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Está Gerard Depardieu casi seguro como Mejor Actor

Cautiva con su personaje de cantante venido a menos; sólo una sorpresa le arrebataría el premio
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El Universal
Sábado 27 de mayo de 2006

CANNES (EFE).- El actor francés Gérard Depardieu, cuya interpretación de un cantante de orquesta venido a menos arrancó hasta tres tandas de aplausos en el pase de prensa, dejó claro ayer en la competición del 59 Festival de Cannes que, a no ser que haya sorpresa, el premio al Mejor Actor ya está cantado.

Excepcional, como siempre, y cantando como nunca, Depardieu es el eje y razón de existir de Quand j´etais chanteur, cinta del francés Xavier Giannoli, que aspira a conseguir con este largo una Palma de Oro para acompañar la que obtuvo con el corto L´interview en 1998.

El filme, coprotagonizado por Cécile de France, es una tragicomedia romántica excelentemente ambientada en esas salas de baile para público maduro al ritmo de estándares musicales, varios de ellos del repertorio de Julio Iglesias, y que Depardieu se encarga de interpretar. Y nada mal, por cierto.

"Son canciones que generan sentimientos a partir de los cuales encuentras tu propia verdad", explicó el astro francés, que asistió ayer junto a De France y Giannoli a la rueda de prensa tras el pase.

Al igual que la película, la enorme -en todos los aspectos- humanidad de Depardieu fue el centro de la conferencia, como dejó claro la propia De France, que se confesó "impresionada por su compañero".

El vocalista encarnado por Depardieu "tiene humanidad, auténtica dignidad, y eso es lo que da universalidad a la historia", dijo Giannoli, quien para crear el papel se inspiró en un cantante que halló rodando un documental.

Aparte de los gorgoritos de Depardieu, la competición en Cannes incluyó al portugués Pedro Costa con una cinta que, además de a una Palma, podría aspirar a una Adormidera de Oro, si existiera.

Juventude em marcha, como indica su título, trata sobre un anciano que está sentado o tumbado gran parte de las dos horas y 34 minutos de metraje, durante los cuales los escasos personajes, casi todos ellos caboverdianos, miran al infinito con gesto pétreo.

Es posible que hubiera trama -la nota de prensa incluía una sinopsis-, pero es difícil asegurarlo.

Los numerosos y largos planos mudos hacían más audibles los ronquidos que surgían desde alguno que otro punto de la sala entre el puñado de espectadores que se quedó hasta el final de la cinta, después de que el efecto disuasorio de lo visto propiciara una huida generalizada a partir de la media hora inicial.

Y es que, por desgracia, la desaforada duración de la cinta le otorga una capacidad somnífera que impide apreciar correctamente sus también muchos valores.

Costa (Lisboa, 1959) es un autor respetado gracias a obras como Ossos (1997), No quarto da Vanda (2000) y Casa de lava, que ya estuvo en Cannes, en la sección Una Cierta Mirada, en 1994.

Su obra es un proyecto meticuloso y coherente que desarrolla cinta a cinta, como en esta, donde su protagonista, un actor no profesional llamado Ventura, es un habitante de un barrio lisboeta, Fontainhas, al que se veía pasar como viandante en Ossos.

Su artesanal sistema de trabajo también influye en el resultado de los planos, impecables en factura y estilo, con tendencia a situar los personajes en un cuarto o un tercio inferior del cuadro, y en todo caso siempre con mucho aire en derredor. Destaca, asimismo, la desnudez compositiva, sin decoración alguna, lo que tiende a aislar al personaje, generalmente estático, y convertir así el plano en un retrato fotográfico.

Una fotografía precisamente, a cargo de Costa y Leonardo Simoes, admirable pese a usar tan sólo luz natural, manejada con reflectores o espejos, acorde con un equipo de rodaje mínimo: una cámara digital, un DAT para sonido y trípodes.

Esa economía de medios le permitió un rodaje de nada menos que 15 meses, con un resultado de 320 horas de vídeo grabadas.

¿El problema? Que al montar tan ingente metraje es de dudar si se privilegiaron los planos más hermosos -todos lo son en la película- o los imprescindibles para contar una historia. Asimismo, la propia composición de los encuadres y la quietud de los actores hace que lo que debía de ser cine -es decir, imagen en movimiento- devenga en mera fotonovela.

Lo cual consigue que una obra que, de durar una hora u hora y media, posiblemente fuese un placer ver, acabe convertida en una auténtica prueba de fuego para la paciencia.

 
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