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Cine cubano, expresar el verdadero sentir

´Fresa y chocolate´ ha sido el mayor acontecimiento cinematográfico de Cuba pero hay más de 100 años de historia que definen la filmografía de la isla. Entre sus producciónes más recientes: ´Cuba libre´, con Gael García Bernal
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Rosalina Piñera
El Universal
Viernes 27 de enero de 2006

La isla mayor de las Antillas fue de los primeros sitios en Latinoamérica a donde arribó el cinematógrafo, específicamente, el 15 de enero de 1897 en La Habana. Con el pasar de los años se le consideró como "el más poderoso y sugestivo medio de expresión artística, y el más directo y extendido vehículo de educación y popularización de las ideas", de acuerdo con el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) fundado en 1959, fecha que marcó también el nacimiento de la industria cinematográfica, propiamente dicha, de ese país.

La primera cinta que se rodó en Cuba fue Simulacro de incendio, en 1897, y continuaron un sinnúmero de producciones, silentes y sonoras, pero el cine analítico, con identidad, aquél que permitía expresar el verdadero sentir de los directores cubanos nació después de la Revolución cuando se apoyó el desarrollo del cine nacional. Desde entonces, el séptimo arte es una actividad fundamental, tanto para quienes lo hacen como para los espectadores que lo disfrutan hasta el delirio. En México, son pocas las oportunidades de apreciar la producción artística de la isla cuyos filmes destacan por ser un reflejo fiel de su sociedad y su compleja circunstancia, mérito que le ha merecido numerosos premios en festivales nacionales e internacionales.

CRÓNICA DEL CINE CUBANO

Periodo silente

Un representante de los hermanos Lumiére, Gabriel Veyre, fue el encargado de llevar el invento del cine a la isla y de realizar el primer filme, ya mencionado, Simulacro de incendio. Las producciones registradas en las dos primeras décadas son escasas pero se caracterizaron por su tendencia nacionalista y patriótica. Destaca Enrique Díaz Quesada como el principal realizador con documentales: El capitán mambí, La manigua y La mujer cubana.

1920-1940

En esta etapa, los filmes centraban su atención en captar el folclor y la música tradicional. Los temas eran candorosos y el tratamiento técnico muy elemental. Hacia finales de los años 20 se hace evidente una fuerte tendencia teatral y la imitación del estilo empleado en los melodramas mexicanos. Uno de los principales representantes de la época es Ramón Peón y su filme La virgen de la Caridad (1930), catalogado como uno de los más importantes de Latinoamérica durante ese periodo. El cine sonoro llegó más tarde en comparación con otros países: en 1937, con la cinta Serpiente roja, de Ernesto Caparrós, un relato detectivesco basado en un programa de radio.

1940

Hubo gran cantidad de coproducciones entre Cuba y México. Destacó la obra de Manuel Alonso, Siete muertes a plazo fijo (1950) y Casta de roble (1953), pero lo más sobresaliente fue cuando, a mitad de la década Julio García Espinosa junto con Tomás Gutiérrez Alea y otros dos cineastas, realizaron el corto El mégano, un documental sobre la vida de los carboneros en la Ciénaga de Zapata, a decir de los críticos, lo mejor de esa década.

1960

Esta época fue considerada como "la década de oro del cine cubano" por la riqueza integral de sus obras y su temática libres y de carácter crítico. Tomás Gutiérrez Alea realiza el primer filme de ficción, Historias de la Revolución, antecedente de una serie de películas de impacto internacional: Las doce sillas (1962), La muerte de un burócrata (1966) y Memorias del subdesarrollo (1968), de carácter más intimista y de crítica social. Es el tiempo también de cintas destacadas como Lucía y Manuela, ambas de Humberto Solís; La primera carga al machete (1969), de Manuel Octavio Gómez, y Aventuras de Juan Quinquín, de Julio García Espinosa.

1970

Los primeros cinco años merecieron el adjetivo de quinquenio gris por ser un periodo que miraba al pasado en varios sentidos: buscaba apresar la cultura y los conceptos visuales de antaño. Las películas fueron de estética retro o de carácter histórico como Páginas del diario de José Martí, de José Massip; La última cena , de Tomás Gutiérrez Alea; Los días del agua, de Manuel Octavio Gómez, o Maluala, de Sergio Giral. Contra esa tendencia surgieron producciones con más propuesta visual y postura reflexiva sobre el socialismo cubano como Un día de noviembre (Humberto Solís), Ustedes tienen la palabra, de Manuel Octavio Gómez, y De cierta manera, de Sara Gómez.

1980

Durante la primera mitad de la década la producción fue muy baja: apenas tres películas. Una de las causas: la inversión del ICAIC en Cecilia, de Humberto Solís, costosa versión de una novela muy significativa para la cultura nacional. Hubo que replantear estrategias temáticas y económicas para no frenar a los realizadores que apostaron a contactar al público a través de comedias costumbristas y relatos sobre las problemáticas cotidianas. De este corte son Papeles secundarios y Clandestinos, ambas de Orlando Rojas; La bella del Alhambra, de Enrique Pineda Barnet, y Un hombre de éxito, de Humberto Solís. La gente regresó en masas a las salas y el cine recobró su perfil de entretenimiento popular.

1990

La caída del socialismo europeo sacudió la industria del país con un declive productivo debido a la ausencia de socios comerciales que se alejaban por la tensión política existente. Los materiales escaseaban y hubo que recurrir a programas de autofinanciamiento. El panorama se ensombreció más por la muerte de sus mejores artistas, Tomás Gutiérrez Alea y Santiago Álvarez. Las películas se dividían en tres perfiles: históricas como Hello, Hemingway, de Fernando Pérez; comedias costumbristas como Adorables mentiras, de Gerardo Chijona, y aquellas que versaban sobre las utopías perdidas de los cubanos. Las dos cintas que identificaron a los 90 son Madagascar, de Fernando Pérez, y el éxito sin precedentes de Fresa y chocolate, de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío.

2000

La constante es la escasez de recursos que ha obligado a los cineastas a permanecer inactivos hasta que surja la oportunidad de hacerlos realidad a través de coproducciones y altas dosis de ingenio. Ejemplo de ello: Lista de espera, de Juan Carlos Tabío; Miel para Oshón, de Fernando Pérez, y Suite Habana, de Humberto Solís. Es tiempo también del debut en largometraje de documentalistas como Rigoberto López y Enrique Colina y de otros artistas de los cuales pronto escucharemos hablar.

 
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