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Javier Bardem, asesino de antología

En ‘Sin lugar para los débiles ’ los hermanos Coen se liberan del humor que los caracteriza
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El Universal
Viernes 08 de febrero de 2008

Desoladora, deprimente y densa, Sin lugar para los débiles cruza las miradas de Corman McCarthy y los hermanos Coen para disparar un filme sostenido y atmosférico, maravillosamente interpretado y mejor dirigido.

Cuando los Coen se despojan del humor marca de la casa, descubren bajo su epidermis un perfecto olfato para saber qué les pide una historia. Lo consiguieron con Muerte entre las flores (1990) y lo han vuelto a hacer con la muy prestigiosa Sin lugar para los débiles en la que han prescindido también de la música casi en su totalidad. Por todo ello son, además, favoritos para los Oscar.

El justo cacareo alrededor de la interpretación de Javier Bardem ha desviado, sin embargo, la atención de este ejemplar de gran cine al que enriquece con su trabajo. Una película forjada con distintas y excelentes capas y barnizada con una sencilla y aún así excelente trama del gato y el ratón.

El ratón es Anton Chigurh, el sicópata primitivo, impávido e irredento del que Bardem hace su patio de recreo. Un personaje de rictus seco, de códigos tan incomprensibles como implacables que devora la película. Y los gatos son todos los demás —incluso él mismo—, potenciales víctimas sometidas a lo aleatorio.

El azar es, entonces, el verdadero protagonista de Sin lugar para los débiles . El que engendra la claustrofobia en sus páramos, el que arrasa con los esfuerzos de sus habitantes por construir algo parecido a una vida justa, a unos principios, una ética, un causa-efecto. El que los abandona en una profunda soledad, en una silenciosa resignación.

McCarthy antes y Joel y Ethan Coen después, infectan toda la trama con pequeñas dosis de ese hálito desesperado, ese cara o cruz legitimado y esa esterilidad para lo realmente sensible. La futilidad rocía primero a sus personajes, los embadurna después, los cala y, finalmente, los ahoga. Marca el filme, su clima sofocante, su estética arenosa, su poesía de la desazón.

Y el país que caduca a sus viejos es, ni más ni menos, el Texas de los 80, donde la abulia nivela el bien y el mal, donde la brutal acción de un asesino no parece romper la monotonía. El germen de la actual y donde el antaño que añora un fantástico Tommy Lee Jones queda, como bien es sabido, muy lejos del paraíso.

(EFE)



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