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Héctor Suárez: de "ñero" a actor

El histrión fue criado bajo la poderosa influencia y el cariño de su abuela materna, en la colonia Obrera, donde tuvo una vida sencilla pero feliz
Lunes 09 de abril de 2007 El Universal

"Las águilas vuelan solas, los ojetes en parvada", fue una de las muchísimas frases que marcaron desde su infancia a Héctor Suárez, salidas de los labios de doña Josefina Hernández Guijarro, su abuela materna, quien lo formó desde su niñez, adolescencia y hasta su juventud.

"Ciertamente he sido un águila que siempre ha volado sola". Rememora que de niño, a los siete años de edad, un día se sintió abrumado por la partida de su mejor amigo "era el niño rico de la colonia. Mi abuela se enojó conmigo y me dijo: ´Cállese y venga p´acá, cabrón´. ´Escúcheme bien y mire lo que le voy a decir: las águilas vuelan solas. Los ojetes en parvada. Métaselo en la cabeza´..."

El creador de personajes como El Milusos, El no hay y El Tirantes, nació el 21 de octubre de 1938 en las calles de Argentina, "que entre paréntesis es una palabra muy significativa en mi vida".

Fue en un hospital que se encontraba frente al Templo Mayor.

"Más tarde nos fuimos a vivir a la colonia Obrera, con mi abuela. Nunca estuve con mis padres. Sergio, mi hermano mayor y yo, vivimos con mi abuelita por circunstancia de espacio, momento y tiempo.

"Mi madre trabajaba para mantenernos y luego se casó con un buen hombre, Gustavo Murillo, nuestro padrastro."

Prostitutas y ´pachucos´

Héctor, quien se nutrió desde entonces en el mundo que le rodeó en su infancia y su adolescencia para personificar a clásicos exponentes de la barriada mexicana, vivió en Lorenzo Boturini 257, interior seis, "rodeado de cabarets, prostitutas y pachucos. A un lado estaba El Infierno, al otro El Balalaika y La Gloria, puros antros de rompe y rasga".

Fue doña Josefina quien, de cierta forma, le fomentó el espíritu histriónico, "mi abuelita manualmente era una artista extraordinaria. Me confeccionaba, con papel maché, mis trajes de Superman, de Batman y de todo lo que yo quería representar. Llenó mis sueños y mis ilusiones. De alguna manera alimentó la parte de artista que ya traía. Me compraba discos y sembró en mí el gusto por el arte. Mi tío Pancho, que vivía cerca de nosotros era sastre y trabajé con él un tiempo. Aprendí a coser entretelas, cuellos y bolsas. De premio me llevaba al cine Estrella y a las carpas".

Desde su infancia Héctor Suárez conoció y admiró a Gene Kelly, Donal O´Connor, Judy Garland, Fred Staire, Ginger Roger, Clarak Gable y a Bette Davis.

"Lo mismo al Flaco Iglesias, papá de Pompín; al Panzón Soto, papá de Fernando Soto Matequilla y a Jesús Martínez Palillo, quien marcaría más adelante mi carrera artística, tanto que llegué a escribir, producir y representar la obra Estoy loco, cuyos personajes centrales son Palillo, mi tío Pancho y yo, de niño".

´Ñero´ de la Obrera

Hoy en día, Suárez tiene la impresión de que vivió largo tiempo en una cápsula, "construí mi mundo para defenderme del exterior. Ahí, exactamente donde vivía, imperaba la ley del más fuerte, como en el Oeste. Era la selva urbana, donde, sin embargo, conocí a la gente más bella, más hermosa, más auténtica: el "ñero", que no el "naco". Aquel que da la vida por ti; el hermano que te quiere, aunque sea ladrón o sea lo que sea. Todo eso lo aprendí y lo traigo conmigo. Soy, pues, "ñero" de la Obrera. No olvido mi extracción".

Al pasar a la secundaria tuvo la oportunidad de conocer a su padre, el capitán Suárez y a su hermano Alejandro, "era un gordito muy simpático y tartamudo. Lo quise mucho, después me decepcionó por muchas cosas. La tartamudez le vino por haber vivido con mi padre, que era un militar tremendo y le afectó mucho".

Hoy recuerda que a su padre, quien vivió siempre alejado de él, lo amaba "y deseaba enormemente abrazarlo y darle un beso, decirle que le quería. Pero su disciplina militar imponía y prácticamente no aceptaba que me le acercara. Una vez que se me ocurrió darle un beso en la mejilla, como muestra de mi cariño, me vio con enojo y me dijo: ´que no se vuelva a repetir´..."

La pandilla y la cárcel

Al iniciar la preparatoria, la vida del actor dio un giro de 180 grados. "Me volví un delincuente". Hizo amistad con muchachos que se dedicaban a malvivir, asaltar negocios, robar y golpear a transeúntes, "fui parte de pandillas que delinquían de diversas formas; robábamos automóviles. Llegué a estar hasta en la cárcel".

Su vida se desbocó al límite, "hasta que un día al regresar a casa, mi abuela me rogó con lágrimas en los ojos y arrodillada frente a mí, que abandonara esa vida". Héctor Suárez escuchó la súplica de su abuelita y poco a poco se fue alejando de las malas compañías, retomó sus estudios y un buen día enfiló hacia su verdadera vocación. Acepté ir de oyente a una clase del maestro Carlos Ancira. Cambió mi sangre y mi metabolismo, inconscientemente pedí subir al escenario, Ancira me puso ocho ejercicios y los saqué adelante con aplausos de los demás alumnos. Mi vida cambió".

Viviendo cosas bellas

En la Academia de Andrés Soler, Héctor conoció a una bella mujer llamada Argentina, quien también estudiaba arte dramático, "nos enamoramos perdidamente. Era mexicana, pero estaba casada y ese fue el único obstáculo para nuestra relación. Aquella hermosa mujer tuvo un significado muy grande en mi vida, pero no volvimos a vernos más".

Héctor Suárez, que ha sabido superar muchas otras adversidades en su vida, como el alcoholismo, del que logró liberarse desde hace casi 29 años, y le llevó inclusive a dilapidar su fortuna, está plenamente agradecido con Pepita Gomís, su primera esposa, que fue fundamental en su vida, sobre todo por haber formado con ella una familia "con dos hijos maravillosos, a los que me arrepiento no haberles dedicado más tiempo a causa de mi trabajo". Hoy en día disfruta más de la vida al lado de su nueva compañera, Sara Calderón, y su pequeño hijo Rodrigo, de nueve años de edad, "a quien amo profundamente al igual que a mis hijos Héctor y Julieta, así como a mis nietas. Hoy a todos me los como a besos, besos que no di a mis dos primeros hijos en su infancia, por falta de capacidad mental y madurez. Hoy estoy viviendo cosas bellas que antes no supe aprovechar".



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