perdió. Era como si se hubieran puesto mapas de nuestra casa en los 50 estados, para que todos los desadaptados y pachecos del país fueran allá. Moochers llegaban al sitio de lugares tan lejanos como California y las pandillas se metían a nuestra casa a cualquier hora del día y la noche. Al principio eran simplemente los vagabundos nómadas que entraban ilegalmente, lo que parecía inofensivo, pero después aparecieron ejércitos radicales que buscaban al Príncipe de la Protesta. Tipos de aspecto impresentable, chavas con apariencia de gárgolas, espantapájaros, vividores en busca de fiesta.

Peter Lafarge, un amigo mío que cantaba folk, me había dado un par de pistolas, además yo tenía un rifle Winchester, pero asustaba pensar lo que podían provocar esas cosas. Las autoridades y el jefe de policía —en Woodstock había como tres policías— me habían advertido que si alguien salía herido accidentalmente, o si a alguien le disparaban como advertencia, sería yo quien terminaría encerrado. No sólo eso: los locos que estampaban su botas en mi tejado podían demandarme si se caían del techo. Todo estaba tan revuelto. Quería quemar a esa gente.

Estos invasores, espantos, gorrones y demagogos estaban perturbando mi vida familiar y el hecho de que no pudiera correrlos porque presentarían cargos contra mi, me parecía increíble. Todos los días y noches había dificultades. Todo estaba al revés y sonaba absurdo. Estaba acorralado. Hasta las personas cercanas y queridas no ofrecían alivio.

* Publicado en 2004.



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