Eugenio Caballero, aquél que en 2004 formó parte de un resultado inédito cuando tres películas mexicanas empataron por la Dirección de Arte en la entrega del Ariel, se convirtió ayer en el primer mexicano en esa categoría en ganar el Oscar que otorga la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Estados Unidos.Hace dos años estaba nervioso porque el realizador tapatío Guillermo del Toro lo convocó para hacerse responsable de dicha tarea en El laberinto del fauno. Tenía que ir a España y hacer todos los sets desde cero.
Ya antes había trabajado en filmes como Crónicas, Asesino en serio y Zurdo, por la que ganó el Ariel.
Cuando partió a Los Ángeles, dijo a EL UNIVERSAL que al Oscar lo ponía en segundo plano, porque las felicitaciones de amigos y colegas ya le conferían el mismo compromiso.
Estas fueron las palabras en ese momento.
-¿Qué fue lo más complicado de la película?
-Fue que llegué sin equipo a España, sin toda la gente con la que uno está habituado a trabajar. Siempre he dicho que en el departamento de arte uno es junto con su equipo, porque al final uno toma las decisiones, pero no las puede ejecutar con su propia mano. Cuando uno llega a un país donde no se sabe cómo está la movida, pues es una duda.
Lo que me llenó de gozo, pero también de preocupación, es que íbamos a construir todos los sets desde cero. Hablamos mucho con Guillermo y tenía que ser cuidada la estética para que uno se metiera en la película, tendría que haber diferencia entre realidad y fantasía. La cueva donde están los guerrilleros, que es algo que apenas y se ve en la película, fue una gran construcción en foro...
-¿Cuál es tu decorado favorito?
-A mí me gusta mucho el pozo y su fondo y por envergadura también el molino. Todas las cosas que se ven en la película y que no se notan, como el pasto falso que tuvimos que poner, la adaptación de la arquitectura a los caprichos del terreno que conseguimos y esto, al lado del laberinto, eran parte de lo mismo...
El salón del Hombre Pálido también me gustó, una cosa que me costó parir, aunque la idea venía muy marcada por Guillermo, fue el árbol al que se mete la niña protagonista.
-¿De dónde sacaste la idea del salón del Hombre Pálido, con pinturas de él devorando niños y una gran mesa con comida?
-La influencia arquitectónica es romántica, pero la línea conductora de todo esto era que todo tenía que recordar bocas. Cuando diseñamos la mesa, el trono donde él está sentado, la chimenea, las bases de las columnas, los frescos, tenía que recordar que este hombre era un devorador compulsivo. Y esto es lo fantástico del género: te permite hacer cosas con más cautela... si se fijan en los detalles del set, se darán cuenta que todos son bocas.