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Gana oro y nada lo detiene

Ignacio López Tarso cumplió 82 años, 53 de carrera y aún tiene ofertas de trabajo; ha vivido el esplendor, la crisis y el renacer del cine mexicano
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César Huerta
El Universal
Martes 20 de marzo de 2007

Es el año de 1959 y el primer día de rodaje del filme Macario , en locaciones de Taxco, Guerrero. Primera toma: el protagonista Ignacio López Tarso debe subir una calle empedrada con un atado de madera en la espalda. No le cuesta trabajo ni esfuerzo. El director del filme, Roberto Gavaldón, grita: "¡Corte!" y pregunta qué se le puso al actor.

"¡Es leña de balsa!", contesta el utilero.

Gavaldón exclama molesto:

"Eso no sirve, quiero ver el esfuerzo en el cuello y las piernas. Así no se nota nada...".

A los pocos minutos, recuerda Ignacio López Tarso, ya le estaban colocando leños gruesos y una tela en la espalda para no lastimarse.

"Aquello que sólo me pesaba 10 kilos subió a 40; ¡pesaba como un carajo!", recuerda ahora divertido el histrión.

"Después, Gavaldón me dijo que lo había tenido que hacer y le dije que no había problema, que así se había logrado lo que se deseaba", añade.

López Tarso ha trabajado en cerca de 50 películas, entre ellas Los albañiles y El hombre de papel, por lo cual se ha ganado a pulso el Ariel de Oro que se le entrega esta noche en el Palacio de Bellas Artes.

El reconocimiento, asegura, le sabe mejor tomando en cuenta que muchas de sus cintas las hizo en los 60, cuando desapareció la entrega del Ariel (1959 a 1971) por problemas en la industria.

"Tuve esa mala suerte. Creo que muchas de esas películas hubieran podido ganar... pero bueno, ahora el que me dan llega en buen momento, estoy satisfecho, contento y agradecido", expresa.

López Tarso tiene 82 años y aún tiene ofertas para cine, en especial una, de la que se reserva detalles.

Y es un papel importante, nada que ver con su primera participación fílmica, La desconocida (1954), de Chano Urueta, cuando ni el rostro se le veía.

"Era alguien con sombrero ancho con ala hacia abajo, a quien le enseñan un cadáver en la morgue; parece que es como un inspector de policía y dice: ´Sí, es este´... ahí acababa, nada más", recuerda Ignacio entre risas.

A ella le seguirían participaciones pequeñas, pero importantes, en Nazarín, de Luis Buñuel, y La cucaracha, de Ismael Rodríguez.

Para Macario recibió la oportunidad del protagónico gracias al cinefotógrafo Gabriel Figueroa, quien lo había visto en teatro y convenció a Galvaldón para reclutarlo.

"¡Estaban pensando en Pedro Armendáriz y yo me quedé", revela.

La censura también ha sido parte de su vida. Actuó en La sombra del caudillo, de Julio Bracho, que permaneció enlatada 30 años por cuestionar al sistema político, y Rosa Blanca, que supuestamente atacaba a Estados Unidos por tratar el tema de la expropiación petrolera.

"La sombra... no tiene nada, todo eso que pasa fue cierto. Fueron unos idiotas los que la prohibieron, habría sido un éxito de taquilla."

Y así como de esas películas está orgulloso, hay otras como Renuncia por motivos de salud, de Rafael Baledón, de las que mejor no habla.

"A veces tenía compromisos con Técnicos y Manuales (el sindicato) y pues Baledón nunca me gustó como director.

"Pero los compañeros del sindicato me decían: ´Órale, vamos a luchar por el cine´ y ok, pues, ahí vamos... y nunca pasaba nada con esas pinches películas", dice bromista.

De lo que sí está seguro es de su nulo gusto por el cortometraje. En toda su carrera sólo ha trabajado en uno: Veneno, en el que interpretó al anciano que agradece a la hija su intento por asesinarlo.

Habla de eso y de que para ser actor en México, cuesta mucho.

"Cuando ganó la cinta Los albañiles en Berlín, los alemanes preguntaban asombrados si era tan mala la situación de los trabajadores de la construcción y contesté que sí, pero así también era la de los actores."



 

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