El papa Francisco asegura que ya comenzó. El canciller francés, Laurent Fabius dice que ha empezado la destrucción del mundo occidental. El Estado Islámico ha declarado a 62 naciones, incluida México, como sus enemigos y blancos potenciales. El terrorismo se esparce y se hace presente en Europa, el Medio Oriente y diversos países africanos. El presidente Obama debió tranquilizar a la población para la celebración del Día de Acción de Gracias. Turquía derriba un avión de la fuerza aérea rusa y el presidente Putin declara que no iniciará una guerra abierta contra ese país, pero al mismo tiempo envía misiles y su flota naval a las costas de Siria. El presidente Hollande se esfuerza en organizar una coalición sin precedente para atacar al extremismo islámico, con Estados Unidos y Rusia como aliados.

China construye su primera base militar fuera de Asia en el diminuto país africano de Djibouti, colocado estratégicamente en el extremo del Mar Rojo. Japón y otras naciones del Pacífico reclaman la construcción de islas artificiales por parte de China, aumentando la tensión entre dos potencias que han sido rivales históricos. Y en el marco de las Naciones Unidas, el Consejo de Seguridad aprobó una resolución para aplicar “todas las medidas necesarias”, es decir el uso de la fuerza, en contra del Estado Islámico.

¿Son estos los signos inconfundibles de que ha comenzado una tercera guerra mundial? En sentido estricto no, puesto que el riesgo de un enfrentamiento bélico entre dos o más naciones es todavía remoto. Los arsenales y la capacidad de destrucción son tan considerables que todas las grandes potencias, llámense China, Japón, Rusia, Estados Unidos, la India, Francia o el Reino Unido, llevarán la diplomacia hasta sus límites, antes de comprometer sus recursos militares. Una muestra reciente de ello fue cuando Washington amagó con castigar al régimen sirio por el uso de armas químicas y ante el respaldo que Rusia dio a Damasco, Estados Unidos decidió frenar sus intenciones.

Podemos estar razonablemente tranquilos de que las potencias actuarán con cautela. Sin embargo, la actividad de actores no estatales, como el Estado Islámico, Boko Haram, Al-Qaeda, los Talibanes y otras agrupaciones extremistas están alterando severamente la paz mundial y han acelerado la carrera armamentista en el planeta.

El coctel en el que está inmerso el mundo es altamente peligroso. Con economías de bajo crecimiento, gastos en defensa a la alza que sustituirán a las inversiones productivas, la pérdida relativa del poder internacional de Estados Unidos, las reivindicaciones por un papel más sobresaliente por parte de China, India y Rusia (China acaba de reclamar por primera vez un status de superpotencia) y la presencia de las organizaciones terroristas más sofisticadas de las que se tenga registro, podemos afirmar que ha terminado una era y que vendrán años definitorios para el mundo.

En una rareza de la diplomacia moderna, los 15 miembros del Consejo de Seguridad votaron en forma unánime para destruir al Estado Islámico. Lloverá fuego sobre Siria y lo que queda de Irak, país que de facto ya no es más que un trazo imaginario en las arenas del desierto.

Cada bombardeo, con su destrucción indiscriminada de civiles y de milicianos, sembrará nuevas generaciones de yihadistas, de radicales dispuestos a cobrar venganza. Las calles de Europa y de América del Norte dejarán de ser las que conocemos, en el futuro plagadas de cámaras de vigilancia y de dispositivos de seguridad.

Estados Unidos y sus aliados ya probaron las tres grandes maneras de vencer al extremismo islámico: invadiendo y ocupando Irak; interviniendo sin invadir a Libia y dejando que la guerra civil siguiera su curso natural en Siria. Ninguna de las tres fórmulas ha funcionado. De hecho, el radicalismo y el odio hacia Occidente se ha incrementado.

De algo serviría cortar los flujos financieros, la venta ilegal de petróleo que realiza el EI, los suministros clandestinos de armas y la intervención de sus sistemas de comunicación. Castigar a algunas monarquías árabes que financian a islamistas radicales a cambio de que les dejen en paz, sería otro recurso necesario. Sin embargo, este tipo de medidas siempre resultarán insuficientes cuando un puñado de extremistas, ocho para ser exactos en el caso de París, pueden poner de cabeza al mundo entero. Quizá el papa Francisco haya atinado y —aunque no sea en su forma clásica— ya ha comenzado la tercera guerra mundial. El reto es sumar el talento, también mundial, para evitarla.

Internacionalista

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