aviso-oportuno.com.mx

Suscríbase por internet o llame al 5237-0800




María Félix y Antoine Tzapoff, un pacto de amor


Martes 09 de abril de 2002 Fidel Samaniego Reyes | El Universal

Esa mañana parisina, María Félix se dijo de una vez, sin rodeos: "te vas de una vez al otro mundo o te haces fuerte para aguantar éste".

Decidió entonces que no era aún tiempo de morir y que el sol volviera a brillar para ella.

Y pasaron más de 2 mil cien días. Y lo buscó, lo encontró. María estaba otra vez enamorada.

María Bonita. María del Alma. Necesitaba sentirse idolatrada. Decía que el amor era un estado de gracia. Y en él se mantendría desde que conoció a ese joven pintor, Antoine Tzapoff.

María. Decía que todos sus hombres habían sido sexys. Y definía a quien era tal: aquel con el que tenía ganas de hacer el amor cuando lo veía vestido.

María. Cuando estuvo frente a frente con Antoine se manifestó la que para ella era señal del amor o por él o para él: cruzar una mirada y la vela está prendida.

María en estado de gracia. María enamorada. Una noche, con esa su voz profundamente apasionada, y los ojazos negros clavados en el azul de los de él le dijo: Dime que me quieres aunque no sea verdad.

¿Y las pinturas que te he hecho no son palabras de amor?.

Las pinturas. Palabras de amor y mucho más. Homenajes, una a una, de él para su leyenda, la que ella misma creó, alimentó, hizo volar, vivió por ella.

Las pinturas. Colores, formas. Un amoroso pacto: "Así lo decidieron. Ella posaría para él. Y Antoine se prometió y le prometió que en cada uno de esos retratos la pintaría cada vez más joven, le daría en los lienzos que buscan la eternidad, la juventud que tiempo atrás la había dejado" contó a narigón cronista un político que tenía relación amistosa con la pareja.

Una noche, en una reunión en Los Pinos, el reportero le preguntó a María sobre el pacto. "¿Quién le dijo eso a usted?", exclamó ella. La ceja derecha levantada. La mirada aguda, empequeñecedora. La voz que estremecía a quien la escuchaba. Segundos después, con cierta sonrisa, la altiva Doña agregaba: "¿Usted cree que a estas alturas un hombre pueda hacerme tal homenaje, pueda darme tal prueba de amor? ¿Usted ha visto los cuadros? ¿Me ha visto más joven?" Se le respondió por supuesto que sí. "Pues... entonces algo hay de eso o... ¿no cree que yo lo merezca?", repuso y luego dejó que hablara el silencio, y se dejó admirar.

María. La María Bonita de Agustín. La del soberbio encuentro con Negrete. La reina que no correspondió al bohemio José Alfredo. La de la madura relación con Alex Berger.

Y fue cuando él murió que ella se deprimió. Bajó de peso. Lloró a solas. Se encerró con su dolor. Así hasta esa mañana en la que se dijo para acabar pronto o para volver a empezar, que o se iba de una vez al otro mundo, o se quedaba en este para aguantar.

Y pasaron esos más de dos mil cien días. Y lo encontró. Y lo apreció guapo, inteligente ?la inteligencia y la tontería son contagiosas, a los tres meses de andar con un pendejo no hace uno más que tonterías, solía decir ella? culto, disciplinado, perfeccionista en sus cuadros. Cuadros de él para ella cada vez más joven, hacia el reencuentro con su perfección.

María y Antoine. Ella aquí, él en París. Todos los días tenían su hora mágica. Se hablaban por teléfono. Ellos y su pacto, el de esas pinturas que eran palabras de amor o rituales para y por una leyenda, la de María. Bonita. Del alma. Idolatrada.



PUBLICIDAD